Donald Trump, el endeble rey de un pueblo que no sirve para realmente nada

Donald Trump. / RRSS
Donald Trump. / RRSS

El presidente se ha aislado a sí mismo y ahora, con varios frentes abiertos incluso en su mismo partido, debería darse cuenta de que sus seguidores no le sirven.

Donald Trump, el endeble rey de un pueblo que no sirve para realmente nada

El Rey quiso jugar a ser más inteligente que los súbditos y de repente, enredado en su propio juego, se encuentra a punto de ser desnudado por su propia corte. Donald Trump llegó hasta la Casa Blanca arropado por la clase media y blanca, un grupo cada vez más pequeño y aislado en su país, que desde siempre ha presumido de ser una aldea universal. A casi 11 meses de haber tomado posesión, hoy el presidente se da cuenta que la bendición de aquel grupo realmente no sirve para nada.

Durante su campaña, Trump se dedicó a ningunear y a humillar a cuanto personaje o grupo se le cruzó en mente. Integrantes de su partido, exfuncionarios, grupos étnicos y hasta viejas glorias del Ejército estadounidense. El empresario tenía de todo para todos. No obstante, la euforia y efervescencia de sus salidas de tono no le dejaron ver que aquello no lo estaba ayudando a ganarse la gracia de un sector del electorado, sino a hipotecar por completo el apoyo de todos los demás.

Su primer desnudo público llegó a principios de año, en plena primavera. El vocero de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, presentaba un nuevo sistema sanitario con el que el honorable Partido Republicano pretendía desmontar el Obamacare, gran legado de la Administración anterior y antítesis de los principios conservadores. Trump, como quien mete sus narices en donde no lo llaman, hizo suyo el proyecto. Para no hacer larga la historia, la iniciativa se estrelló dos veces, ambas porque el partido conservador no logró llegar a un consenso en las dos cámaras del Congreso. Aquello dejó retratado al empresario, incapaz de aprovechar la mayoría que tiene su partido tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Sus exhibiciones y puestas en escena, como solo un showman puede hacer, daban paso para que el mundo viera a un hombre sin liderazgo y sin capacidad de persuasión ni siquiera entre los “suyos”, entre comillas porque de verdad parece que no lo son.

Pero Trump es un viejo tiburón acostumbrado a surcar los mares de forma imponente y sin tiempo para dejar de buscar con qué saciar su hambre. Su siguiente apuesta fue la reforma fiscal con la que el Partido Republicano buscaba redimirse a sí mismo de su sonrojante división interna. La iniciativa incluía notables rebajas en la tasa impositiva de las clases medias y el sostenimiento de las actuales para los más ricos a fin de favorecer la inversión extranjera y ayudar a la economía estadounidense a volver a ser competitiva a nivel mundial. En un golpe inesperado, un grupo de 400 millonarios y multimillonarios le enviaron una carta al Despacho Oval para que diera marcha atrás en esta reforma y que, en una solicitud insólita, les aumentara los impuestos.

Este segundo golpe fue especialmente doloroso ya no en lo político sino en lo personal. Se trata del sector privado, de los peces gordos del sector privado, para ser específicos, justo el hábitat natural de Trump, en donde se sentía un megalodón. El magnate ha perdido la voz de mando hasta en los recintos donde tejió su fama y su fortuna.

De su relación con la comunidad internacional está de más hablar. En menos de un año ha confirmado la retirada de los acuerdos de París para la lucha contra el Cambio Climático, la salida de la UNESCO, sus piques contra Kim Jong-Un y un etcétera que tampoco vale la pena enumerar.

Washington D.C. está en estado de ebullición, con frentes abiertos con oficinas de investigación e inteligencia por los contactos de su equipo con el Gobierno de Rusia para intervenir en favor del empresario en la campaña electoral que lo llevó a la jefatura de Estado. Perseguido y aislado por sus políticas aislacionistas, el rey voltea a ver a su alrededor y se encuentra con que los únicos que le siguen siendo fieles no sirven para otra cosa que para deplorables actos racistas y violentos como el protagonizado en Virginia en el último mes de agosto. Esa masa de inadaptados representa bien en lo que se ha convertido su guía espiritual moderno: bullicioso, exuberante, provocador, pero incapaz de hacer otra cosa que no sea llamar la atención por sus pérdidas de control. @mundiario

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