Winter is coming
Hace ya algún tiempo que me ocurre, pero ha sido, sobre todo, en estos últimos días, cuando con más frecuencia me ha venido a la cabeza aquella frase recurrente y misteriosa que transita la conocida serie Juego de tronos: “Winter is coming” (“Se acerca el invierno”).
Muchos de los personajes la pronuncian en el transcurso de la trama, pareciendo dar a entender que, cuando el invierno llegue; cuando nos encontremos instalados en lo más crudo del crudo invierno; nos encontraremos, no sólo en una época fría e inhóspita, sino en un oscuro, tenebroso y terrible momento de la Historia.
Quizás la señal más certera; la imagen más impactante que demuestra porqué, tal vez estamos llegando a una época nueva y desconocida, a un cambio de paradigma, es la foto de ese pequeño de cinco años, Liam Ramos, tras ser detenido en Mineápolis al regresar a su casa desde el colegio.
Se le ve con una chaqueta a cuadros y un gorro azul con orejas blancas de conejo, que cuelgan a los lados. Se encuentra de pie, inmóvil; destacando su pequeña estatura frente a la gran furgoneta negra donde están a punto de introducirlo. Permanece serio, con la mirada entre triste, desorientada y perdida, pero a la vez, fija, como pocas veces encontramos a un niño de cinco años. Porque no es fácil ver a un niño pequeño tan aterrorizado.
Todo se explica al ver el resto de la foto. Detrás de ese niño vemos las piernas de un adulto, que son casi tan grandes como el tamaño del niño. No vemos su rostro, pero sí puede apreciarse la mano del adulto agarrando la mochila que Liam lleva a la espalda. Es una mochila infantil, con dibujos de Spiderman y, al agarrarla, el adulto está así sujetando al niño, al que lleva detenido a un campo de internamiento en Minnesota, en Estados Unidos.
Mientras una terrible tormenta de nieve y hielo afectaba estos días a gran parte de EE.UU. dejando sin electricidad a más de 800.000 hogares, provocando la cancelación de miles de vuelos, el bloqueo de carreteras y el desabastecimiento de supermercados que aparecían vacíos; mientras esa ola de frío polar se cernía sobre el país que gobierna Donald Trump, las patrullas de uniformados pertenecientes al Servicio de Inmigración y control de Aduanas (ICE), recorrían las calles americanas, arrestando a cualquier sospechoso de ser un inmigrante ilegal, incluidos cuatro menores de hasta cinco años. Uno de ellos era Liam.
Sin necesidad de orden judicial; sin otras pruebas que la apariencia racial o los nombres latinos. Tal es la impunidad del ICE y tan agresivos son sus métodos, que la población se ha ido agrupando en patrullas de observadores que hacen sonar sus silbatos, para advertir a los vecinos de las redadas.
En medio de ese caos, bien organizado por el gobierno Trump, el 7 de enero de 2026 se produjo la muerte de Reneé Nicole Good, una mujer de 37 años, madre de tres hijos, abatida a tiros por agentes de la ICE cuando quería huir con su coche. Las protestas por esta muerte sin sentido se extendieron por Mineápolis (Minnesota) y la administración Trump desplegó a unos 3000 agentes más, aumentando las redadas y las detenciones.
En una nueva escalada, este sábado 24 de enero, varios miembros de una de las patrullas armadas del ICE mataron a tiros, a bocajarro, a Alex Pretti, un enfermero de 37 años, que les grababa con su móvil cuando la patrulla increpaba a una mujer a la que Pretti intentó defender. Las protestas en la calle frente a este nuevo asesinato a sangre fría fueron numerosas, a pesar de estar soportando temperaturas de 25 grados bajo cero. Tras la muerte, dirigentes del gobierno de Trump acusaron a Pretti de ser un terrorista blandiendo un arma, aunque, por suerte, los videos colgados en redes sociales, dejaban ver a todo el mundo, tan sólo a un ciudadano normal, con un móvil en su mano, que era acribillado a balazos por una banda de uniformados. Al más puro salvaje oeste.
Tras inaugurar el primer año de su segundo mandato presidencial, asistimos a un Trump desencadenado.
