Hay verdulerías de niños bien que pueden acabar mal
A quienes hayan vivido voceríos verduleros, las voces de muchos parlamentarios les parecen impostadas, increíbles y peligrosas.
En las plazas de abastos de los años cincuenta y sesenta, una de sus más preciadas peculiaridades eran las verduras y frutas de cercanía, que los propios hortelanos de las periferia urbana llevaban al mercado. En algunas zonas de Galicia, ese era el rianxo que, casi siempre mujeres, las rianxeiras, habían portado para venderlo temprano.
Verdulerías
La venta también la hacían más habitualmente mujeres; había hombres, pero probablemente por ser sus voces de reclamo más desinhibidas ante las compradoras de la ciudad, en la plaza apenas se oía decir rianxeiro. A su vez, las clientas, de modales supuestamente más finos, cuando tenían un altercado con una vecina solían recurrir para insultarla, en castellano, al apelativo “verdulera”; verduleira, en gallego, era más raro. Esa traslación del apelativo a la vida de los/las urbanícolas –variable en el bilingüismo galaico- hizo que la RAE lo anotara, en masculino y femenino, como propio de “personas mal habladas”, que también había en Castilla; las plazas de abastos eran entonces, ante todo, un espacio de frontera entre la cultura rural y la urbana. Mientras no hubo sistemas de refrigeración industrial, y medios de transporte menos primitivos, los intercambios relacionados con el cotidiano condumio de productos perecederos eran escasos a distancias superiores a 100 kms... El vocerío, los gritos y proclamas en estos mercados eran un modo de llamar la atención sobre los que había, normalmente de temporada; algunas veces, se mudaban en agrestes discusiones que las señoras de ciudad miraban con desdén superior, como si no fuera con ellas.
Desde hace algún tiempo, en el Parlamento español la pelea verdulera de antaño sobrepasa los decibelios aconsejables cuando tratan cuestiones que, en definitiva, son cosas de comer, pero que necesitan más prudencia y templanza. Estar o no estar en el Gobierno, proponiendo la agenda de lo que se parlamenta y en parte sus términos, no es lo mismo que estar en la oposición tratando de ver cómo meter baza en lo que anda en juego, y que no dañe sus intereses. Hay Señorías que, como las compradoras de aquellas plazas de abastos, sin mirar la mercancía, trataban a las vendedoras como si adivinaran algo que objetar, para pasar enseguida a un repertorio de tachas y defectos que rebajaran el precio, pero los años había dado a las mejores vendedoras resistencia ante aquel palabrerío: las “regateiras defendían lo suyo y no se dejaban confundir.
Caprichosos desinhibidos
El problema de esta metáfora es que el Parlamento, aunque en definitiva trate de las cosas primordiales de todos, no es lo mismo y muchos parlamentarios no están a la altura de la diferencia. Esgrimen caprichosamente falta de educación y respeto y, por mucho que quieran llamar la atención, buscan la gresca y se desprestigian; independientemente de la mercancía con que anden, al gritar o insultar no indican más inteligencia o valentía, sino desprecio y distancia arrogante. También este formato de esgrima irracional se podía ver en las plazas de abastos, pero las “regateiras” solían tener buen ojo para catar a sus clientes; casi sin que hablaran, cuando por las formas y maneras advertían un mal pagador o alguien que quisiera estafarlas, de nada le valía su mucha verborrea.
En todo caso, los que más vocean en esta Legislatura desde hace tres años no parece que estén, pese a que finjan ser buenos gestores, por la labor de traer un buen producto entre manos, sino tan solo viendo si sacan ventaja de una situación endiablada en tantos frentes. Les precede su fama de haber pasado por colegios selectos, pero no han aprendido nada; si no hubieran acudido a ellos y a otros sitios como las plazas de abastos como simples turistas, tal vez habrían interiorizado otros modales y rechazarían los métodos logreros. Las burradas que dicen estos días a grito pelado, con ansiedad de vender a sus votantes elecciones anticipadas, no se habían oído en la restaurada democracia. Este modo de arrogarse legitimidad a destiempo y en exclusiva, descalificando a la otra mitad del Parlamento con cada palabra que dicen -sin mirarse la viga que tienen en su propio ojo-, produce asombro, y hacen ridículo, además, con su modo barriobajero de desgañitarse. Ni Feijóo, ni Arrimadas, por mucho voluntarismo de aprendices que pongan, son capaces de usar con gracia las “verdulerías” con que quieren parecer intrépidos defensores del bien. Quien les pague para que hagan este papel de Mater Dolorosa, denota mucha prisa y no cuenta con que no les pega el papel. Más entrenados parecen Ayuso y sus comparsas, pero su contratiempo es que el programador de sus gags roza la ignorancia y se pasa en exigirles, cada día que pasa, más crispante cara dura; como el mester del buen periodismo sabe, el púlpito mediático no puede buscar que los mensajes harten al personal.
Este modo tragicómico de hacer política no conduce sino al crecimiento del rencor, la rabia y la mala leche. Después de la pandemia, los ciudadanos tienen los nervios a flor de piel y no admiten fácilmente la impaciencia y la impostura. Si se añade a todo ello lo que acaba de denunciar Esteban Ibarra y su Movimiento contra la Intolerancia, sobre cómo “está creciendo la xenofobia y el odio ideológico, con más de 200 crímenes desde la CE78 y 627 grupos violentos”, la torpeza propositiva de algunos parlamentarios empieza a ser determinante de que el encrespamiento social vaya a más. Quienes contemplen como en un teatrillo de risas esta representación de incompetencia, debieran entender que, con su incapacidad de autoregular su “libertad de expresión”, la supuesta “buena educación” que han recibido se les va al garete al dar a entender que los demás no tienen derecho alguno. En vez de buscar inspiración en los métodos trumpistas para aumentar los recursos de insultar, les vendría bien una calmada lectura de Juan de Mairena: Antonio Machado ya decía en 1935 que “las cabezas que embisten pueden sr útiles…, porque peligran las cabezas que piensan, que son las más necesarias. En política y en todo lo demás”. ¡Atentos! @mundiario