Trump no es el de antes: regresa con experiencia y sin límites

Su discurso en la última noche electoral fue revelador: "El pueblo me ha elegido y voy a cumplir absolutamente todo lo que prometí."
Donald Trump. / X.
Donald Trump. / X.

Mientras hay quien se tranquiliza con mantras sobre la robustez de la democracia y la estabilidad de los equilibrios de poder en EE UU, es fundamental recordar algo: Donald Trump no es una figura improvisada ni una simple celebridad política. Regresa con un proyecto bien definido, una visión que, lejos de ser caótica, está meticulosamente articulada para consolidar su poder de forma estructural. Hoy, el riesgo que representa su retorno a la Casa Blanca va mucho más allá de su retórica populista. Trump tiene una agenda, y en ella no caben muchos de los valores democráticos que se han defendido a lo largo de décadas en Estados Unidos.

Hace cuatro años, Trump salió de la Casa Blanca tras una crisis sin precedentes, con un papel ambiguo en el asalto al Capitolio y bajo el peso de decenas de casos judiciales. Pocos hubieran apostado a que se convirtiera de nuevo en el favorito para la presidencia. Pero hoy, no solo tiene una gran base de apoyo popular: cuenta con un conocimiento profundo del sistema, sabe qué resortes debe accionar y, sobre todo, entiende cómo romper las barreras legales y políticas para que nada le detenga en su propósito.

Trump ha aprendido las reglas del juego y, a sus 78 años, no es el mismo presidente que llegó al cargo en 2016. Ahora es un político experimentado que domina la maquinaria del poder. El solo son cuatro años no sirve como consuelo. Ese tiempo es suficiente para redibujar el mapa del poder y erosionar las instituciones de forma drástica.

Algunos confían en que el sistema de contrapesos de Estados Unidos amortiguará cualquier acción autoritaria. Sin embargo, Trump ha demostrado que es capaz de presionar y manipular la estructura de poder para alinearla a sus intereses. La Constitución no es inmune a sus interpretaciones. Con el poder de designar a los altos mandos militares y a jueces en los puestos clave, un presidente puede hacer mucho más que firmar leyes; puede reconfigurar la propia democracia.

Un nuevo Rey Sol

Su discurso en la última noche electoral fue revelador: "El pueblo me ha elegido y voy a cumplir absolutamente todo lo que prometí." Esto no es una promesa vacía. Trump, como líder, no solo busca cumplir sus promesas: quiere encarnar el poder y consolidar su propia versión de Estados Unidos. En su visión, es el único intérprete legítimo de la voluntad popular y del espíritu nacional, como un Rey Sol moderno.

Trump y su círculo no dudan en invocar a Dios para legitimar su proyecto de poder. La idea de que es el elegido se propaga con fuerza entre sus seguidores, especialmente en sectores que ven en su figura un defensor de valores supuestamente cristianos y tradicionales. Esta retórica religiosa es profundamente eficaz en la sociedad estadounidense, donde el mensaje de Dios bendiga a América no es solo una frase; es una forma de consolidar apoyo y otorgar legitimidad a su liderazgo, incluso cuando éste desafía los límites democráticos.

El poder de Trump no solo se basa en sus votantes, sino también en su capacidad para unificar a sectores religiosos, económicos y políticos en una especie de alianza inquebrantable. Como hemos visto en otros países donde el poder político y religioso se entrelaza, esta combinación se convierte en un recurso altamente efectivo para consolidar y perpetuar el control. Los resultados pueden ser devastadores, no solo para el país, sino para las relaciones internacionales y los equilibrios de poder.

Europa y el riesgo de la complacencia

Desde Europa, cuesta entender la magnitud del riesgo que plantea un líder como Trump. Acostumbrados a la estabilidad institucional y a un sistema de derechos garantizado, el Viejo Continente olvida que el equilibrio mundial ya no responde a sus reglas. Países como Estados Unidos, China y Rusia –grandes potencias nucleares– están marcando el ritmo de un nuevo orden internacional en el que Europa cada vez tiene menos voz.

Es crucial que el Europa –léase la UE– despierte de su complacencia. En un mundo sin reglas compartidas, la estabilidad depende del equilibrio entre potencias que actúan según sus propios intereses. Para la UE, esto significa un reto existencial. La democracia liberal y el derecho internacional, pilares de la convivencia global desde la Segunda Guerra Mundial, están en riesgo, y no hay garantías de que esta visión del mundo sobreviva en un nuevo periodo de realismo político, donde los líderes fuertes se imponen.

Una llamada a la responsabilidad global

Frente a esta amenaza, es hora de repensar la forma de defender los valores democráticos, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. La llegada de Trump al poder no es un asunto interno de los norteamericanos. Es un asunto global que pone en riesgo la estabilidad, la paz y la seguridad internacional. El mundo se enfrenta a un escenario en el que las reglas del juego ya no son claras, y donde el poder puede imponerse sin contrapesos efectivos.

Los ciudadanos, los partidos progresistas y todos aquellos que valoran la democracia deben estar alerta y actuar con responsabilidad. La incertidumbre no debe ser la respuesta. @mundiario

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