España, entre una monarquía probeta y un plagio estéril de la II República

El Rey Gitano
El Rey Gitano

"... si al final sale Rey, apuesto como soberano por mi amigo Tony Lomba, rojo hasta la médula en su ADN, libre como el viento", dice el autor sobre el video de Juanma Ulloa.

España, entre una monarquía probeta y un plagio estéril de la II República

España, la Flor del Camelo, va por la vereda de la historia que se estremece al ritmo de las caderas de Juan Carlos I. Un plagio de la II República sería un fracaso añadido a las dos anteriores. Sólo a la tercera, con referéndum y transparencia, podría ir la vencida. Mi Rey sería un Tony Lomba; mi Presidente de la III República, ay, un Rafa Nadal de la vida.

Nunca unas caderas, salvando aquellas de Lola Flores esparciendo por el aire de los escenarios torbellinos de colores de sus faralaes, habían encendido tanta pasión, tanto debate, entre la opinión pública y la opinión publicada española. Hubo un tiempo en el que España, jazmines en el pelo y rosas en la cara, airosa caminaba del puente de la Transición a la alameda de la Democracia, talmente como la Flor de la Canela que durante décadas interpretó la inconfundible voz de María Dolores Pradera.

Ahora, miradla, sólo es una flor del “camelo” destrozada en los karaokes  políticos y mediáticos y amenazada por un brote de alopecia de pétalos autonómicos. Ya no camina airosa, ni derrama lisura y sólo deja a su paso aromas de corrupción, de mentira vehicular y de democracia marchita con precocidad y alevosía. Déjame que te cuente, hija mía, ahora que aún perfuma el recuerdo, que tu país y el mío aspira a ir del puente de la Monarquía Parlamentaria a la alameda nostálgica de la República por la vereda de la historia que se estremece al ritmo de las prótesis de caderas de Juan Carlos I.  

La democracia es el WC de una sociedad libre y civilizada

Lejos de mí la funesta manía de quitar o poner coronas, oye. Para eso están 47 millones de españoles legitimados para darle jaque al Rey, tumbar gobiernos, sacarse de la chistera alternativas de poder, tunear constituciones y firmar acuerdos de divorcio con Honorables y Lendakaris que alegan incompatibilidad de caracteres. Lo que pasa es que estas cosas no se hacen en la calle, sino en las urnas. Antes de la civilización, de la democracia y la cosa, cuando un paisano tenía una necesidad fisiológica no se cortaba un pelo. Tenía todo el planeta Tierra a su disposición para depositar sus residuos líquidos y sólidos. Hasta que llegó un viejo antepasado de Roca y decidió que era bueno que el hombre hicieses esas cosas sólo, sin luz ni taquígrafos y, a ser posible, con buena puntería, a ver si me entiendes, aunque las amas de casa sigan anhelando a su lado señores que pongan la bala donde ponen el ojo. Luego estaban las necesidades biológicas colectivas, los apretones de los pueblos que necesitaban giñarse en la madre que parió a un soberano, un tirano o un idiota. El problema es que lo hacían en las plazas públicas, ante Dios y la historia, y lo dejaban todo  perdido de sangre y de cabezas rodando por los siglos de los siglos.

Hasta que a un tipo, no me preguntes quién, ni cómo, se le ocurrió inventar la higiénica guillotina de las papeletas, el discreto encanto de las cabinas de voto libre y secreto y las fosas sépticas de las urnas. Había llegado la democracia, oye. La democracia es para una sociedad lo mismo que el WC para una casa, dicho sea sin ánimo de establecer odiosas comparaciones escatológicas. Es ese lugar, en ninguna parte, en el que la mujer y el hombre, solos, sin la perturbadora mirada de los otros, puede bajarse los calzoncillos o las bragas y evacuar sus más íntimos, inconfesables e inconfesados delirios interiores. Es la red de expresión libre, antitética a la libre expresión de las redes sociales, la frívola y divertida cultura de la provocación “tuitera”, el exhibicionismo intelectual e intelectualoide, el desnudo mediático con tarifa, las constantes “tomas de la Bastilla” que garantizan minutos de gloria en la televisión y muchas posibilidades de salir en la foto el día siguiente.

Ni monarquías probeta, ni repúblicas momificadas

La democracia es esa mina inagotable de libertad individual que apenas hemos empezado a explotar los españoles. Nos la regalamos hace 35 años, pero todavía estamos leyéndonos e intentando asimilar su insondable libro de instrucciones.

Mientras tanto, ¡a ver qué remedio!, seguimos las indicaciones improvisadas de Rajoys y Rubalcabas, los delirios hipnóticos de Arturos Mas y Urkullus, los editoriales al mejor portador del El Mundo y El País con comillas, nos fumamos unos petas liberadores con Cayolaras y Rosasdíez y jugamos al “pinto pinto gorgorito” con las dos Españitas jurásicas, con las fanáticas hinchadas centrífugas o centrípetas, con las bandas organizadas de los Barcenas o los bandoleros andaluces EREderos de Curro Jiménez, con la monarquía probeta de Juan Carlos de Borbón o la República momificada en nuestra reciente Atapuerca histórica, ¡que error, que inmenso error!, que pretende rehabilitar ese arqueólogo político al que llamamos Eduardo Madina.

Un Rey llamado Tony Lomba
Yo, si al final sale Rey, apuesto como soberano por mi amigo Tony Lomba, rojo hasta la médula en su ADN, libre como el viento, que esta semana en San Sebastián demostró, lleno de orgullo y satisfacción, que el deporte de riesgo nacional de mayor riesgo es el sentido del humor. Y bueno, si al final sale Presidente de la República, que no sea de la II (bis), por favor, sino de una III como Dios manda y el pueblo decida en un referéndum.
Más que nada, a ver si me entiendes, por eso de que a la tercera puede ir la vencida. Una República sin caballos de Pavía, Pactos de San Sebastián endogámicos y enfermizas egolatrías intelectuales. Una República que no languidezca entre la brillantez teórica de un Azaña, sino que resplandezca con la, humildad, la tenacidad y la capacidad de decisión de un Rafa Nadal ¡Vamos Rafa!

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Video promocional del Rey Gitano.

España, entre una monarquía probeta y un plagio estéril de la II República
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