¿Cuál es la causa de este desapego que la omnipresente corrupción hace insoportable?

En el actual clima político en España, no hay día en el que no se ponga en cuestión la honorabilidad de un político. Cada día aumenta la distancia entre ciudadanos y políticos.
Un imitador de Rajoy este carnaval en A Coruña / Xurxo Lobato
La transición de la dictadura a la democracia permitió que los ciudadanos pudieran escoger libremente a sus representantes. Personas que encarnaran los anhelos y esperanzas de una vida mejor. Así, una irrupción de nuevos dirigentes fue accediendo al poder paulatinamente, llevando con su experiencia vital la fuerza transformadora de una sociedad comprometida con el progreso y la dignificación de las instituciones volcadas en servir a sus conciudadanos. Libertad, igualdad de oportunidades y respeto a quien piensa y es diferente como baluarte moral que compartieron los opositores al régimen dictatorial. El compromiso vital de quienes por entonces los defendían ha sido el motor de nuestra democracia. Así, el liderazgo era una simple identificación de personas cuya trayectoria vital, y cuya vocación de progreso era similar a la de millones de ciudadanos españoles.
Más de tres décadas después, ¿cuál es la trayectoria vital y dónde está la vocación de progreso de la mayoría de los que ostentan nuestra representación y gestionan nuestros gobiernos? Podemos ver cómo han evolucionado hasta anteponer la utilización de los resortes del poder al compromiso de luchar por los valores que decían defender. Podemos comprobar cómo las ansias de progreso se han convertido en ansias para conservar un estatus. Y por último, constatar que sus simpatías discurren paralelas a las de los poderosos y así lo prueban con sus hechos, mientras que sus discursos se dirigen a los comunes y así lo proclaman sus palabras.
Contradicciones evidentes
Si los pensamientos del conjunto de los ciudadanos son los pensamientos de nuestra sociedad. Si los discursos de nuestros políticos y representantes son la voz de la sociedad. Si las acciones de nuestros gobiernos son la acción de nuestra sociedad. En este caso, estamos sufriendo la infelicidad de quien piensa una cosa, dice otra y hace todo lo contrario a lo anterior.
Es imperativo, pues, que en una nueva transición, refundamos (de refundar) nuestra estructura político-administrativa con nuestra estructura social. Necesitamos un proceso constituyente, que establezca una nueva norma de convivencia. Una norma que permita proyectar de nuevo a los representantes de las ansias ciudadanas hacia las instituciones. Porque a fuerza de proyectar a los representantes de las ansias de las instituciones hacia los ciudadanos, no dejamos de ensanchar ese abismo que los separa.
Necesitamos también, sobre todo en la izquierda, referentes políticos cuya trayectoria vital y cuyas expectativas de progreso sean las de la mayoría social. No son suficientes, tal vez ni siquiera necesarios, meros lectores de argumentarios, o especialistas en el manejo de los resortes del poder. Debemos de cambiar esos resortes sometiéndolos a un mayor control público.
Y para lograr todo esto no es necesario que se vaya nadie, como tampoco se fueron los fascistas cuando desapareció el dictador. La condena al ostracismo de la clase corrupta debe de llegar a través del voto. La supremacía moral es la de aquellos que quieren salir adelante honestamente con su trabajo, imponiéndose a esta crisis de valores desatada que nos obliga a decir: ¡Basta ya!