En el exterior, liderando el secuestro del presidente de Venezuela y publicando poco después, fotos suyas en el centro de operaciones, como si hubiera estado jugando al estratego. Más tarde, ya envalentonado por semejante hazaña bélica, amenazando a sus “aliados” europeos con apropiarse de Groenlandia. Y, mientras tanto, publicitando con descaro su bonito plan del resort en Oriente Medio: Gaza, ciudad de vacaciones.
En el interior, movilizando a su banda de “camisas pardas” en su lucha obsesiva contra la inmigración. Si hacemos el ejercicio mental de cambiar a inmigrantes por judíos y a agentes del ICE por patrullas de las SA alemanas, podemos llegar a entender que EE.UU. está entrando en una nueva era. Sumen a ello la persecución a jueces, periodistas y medios de comunicación disidentes o, simplemente, poco complacientes y añadan el despliegue de tropas de la Guardia Nacional en diversas ciudades gobernadas por el partido demócrata y tendrán el retrato fiel de la América de hoy por la mañana, que en poco se parece a la de hace unos años y que recuerda pavorosamente a la Italia fascista; a la Alemania de los años 30 del pasado siglo o alguna de esas dictaduras del cono sur americano que, en los años 70, EE.UU. promovió con tanto éxito.
Se podría pensar, para quitarnos el miedo del cuerpo, que Trump no es nada más que un demente. Un loco de atar al que hubieran dejado al mando de un fortín de pólvora. Y si recordamos escenas tan esperpénticas, como la de la aceptación de la medalla del Nobel de la Paz de manos de Corina Machado, bien podría parecerlo (es difícil decir quién hizo más el ridículo, ella por dársela o él por aceptarla encantado) Pero no hay que olvidar que Trump no está solo. Detrás suyo y, tal vez, camuflados tras las bravuconadas y disparates del jefe, se encuentra gente tan poco demente y, a la vez, tan eficaz y peligrosa, como J.D. Vance, el Vice-presidente; Marco Rubio, el Secretario de Estado o Robert F. Kennedy Jr. el Secretario de Salud y reconocido antivacunas. No estamos ante un lunático al que se le ocurran ideas extravagantes. Estamos delante de un plan estratégico perfectamente diseñado, medido al milímetro y cuyas consecuencias dan miedo.
También podríamos intentar tranquilizarnos pensando que, por nefasto que pueda llegar a ser Trump, igual que lo han traído las urnas, se lo puede llevar a él y a su gobierno. Eso es verdad. Pero no es toda la verdad.
Porque Trump hace tiempo que amenaza con hacer lo posible para volver a presentarse a la presidencia de su país, a pesar de que la constitución americana prohíbe explícitamente hacerlo en más de dos mandatos.
Porque el asedio a los estados y ciudades de mayoría demócrata, más que sólo una demostración de fuerza, apunta ser algo más: quizás el intento de ganar la batalla electoral fuera de las urnas. Sólo basta recordar su intento de revertir la derrota electoral ante Biden, de manera ilegal; bien fuera presionando y amenazando a los responsables electorales de estados clave o bien, aún peor, alentando el asalto al Capitolio de manera violenta, en un episodio inaudito en la democracia americana.
Al fin y al cabo, en un país con una democracia liberal como la Alemania de la República de Weimar, también fue elegido democráticamente el líder de un partido político que, una vez en el poder, puso a su país y al mundo patas arriba. Y aunque la analogía pueda parecer inoportuna o exagerada y no haya gran parecido físico entre el señor del pelo rojo y el del bigotito negro, lo cierto es que el alemán, una vez consiguió el poder, logró cambiar las reglas del juego democrático desde dentro del Estado y, en pocos meses, fue capaz de transformar una democracia liberal en una dictadura totalitaria. Trump en sólo un año de mandato está dando varias vueltas de tuerca a los usos democráticos del país que estrenó la democracia, y, aunque aún está muy lejos de aquella Alemania terrible, hoy pocos ponen en duda su deriva autoritaria y neofascista.
Winter is coming. Y, mientras se acerca el invierno, aquí en el Ruedo Ibérico, a modo de Castillo Negro y con la Guardia de la Noche parapetada en Moncloa, el gobierno contempla el panorama nacional tras el Muro.
