“Respirar” como destino: la lección de Diego González Rivas sobre vivir con intensidad
Respirar es automático hasta que deja de serlo. En ese instante, el mundo se reduce a una sola certeza: el aire es vida. Diego González Rivas lo sabe desde el quirófano, desde la infancia en los pasillos del hospital al que acompañaba a su madre enfermera, y desde los lugares donde la medicina no llega como promesa, sino como milagro improbable.
Hay una frase suya que descoloca al principio y se entiende después: “Cuando estoy en quirófano… lo que menos pienso es en el paciente.” No es distancia emocional, es disciplina. Para operar bien, sostiene, el cirujano necesita convertir el miedo en precisión. El paciente es “antes y después.” Durante, el acto quirúrgico exige una mente limpia de ruido, porque la emoción puede pesar demasiado cuando aparece una complicación.
Esa frontera es su manera de cuidar: primero con rigor, luego con humanidad.
La conversación completa en el Podcast MUNDIARIO.
La inquietud como motor
Su biografía tiene un motor simple y, a la vez, poco común: la inquietud. No como ansiedad, sino como una necesidad constante de preguntarse por qué. Por qué un abordaje causa tanto dolor. Por qué un protocolo se acepta sin discusión. Por qué el “siempre fue así” ocupa el lugar del “podría ser mejor.”
En el podcast recuerda una idea que lo marcó: el “Golden Circle,” de Simon Sinek. Empezar por el porqué. Y en medicina, ese porqué es directo: reducir sufrimiento, mejorar vida, ampliar acceso.
En 2006 viajó a Estados Unidos para aprender cirugía por vídeo cuando en España era casi una excepción. Volvió, aplicó, afinó, insistió. Y en 2010, en A Coruña, realizó la primera cirugía pulmonar del mundo con una sola incisión. Un paso técnico, sí. También un gesto moral: si se puede hacer con menos agresión, hacerlo de otra manera deja de ser opción y se convierte en obligación.
Innovar no suele ser cómodo
La innovación, sin embargo, no entra con aplausos. Él habla de artículos rechazados, resistencias profesionales y años de desgaste. Lo cuenta sin dramatismo, incluso con una serenidad llamativa: el rencor le parece una forma de desgaste interior.
Prefiere otra lectura: el obstáculo como estímulo. “La vida es una lucha,” repite. Y no lo dice como consigna, sino como experiencia. La idea, para él, no se defiende con discursos; se defiende con resultados.
China y la escala que cambia la mirada
Luego está China, la escala que altera la perspectiva. Shanghái aparece como un lugar donde la disciplina organiza el tiempo y el volumen multiplica el aprendizaje. 150 casos al día. 25 quirófanos funcionando de forma continua. Procesos diseñados para que nada falle.
Escuchado desde aquí, suena a ciencia ficción. En su relato, en cambio, suena a método: si quieres formar a muchos, necesitas hacer mucho. Si quieres democratizar técnica avanzada, necesitas que la excelencia deje de ser una rareza.
La pregunta que deja en el aire no es si este modelo es replicable tal cual, sino qué parte de esa eficiencia es importable sin perder garantías, ética ni calidad asistencial.
Cuando la tecnología se cruza con la vida
El episodio no se queda en el brillo tecnológico. Su punto más duro llega desde África, donde la medicina se convierte en frontera entre vivir y desaparecer. Cuenta una escena en Sierra Leona: una madre, con un bebé en brazos, le pregunta si quiere llevárselo a Europa para darle una vida mejor.
No es literatura. Es realidad. Y es ahí donde la palabra “privilegio” deja de ser concepto y se vuelve respiración.
La fundación que lleva su nombre nace de esa conciencia: convertir la ayuda en estructura, y la estructura en continuidad. Una unidad móvil equipada como un hospital de vanguardia, pensada para operar en países donde falta infraestructura básica. Que una cirugía compleja pueda hacerse allí con estándares de aquí. Que el lugar de nacimiento no decida el destino de una enfermedad.
Futuro, robótica y responsabilidad
En paralelo, González Rivas mira al futuro sin melodrama: cirugía robótica, operación transcontinental, inteligencia artificial. “En 30 o 40 años,” anticipa, los robots podrían operar con autonomía creciente, con supervisión humana.
Y, aun así, vuelve siempre al mismo punto: la medicina avanza solo si no olvida para quién avanza.
Vivir con intensidad
Si hay una enseñanza que atraviesa toda la conversación es sencilla y difícil de practicar: la salud es el tesoro real. Lo demás acompaña. El dinero ayuda, sí. También puede distraer.
Levantarse, caminar, respirar, sentir afecto, ya es una forma de riqueza. El resto es ruido.
Su definición final de vida funciona como cierre y como brújula: “La vida merece la pena cuando se vive con intensidad.” Intensidad no como prisa, sino como conciencia. Como presencia. Como propósito.
Respirar, al final, también es eso: recordar que lo esencial sucede sin aplauso, y que lo esencial merece ser defendido cada día. @mundiario


