¿Asistimos, desde la parálisis y la perplejidad, al colofón de un golpe de Estado?

La ley mordaza atenta contra derechos fundamentales de la ciudadanía.
La ley mordaza atenta contra derechos fundamentales de la ciudadanía.

Vivimos un golpe de Estado encubierto hacia un régimen totalitario en una etapa de restricciones que solo encuentra precedentes tras el acoso y derribo de la Segunda República.

¿Asistimos, desde la parálisis y la perplejidad, al colofón de un golpe de Estado?

Vivimos un golpe de Estado encubierto hacia un régimen totalitario en una etapa de restricciones que solo encuentra precedentes tras el acoso y derribo de la Segunda República.

La eliminación y sustitución  de la sociedad civil por el Estado es la definición de totalitarismo como forma de gobierno. Nazismo y Fascismo fueron regímenes totalitaristas. Para que un  gobierno pueda sustentarse durante el tiempo necesario, por encima de avatares electorales, es preciso el control de los medios de comunicación y el dominio sobre los instrumentos represores del Estado: policía, servicios secretos, militares, poder financiero…

En el Estado totalitario la división de poderes -ejecutivo, legislativo, judicial- está enmascarada, cual obscena simulación, donde  el ejecutivo, controla a los otros dos en lugar de coexistir en equilibrio y complementariedad. Un régimen totalitario se caracteriza por liderazgos vacíos de ética, sometidos a poderes ocultos que consiguen partidarios y llegan al poder para modificar las estructuras del Estado hasta convertirlo en un mero medio para sus fines. Su objetivo es  someter a la voluntad popular cercenando el ejercicio pleno de su soberanía para subordinarla al poder bajo la amenaza de un inevitable Apocalipsis.

La libertad, en el Estado totalitario, es tan sólo una figuración de sombras chinescas, una apariencia de..., un espejismo, porque no se tienen en cuenta los derechos humanos y se utilizan  las leyes como parapeto para  intereses espúrios. Nada impide que se cumpla la voluntad de los dirigentes una vez que han conseguido hacerse con el poder -aparentemente legítimo- del nuevo régimen, pero, en realidad, consiste en el secuestro de las instituciones que -a modo de trampantojo- devienen en una sofisticada y perversa coartada.

Sin libertad la democracia es despostismo.  La democracia sin libertad es una ilusión (Octavio Paz)

 

¿Se les parece esto que acaban de leer a la gobernanza –o mejor expresado, a su falta- que se ha aposentado en las administraciones central, autonómica y local en esta España oscura que se arrodilla ante el espectral poder financiero que nos maneja desde las sombras? Me temo que estamos asistiendo, desde la parálisis y la perplejidad, al colofón de un golpe de estado, formalmente democrático pero de facto totalitario, que comenzó un 20 de noviembre de 2011 y que no ha hecho si no recortar derechos y libertades fundamentales, en un permanente derribo de los mandatos constitucionales y de nuestra carta de ciudadanía que cada vez está más descolorida y descafeínada. Vivimos una etapa de restricciones que sólo encuentra precedentes tras el acoso y derribo de la segunda República, con la diferencia de que en aquel momento se hizo tras una guerra civil declarada abiertamente y con armas de fuego en lugar de decretos ley para instaurar una dictadura que reprimió y represalió la libertad de nuestro pueblo de forma incompatible con cualquier democracia legítimamente constituida.

Un proyecto como la llamada Ley mordaza es un buen ejemplo de este retorno con retroceso hasta la noche de los tiempos, ya aprobada en primera instancia en el Congreso de los Diputados, donde radica el segundo de los poderes democráticos: el legislativo, dominado por la mayoría absolutísima, perdón, absolutista, del Partido Popular que sustenta al gobierno con el orfeón de medios afectos y de otros gobiernos y cámaras autonómicas donde campan a sus anchas sin una oposición capaz de identificar la gravedad de lo que está sucediendo.

Convertir a España en un Estado fallido
En paralelo, la inutilidad absoluta del tercer pilar, el judicial, está plenamente conseguida, en una sumisión hace tiempo alcanzada al interés único, totalitario, de un gobierno sin más hoja de ruta que convertir a España en un Estado fallido. En una democracia aparente. En el patio de recreo de los auténticamente poderosos que juegan a la ruleta rusa con el pueblo español, indefenso ante esta forma de gobernar donde las garantías y los derechos han desaparecido del mapa al tiempo que la pobreza, la exclusión y la desesperación crecieron de modo exponencial y casi paroxístico en menos de cuatro años.
Sólo habrá una oportunidad para expulsar a este poder que avanza implacable destruyendo todo a su paso que llegará con las próximas y sucesivas convocatorias electorales a lo largo de este 2015. Pero, atención, si eso fallase y con artimañas se perpetuase esta forma de malgobierno, a ese pueblo que lo haría posible con sus votos o con su inasistencia a las urnas, sólo le va a quedar la alternativa de una respuesta ciudadana en toda regla y a eso se le llama hacer un cambio radical que en otros tiempos habría sido denominada revolución. Estamos hablando de algo muy serio. De la necesidad de re-legitimar la voluntad del pueblo soberano para que vuelva a ser dueño del destino de su patria. Lamentablemente, si las cosas no se reconducen por las vías convencionales, no deberá extrañarnos que se busquen otras para vencer a este golpe de Estado encubierto. Porque nuestro pueblo, nuestro país, tiene muchos mártires en su historia reciente que se dejaron la vida en el intento de dejarnos un lugar digno donde vivir, en un territorio físico e ideológico, libre de totalitarismo.

 

¿Asistimos, desde la parálisis y la perplejidad, al colofón de un golpe de Estado?
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