Adamuz recompone la imagen de Moreno Bonilla tras la debacle de los cribados

Juanma Moreno Bonilla, presidente de Andalucía en el Parlamento. / @AndaluciaJunta.
La tragedia de Adamuz devuelve al presidente el perfil moderado que había perdido con la crisis sanitaria.

Hace apenas unas semanas, Juan Manuel Moreno Bonilla parecía caminar sobre terreno inestable. La crisis de los cribados de cáncer de mama había erosionado su imagen de gestor fiable, había sacado a miles de personas a la calle y había abierto una grieta inesperada en el relato del “presidente moderado” que tanto rédito le dio al PP andaluz. Las encuestas hablaban de nubarrones, de posible pérdida de la mayoría absoluta y de un suspenso claro a su gestión sanitaria. Hoy, tras la catástrofe ferroviaria de Adamuz, ese mismo presidente emerge reforzado, recompuesto y, sobre todo, políticamente reconocido.

La secuencia no es casual ni neutra. La gestión de los cribados golpeó en un punto especialmente sensible: la sanidad pública y la empatía institucional. Moreno Bonilla, acostumbrado a moverse en registros amables, fue percibido como distante, defensivo e incluso frío. El “yerno perfecto” dejó de parecerlo. En política, cuando el personaje se resquebraja, el castigo suele ser inmediato. Y lo fue: desmovilización del electorado propio, reactivación del votante socialista y crecimiento de Vox como amenaza por la derecha.

Adamuz cambia el escenario emocional. Una tragedia extrema, con decenas de muertos y heridos, desplaza el foco del debate público y exige otro tipo de liderazgo: presencia, contención, silencio y acompañamiento. Moreno Bonilla no irrumpe como protagonista, no compite por titulares, no sobreactúa. Está. Acompaña. No estorba. Y en esa sobriedad encuentra su oportunidad política.

El contraste es clave. Donde en los cribados hubo ruido, en Adamuz hubo calma. Donde antes hubo negación y torpeza comunicativa, ahora hay un presidente que escucha, que se deja ver sin invadir y que encarna una figura casi paternal. No es tanto lo que hace como lo que evita hacer: no polariza, no culpa, no se justifica. En tiempos de hipersensibilidad social, ese autocontrol cotiza alto.

Del desgaste sanitario al alivio emocional

De acuerdo con EL PAÍS, la crisis de los cribados fue un socavón político porque rompió la coherencia del personaje Moreno Bonilla. Mostró a un presidente incómodo bajo presión, incapaz de modular el mensaje y falto de empatía con las víctimas. En un contexto de hartazgo con la política, ese fallo se amplificó. Adamuz, sin borrar ese recuerdo, lo amortigua. No lo exculpa, pero lo desplaza. La emoción colectiva reordena prioridades.

El poder de no meter la pata

Moreno Bonilla no capitaliza Adamuz con grandes discursos ni anuncios. Su fortaleza está en la ausencia de estridencias. Frente a otros liderazgos más broncos, su silencio funciona como un mensaje. La ciudadanía, agotada del conflicto permanente, premia al dirigente que no añade ruido al dolor. Esa estrategia, minimalista pero eficaz, refuerza su perfil de presidente refugio.

El contraste como ventaja competitiva

El liderazgo de Moreno se explica también por comparación. Frente a una derecha nacional más agresiva y a una izquierda fragmentada, su figura gana centralidad. Ayuso grita; Moreno susurra. Y en ese susurro muchos votantes leen moderación, sensatez y estabilidad. Incluso quienes le prestaron el voto desde la izquierda en 2022 encuentran razones para mantenerlo.

El refuerzo político tras Adamuz no es un cheque en blanco. La memoria existe y la crisis de los cribados sigue ahí. La empatía tardía no sustituye a la gestión fallida. Pero en política, el presente pesa más que el pasado inmediato. Moreno Bonilla ha salido del socavón, sí, pero no ha cambiado el terreno. Su ventaja es emocional, no estructural. @mundiario