Una Constitución que pide diálogo frente a una política que responde con bronca
El 6 de diciembre debería funcionar como un dique de contención ante los sobresaltos políticos. Sin embargo, cada año el dique se resquebraja un poco más. Lo que nació como un espacio de reconocimiento colectivo a la arquitectura democrática termina convertido en un escenario donde el Gobierno, la oposición y los liderazgos territoriales exponen sus diagnósticos irreconciliables sobre el país.
No es extraño que gran parte de la ciudadanía vea este aniversario como una ceremonia un tanto ritual, en la que las palabras suenan bien pero se evaporan rápido. Y es que la escena se repite: llamamientos al diálogo que se pronuncian como quien arroja semillas en terreno pedregoso. Se habla de concordia, pero se actúa como si la política fuese un campo de batalla donde retirarse diez pasos equivaliera a una derrota histórica.
En este paisaje, el contraste entre la solemnidad del Congreso y la crudeza de las declaraciones es tan acusado que parece una metáfora viviente: un edificio cargado de símbolos que intenta contener una conversación pública cada vez más destemplada.
Discursos enfrentados que ignoran los problemas de fondo
La jornada dejó un mosaico de declaraciones marcadas por la contundencia y, a menudo, por el exceso. Mientras el presidente del Gobierno situó a España en uno de sus mejores momentos democráticos, el líder de la oposición afirmó que el Ejecutivo es quien más ha deteriorado la Constitución. Y en medio, la presidenta madrileña dibujó un país al borde del colapso, como si una tormenta política permanente estuviese a punto de desatarse.
Estas narraciones incompatibles no son solo el reflejo de la polarización, sino la consecuencia de una cultura política que confunde firmeza con estridencia. Cuando se afirma que el país se rompe o que está en una deriva autoritaria, no se está explicando la realidad: se está construyendo un marco emocional para movilizar a los propios. Y ese marco, repetido y amplificado, termina por vaciar el espacio del matiz, que es donde suelen encontrarse las soluciones.
Lo llamativo es que durante el acto sí hubo menciones a problemas de calado —vivienda, salud, derechos sociales, europeísmo, violencia contra las mujeres o crisis climática— pero quedaron diluidas por los titulares de la bronca. Es como si tuviéramos ante nosotros un libro con capítulos urgentes, pero decidiéramos comentar solo las notas de la contraportada.
Una Constitución que interpela más allá del ritual
El aniversario constitucional no exige reverencia ciega, pero sí una mirada adulta. La Carta Magna nació en un momento en el que la negociación fue condición de posibilidad, no concesión. Recordarlo no significa vivir anclados en la Transición, sino comprender que un país diverso necesita instituciones que ofrezcan estabilidad sin inmunizarse ante los cambios.
Hoy esa conversación pendiente sigue ahí: cómo garantizar el derecho a la vivienda en un mercado tensionado, cómo reforzar el sistema público de salud, cómo asegurar que las diferencias territoriales no se conviertan en trincheras y cómo adaptar la Constitución a un país que ya no es el mismo de 1978.
Quizá la clave no esté en grandes gestos, sino en recuperar la capacidad de escuchar sin convertir cada discrepancia en un desafío existencial. La democracia avanza cuando la política deja de comportarse como un espejo deformante y vuelve a ser un espacio donde los desacuerdos suman, no fracturan. Eso es, al fin y al cabo, lo que la ciudadanía espera: menos ruido y más soluciones que generen bienestar en un país que merece hablarse de frente. @mundiario