Cuando Boris Johnson superó la oratoria de los políticos españoles

Boris Johnson en su discurso en la Cámara de los Comunes - Twitter
Boris Johnson en su discurso en la Cámara de los Comunes - Twitter
La última intervención del Primer Ministro Inglés en la BBC dejó en evidencia que la determinación y la oratoria siguen siendo providenciales en la cultura anglosajona.
Cuando Boris Johnson superó la oratoria de los políticos españoles

La determinación es la mejor oratoria en un político como Boris Johnson.

No siendo santo de mi devoción, la última aparición de Boris Johnson, esa que advertía a los británicos de la inminencia contagiosa y letal del coronavirus, distaba mucho del infantilismo y la logorrea de un Pedro Sánchez, casi noqueado por los acontecimientos.

Dos intervenciones de más de una hora demostraban un empecinado  interés en confirmar su liderazgo dentro del partido socialista, más que en aportar claras directrices técnicas para combatir el coronavirus con una contundencia severa y sin ambigüedades. Las hubo, pero se mezclaron con una inoperante pastoral evangélica sentimentaloide y llena de frases de Jorge Bucay. 

Claro ejemplo de este desastre retórico fue también la aparición de Pablo Iglesias, donde el narcisismo y la egolatría ya no le sirvieron de nada ante el dramatismo de una pandemia en la que la banalidad y el etnocentrismo de políticos y masas han sido las mejores armas de esta enfermedad.

Boris Johnson ajustó su discurso a los seis minutos que, según los ideadores de los talks japoneses, los Pechakucha, es el tiempo de máxima atención de cualquier audiencia. Johnson instruyó, advirtió, amenazó veladamente y dijo "gracias". Bandera inglesa a la derecha y profundidad de campo en un plano fijo afianzaban la magnitud de su perfil frente a la cámara.

Sentado detrás de una mesa de caoba y completamente despejada, el Primer Ministro Inglés asumió el papel de un Jefe de Estudios de instituto chungo y choni, para soltarle a los ingleses, cual adolescente que repite curso y falsifica notas, que el confinamiento era la mejor vacuna, a sabiendas de que, semanas atrás, estaba dispuesto a inmolar a media isla con su  contagio controlado.

Lo que vengo a decir aquí es que el pragmatismo es lo que un país, en trágicas circunstancias, necesita. Incluso, a veces, puede que necesite el silencio, porque llega a ser sinónimo de acción.

Pedro Sánchez confundió su supuesta responsabilidad gestora y técnica con el pacifismo y la moderación de un liderazgo que no depende ya de las bases de su partido, ni de la decadencia de la derecha, sino que depende de la eficiencia sanitaria, de la responsabilidad civil (y mucho me temo) que, en este momento, del puro azar.

Está claro que Boris Johnson no es Churchill, pero hay concisión y osadía en su escasa oratoria. Hace años, el propio Johnson escribió una biografía titulada El factor Churchill, así que conoce las flaquezas y virtudes de quien se las vio primero con el fascismo y con el comunismo. Para Churchill, una de las claves del buen discurso es la convicción que denota una palabra elegida para atenazar y no para significar.

La desilusión de los votantes de izquierda en nuestro país no solo ha comenzado con la sensación de improvisación de la crisis, ni con el celo etnocéntrico que obvió el alcance demoledor de la pandemia, sino que radica en algo más simbólico.

Y ese "algo simbólico" no es otra cosa que la construcción de un discurso público donde Presidente y Vicepresidente han hecho de la oratoria una clase de bálsamo de Fierabrás. Pero no son conscientes de que, en este momento, evangelizar delante de una cámara, no va a salvar ninguna vida en nuestro país. Ni tampoco les va a salvar el culo. He dicho. Ahora bien, lo de Pablo Casado ya es de manual. @mundiario

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