Vance y Trump recurren a sofismas de tinte religioso

Más que teología parece un recurso apropiado para bulos entre adictos o para quienes necesitan justificar lo injustificable.
Donald Trump se presenta como Jesucristo. / RR SS.
Donald Trump se presenta como Jesucristo. / RR SS.

Lo que sustancialmente ocurre en Oriente Medio es nueva ocasión para alianzas e intereses contrapuestos. Los juicios morales que suscita hablan, en conflicto con los políticos, de la larga pelea de unas y otras gentes de la humanidad por tener razón y, si se da el caso, imponerla a los demás. Las primeras narraciones de la Biblia, en particular la del Paraíso de Adán y Eva, la de sus hijos Caín y Abel y, entre otras muchas la de la Torre de Babel, dan cuenta de una preocupación antigua por dilucidar quién acierta y, en definitiva, de qué va esto del bien y el mal. Todas las grandes narraciones clásicas han tenido esta misma preocupación, y en la historia de la filosofía ha polarizado las discusiones de la ética y la política.

A la luz de las opiniones sobre las referencias religiosas de Donald Trump sobre su papel en esta guerra inútil -en que sigue a Netanyahu, guardián de las esencias más carcas del Antiguo Testamento-, seguimos en esa gran dilucidación: dónde está el bien y dónde el mal o, de otro modo, quién tiene o no razón. Entre las reacciones que ha suscitado tienen especial  interés las de León XIV porque, a diferencia de otras ocasiones en que la diplomacia vaticana ha preferido el silencio o la ambigüedad verbal –además de otras muchas en que su tradición de poder le llevó a aliarse con los herederos del Antiguo Régimen-, este papa ha vinculado de manera explícita la institución que dirige a la defensa del derecho internacional y, de paso, a la defensa de los débiles. Si ya en su toma de posesión, se había posicionado a favor de a que ya era hora de que la Iglesia se incardinara en la historia como ejemplo de concordia, tanto en las meditaciones que hizo en el Vía-Crucis de Viernes Santo, como en la últimas declaraciones acaba de recordar que no es hora de ejercer el poder de los fuertes y de la “idolatría del lucro que saquea los recursos de la Tierra”, añadiendo, incluso: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo! ¡Basta ya de guerra!”. Su viaje a África es un clamor por una paz que, cuantos le escuchan o leen su cuenta en las Redes, inevitablemente asocian a los causantes del gran conflicto del momento.

Por su parte, el presidente colonialista americano, le ha replicado que era “terrible en política exterior”. Claramente no es seguidor de este papa: “Es una persona muy liberal, y es un hombre que no cree en detener el crimen”; sin diplomacia alguna ha osado llevarle la contraria –en público- a un papa. Actúa como otros grandes del mundo que pugnaran por poner esa figura de su lado. Napoleón Bonaparte se puso él mismo la corona imperial en la catedral de Nôtre Dame de París, el 02.12.1804, sin que Pío VII lo hiciera, rebajando su categoría simplemente a bendecirla (Le Sacre de Napoleón que Jacques-Louis David pintó entre 1805 y 1809), pero la Santa Alianza (1815) acabaría rebajando sus humos. Tampoco cesaron en el siglo XX quienes optaron, en su “ilusión de omnipotencia”, magnificar su yo por encima de lo que, desde la caída de los Estados Pontificios, tuvo más valor de referencia moral que de estricto poder temporal. Muchas veces el propio Vaticano no se lo ha creído, y el siglo XX ha sido testigo de vaivenes, indecisiones, alianzas o concordatos en que su hierocrática manera de mirar a los demás, ha elegido sentirse protegida colaborando o callándose ante flagrantes injusticias. Ese pseudopoder pudo verse ante  la Alemania de los años 30, igual que en la España que va de 1931 a 1953, que ejemplifican sobradamente una historia, en que los Acuerdos  de 1979 prolongan privilegios de supuesta superioridad ética.

En los años sesenta, tras el Concilio Vaticano II, pareció que la Iglesia se inclinaba decididamente por los pobres, como predicaba Juan XXIII. Entre 1978 y 2005, sin embargo, Juan Pablo II procuró revertir esa inclinación hacia un pasado en que la jerarquía se aliaba con el “buen orden”, justo cuando Reagan y Thatcher abrían paso al Fin de la Historia de Francis Fukuyama (1992). La profecía de este propagandista del neoliberalismo se aceleró, y la vuelta del papa Francisco en 2013 al ideal del santo de Asís parece inspirar a León XIV a decirle a los líderes hegemónicos de este momento el cauce del bien que necesitan las gentes de la Tierra; para convivir en paz, no poca faena hay por delante para contrarrestar  desmadres economicistas guerreros, ajenos al interés general. Es de celebrar que haya decidido a continuar la labor de Bergoglio cuando en la encíclica Laudato si (2015) proclamaba que “el clamor de la tierra y el clamor de los pobres”(punto 49) es la gran cuestión de justicia social, que urge un “uso responsable” de recursos de los que no somos “propietarios y dominadores” (punto 2). Según decía, “el desarrollo humano integral y la inclusión social” no están “garantizados por el mercado” (punto 109). Cuando en 2020 volvió a esta cuestión en Fratelli tutti, reconocía que cuidar “la dignidad de cada persona” (punto. 8) y “el mundo que nos rodea y contiene, es cuidarnos a todos” (punto 17), exactamente lo contrario que hacen quienes “utilizan demagógicamente a los débiles para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos” (punto 155). El calentamiento global, iniciado en la primera Revolución Industrial y acelerado en los años del desarrollismo, rompió la diferencia entre “Historia Natural” e “Historia humana”. Todo es responsabilidad de todos, inmersos como estamos en lo que Boucheron llama “crisis de inmanencia”(El tiempo que nos queda, 2024).

Sea cual sea el sentido político que cada ciudadano tenga -por creyente, ateo o agnóstico que diga ser-, todos compartimos un “tiempo provisional” en que es preciso desaprender lo aprendido sobre el crecimiento infinito, conjuntar voluntades y concretar qué deba ser convivir hoy y cómo hacerlo de modo justo. Parece lógico, pues, que la ética a propugnar sea distinta de la que Defoe destacó al final de su Diario del año de la peste diciendo en 1772 que “cien mil almas se llevó, ¡pero yo sobrevivo!”. La de Trump, Vance y su pandilla de prepotentes –y sus defensores en España- es parecida, especialmente cuando invocan una Teología de la Prosperidad que les sea propicia. A nadie se le escapa la capacidad instrumental de que disponen para que, a contrapelo de los intereses de la inmensa mayoría de la humanidad, haya involucionismos contrarios al bienestar común. Es preciso desenmascarar sus pretextos y argucias verbales para dejar en puro eufemismo sus menciones a la Sanidad, la Educación, la Vivienda y otras necesidades requeridas una justicia distributiva sólida y eficiente. Frente a estos dueños de los  medios de producción y comunicación, es obligación moral no dejarse atrapar por las sofisticadas maneras que vehiculan para seducirnos con que, si nos adscribimos al juego narcisista del “me gusta”, su criterio adictivo del bien nos hará libres. Siempre se repite la escena de Eva cuando Dios creador le dijo: “¿Por qué lo has hecho?”, y contestó: “La serpiente me sedujo, y comí” (Gen. 3,13). @mundiario

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