Vivir la experiencia de una televisión sin ley
Una televisión sin ley no nos muestra un caos organizativo en el funcionamiento de RTVE, ni encarnizadas batallas internas donde impere la ley del más fuerte. Mucho menos presenta un mundo sórdido en la producción de programas o en la toma de decisiones. No es eso.
Una televisión sin ley es una narración muy documentada y rigurosa que, con un cierto desenfado y no falta de humor, pone de relieve, resalta, destaca, hace notar la incapacidad de los legisladores para elaborar leyes o normas eficaces para dar estabilidad a los responsables de la Corporación. No logran elaborar textos legales que permitan la independencia de RTVE con respecto al Gobierno. Tampoco consiguen que los medios públicos sean unos instrumentos neutrales de información, ni plurales siquiera. Y mucho menos que sean estables para cumplir su período legal de mandato
Por mucho que lo intentan, lo predican y lo aseguran, sus señorías sólo logran que sus leyes tengan el efecto contrario al que dicen perseguir. Cuando afirman que garantizan la imparcialidad en el nombramiento de los cargos, los hacen más dependientes. Cuando aseguran que garantizan la estabilidad en los puestos directivos más inestables los convierten. Cuando más certifican que con sus leyes RTVE va a actuar con neutralidad más partidaria se muestra.
En Una televisión sin ley se vive la experiencia de la actividad parlamentaria española, con cierto suspense, con asombro por lo que dicen sus señorías, con perplejidad por las argumentaciones utilizadas, con las incoherencias de sus propuestas. También se puede ser testigo de los duros informes que redactan los servicios jurídicos sobre las leyes y normas que elaboran los diputados sobre RTVE.
El lector va a ser testigo de las alegrías y de los temores de los altos directivos del Ente; del ambiente de sus tomas de posesión; de las maniobras que se llevan a cabo para nombrarlos y de las conspiraciones gubernamentales y políticas para provocar su dimisión, de las maniobras, luchas y zancadillas que se hacen entre sí colegas del Consejo de Administración del Ente.
Una televisión sin ley hace vivir al lector las frustraciones de los intentos de despolitizar la elección de los directivos de RTVE a través de concursos de méritos abiertos, públicos, a los que se puede presentar cualquier profesional. Será testigo de cómo se montan unos comités de expertos para esta labor y más tarde desprecian su trabajo. Vivirá la frustración de los casi cien profesionales seleccionados, con sus calificaciones, cuando ven que los parlamentarios eligen a los de menor reconocimiento, pero con mayor afinidad política.
También vivirá con algo de vértigo el nombramiento de una directora general como Pilar Miró para luego someterla a un linchamiento político. O la designación, por consenso, de presidente de la Corporación a un exministro con ochenta años cumplidos, como Alberto Oliart, para desatar simultáneamente una campaña de desprestigio personal contra él con el fin de provocar su dimisión.
Eso sí es “una televisión sin ley”.