Sigue la gira triunfal de Vox, ya desinhibido y plantándole cara, sin complejos, a un PP que se achica más y más. Mientras, el partido de Feijóo ve crecer al que será sin duda, el compañero incómodo que condicionará los próximos gobiernos autonómicos de Extremadura, Aragón y Castilla y León, en lo que parece ser el inicio de un camino imparable hasta el asedio final de la Moncloa.
Da la impresión que, esta vez, el PSOE lo tendrá más difícil para que le salga bien de nuevo el truco del almendruco de 2023: asustar a los votantes con el mantra del ¡qué viene Vox! Porque, a tenor de las encuestas, ese partido xenófobo, machista, pro-franquista y trumpista, a pesar de que lo sigue siendo y, ahora a cara descubierta, parece que gana aceptación en las encuestas, en vez de provocar rechazo.
Desde el Muro de Moncloa, un Sumar desinflado contempla estupefacto cómo su hermano siamés Podemos, tras la operación de destete que les separó, se encuentra como Golum: en un rincón con su anillo; acariciando su precioso tarro de las esencias de la izquierda (que cree poseer sólo él). Son las más puras e inmaculadas, aunque intocables e inamovibles. Quizás debido a ello y a su intransigencia, es probable que, a modo de Conde Don Julián, acabe siendo quien preste la llave que necesitan PP y Vox para abrir la puerta de la Moncloa: esa llave se forja en la debilidad y multiplicidad de las fuerzas a la izquierda del PSOE.
Mientras llega el invierno, aquí en Cataluña, Vox y Aliança Catalana siguen inflando sus velas, aprovechando ese viento y deriva xenófoba y racista que asola Europa como una pandemia.
De pandemias sabe algo Salvador Illa, que aún debe soñar con ella. Ahora, al frente del PSC, lo ha recompuesto por enésima vez. Este nuevo PSC, al mando de un gobierno pragmático, va desmontando la patraña del “procès” a golpe de política utilitarista, intentando que no les caiga encima y les estropee la foto el desastre eterno de las Rodalies (trenes de cercanías) que ya no se aguantan por más parches que les coloquen. A la vez, van esquivando los palos en las ruedas de unos partidos independentistas que les niegan los presupuestos, el pan y la sal. Son los mismos que, de vez en cuando, pero cada vez menos, aún intentan apuntalar la tramoya del procès, aunque, como en las fallas valencianas, ya todos vimos que dentro sólo había madera y cartón.
En este escenario catalán que espera el invierno, los Comuns, después de demasiado tiempo viviendo en el limbo de una incomprensible equidistancia, entre los independentistas y la izquierda real (desojando la margarita entre nación y bienestar social) caminan con paso firme hacia su irrelevancia.
ERC, mientras tanto, desde la oposición y creyéndose haberse quitado de encima el pesado muerto de Junts, vuelve a hacer política después de más de una década de jugar al chicken game. De vez en cuando mira hacia atrás, no vaya a ser que Frankestein le vuelva a agarrar de la pata.
Junts, por su parte, desde su lejana atalaya de Waterloo, continúa mirándose ensimismado el ombligo, tras haber olvidado por completo en qué consistía gobernar un país y después de haber volado por los aires, él solito y sin ayuda, uno de los partidos más relevantes de la democracia española: el suyo.
Y así andamos, esperando el invierno. Con miedo de ver los nuevos titulares de los diarios e informativos. Francamente, dan ganas de ponerse a hibernar en una cueva como los osos.
De hecho, algo de eso vamos haciendo, buscando pequeños refugios, como hacía Montaigne en su torre, donde se aislaba de aquella sangrienta guerra de religiones que se libraba a su alrededor.
Benditos los refugios. Bendito el refugio de ver en el cine “El Gatopardo”; el refugio de leer en una terraza “Jardín Umbrío” o el de abrazar a esos amigos tan queridos en Laraño.
La verdad es que, apetece quedarse en la cueva. Confortables, calentitos y ajenos al desapacible mundo exterior.
Pero, en algún momento habrá que salir afuera y, da miedo pensar que, cuando asomemos la cabeza, tal vez, ya el mundo esté en manos de los Caminantes blancos. @mundiario