Vivir en nuestra ciudad histórica
(Dedicado especialmente a: Javier Ramos, Panero, Idoia, Pablo Tomé, Allegue, Ramón Fernández, Remuñan, A. Siza, López Cotelo, Aroca, y Gallego Jorreto).
Me apresuro a manifestar que todo cuanto sé sobre este importante asunto, se lo debo a Xerardo Estévez, ex alcalde de Compostela, y a un grupo de arquitectos que tanto técnica como vocacionalmente trabajan o trabajaron en la Oficina de Rehabilitación y en el Consorcio de la Ciudad.
A todos ellos mi reconocimiento y afecto.
De esta forma lo positivo que encontréis en estas reflexiones se debe a ellos y aquello que no compartáis podéis atribuirlo a mi desconocimiento, aunque no a mala fe.
La rehabilitación de la ciudad histórica se impulsa con fuerza y compromiso desde que es declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985 por la UNESCO y, una vez redactado su Plan Especial, eclosiona con fuerza.
Esta zona noble de la ciudad con 2.829 edificios (6.700 viviendas), supo resistir el paso histórico de los años y ya era gran arquitectura antes de nuestra llegada.
En ella las obras en los espacios públicos, la recuperación de viviendas y locales, así como monumentos, fue una labor intensa e ingente del gobierno socialista de entonces, y aunque nunca fue abandonada, ha perdido parte de su vitalidad.
En lo que respecta a las viviendas: los muros, los forjados, las fachadas, las medianeras, las cubiertas, los revocos, los tabiques, las galerías y los balcones, las ventanas, las puertas, los canalones y las bajantes, sus huertas, las extraordinarias chimeneas, junto con las rúas, las plazas, sus comercios y establecimientos, constituyen el cuerpo y el espíritu de este conjunto único.
En este espacio, es donde se entiende mejor el concepto de holismo, o doctrina que promueve la concepción de cada realidad como un todo distinto a la suma de las partes que lo componen.
Es ello en definitiva, la consecuencia de un proceso cultural en el que intervinieron e intervienen desde los propios edificios, que exigen ser entendidos, al entorno de los mismos, los materiales utilizados (básicamente piedra, teja, y madera) y algunos otros, junto con la utilización de tecnologías para dotar a los edificios de nuevas instalaciones y mejores condiciones de uso y confort, pero sobre todo, es: la participación y presencia de la población que allí vive, y le da vida, la que ha de ser cuidada celosamente por las administraciones públicas, para que esta población sea “fijada” en esa zona de forma equilibrada y permanente.
Ello exige convertir a las instituciones en protagonistas, tanto en el orden social como el garante de las propias intervenciones, para añadirle vida a los años y no años a la vida. Así se hizo entonces, porque así lo entendimos.
Corregir las patologías de las viviendas, producidas como consecuencia del paso del tiempo y por el deterioro de los materiales, requiere de unos conocimientos específicos, que solo se dan con la recuperación de oficios relacionados con la rehabilitación y con la homologación de empresas. Y así también se hizo, con cursos prácticos y presencia de los mejores arquitectos de España.
La lógica constructiva y la economía de obra de la ciudad histórica convirtieron este lugar en el espacio donde se percibe mejor que en parte alguna la belleza que implica un orden entre las partes de un todo.
Le sucede a nuestra Ciudad Histórica lo que, a algunas personas, que por mucho que envejezcan jamás pierden su belleza, digamos que: “solo les pasa de la cara al corazón” como escribiría J. Buxbaum.
Lo cierto es, que aquellos que no tienen un mínimo de sensibilidad cultural no aprecian los esfuerzos por comprender o intentar comprender este fenómeno. Y hubo y hay mucha incomprensión e ignorancia.
Se explica en estos casos, que la mitad de la belleza está en el paisaje de nuestro patrimonio histórico, pero la otra mitad depende de los ojos del hombre o mujer que la contemplan.
En este maravilloso y único paisaje urbano, descubrimos pronto, que lamentablemente la rehabilitación origina tensiones con el “mercado”, porque todo lo que este toca, siendo de su interés, es capaz de transformarlo en poco tiempo en algo parecido a una mercancía irreconocible del original y en falsedad histórica.
Lo hemos vivido antaño cuando este “señor mercado”, a través de sus lacayos políticos, mal llamados en este caso “conservadores”, trataron de convertir la rehabilitación en transformaciones radicales en el interior y fachadas externas bien pulidas.
Es, la singularidad, lo que atrae y asombra de la Ciudad patrimonial a visitantes y peregrinos, porqué ven en ella un alma propia, algo diferente y único, y, entre la fe o el simple turismo justifica por si sola la llegada a la misma.
Cualquier cambio que haga irreconocible esta excelencia fragiliza su prodigio y hasta su milagro como la genial inventio.
Nuestro hermoso hogar común, está sufriendo desde hace unos años cierto abandono de aquellas buenas prácticas, que, acompañadas por la enorme presión turística, empieza a expulsar habitantes y a banalizar todo el proceso y su tejido humano.
No es sencillo corregir y controlar al “señor mercado” que afecta y aliena a muchos de sus fans. Como no es fácil alcanzar acuerdos corporativos básicos sobre esta cuestión en la Ciudad.
Sin embargo, no hay más solución que volver a los orígenes, limitar prácticas y establecimientos inadecuados, y promover la ocupación y uso de nuestra joya histórica por gentes nuevas, ciudadanos que vuelvan a sentirse integrantes y partícipes del cuidado del tesoro de Compostela, y además crear un buen relato, explicándolo puerta a puerta otra vez, y generando posibles complicidades locales.
No podemos consentir que luche nuestra ciudad histórica en solitario por sobrevivir al mercado y dejar de: “encontrar a cada paso el milagro de las piedras florecidas”. (García Márquez)
Ello es obviamente difícil, trabajoso, pero muy necesario y hasta urgente. @mundiario


