Lo “terrible” es que “el lado correcto de la historia” esté en debate
Del juicio que prime, varía el valor de las decisiones que se adopten ante todo tipo de conflictos. Pronunciarse ante incertidumbres e inconvenientes implica dudas, y a menudo reacciones “terribles” de los demás, acordes con sus propias conveniencias. Casi siempre es obsceno el muy acomodaticio juicio, supuestamente imparcial, de los equidistantes; para no enfadar. esperan a ver cuál de las partes en litigio se impone, y entonces dicen: “Ya lo decía yo”.
En este momento de grave crisis internacional, las disparidades que, sobre el lado correcto de la historia, muestran los partidos políticos españoles replica las que vive a diario cada ciudadano en su entorno laboral y, probablemente, también en su propio círculo familiar, donde la asiduidad del trato, las reuniones festivas y apoyos mutuos, se ven condicionadas por prejuicios que se hayan ido asentando. Ese posicionamiento siempre va asociado a cómo se haya podido construir la adaptación a la realidad social, donde normas de conducta, urbanidad y moral, herencia del lugar y costumbres han vehiculado desde la infancia una compleja interacción con el medio. Donde crece y se educa cada persona, rigen criterios culturales de lo que está bien y está mal: la fuerza de las relaciones contraídas condiciona lo bien visto. Esa normalidad de “lo correcto”, tan tratada en el realismo del siglo XIX, subyace en casi todo testimonio literario, como ha analizado Álvarez-Uría en: sociología y literatura: dos observatorios de la vida social (2022). Es evidente, igualmente, en historias como la de los Corleone en El Padrino, trilogía donde Scorsese mostró, desde la primera parte en 1972, a la tercera de 1990, una paternalista saga de “honorables”, en que Michael, el último, trata de legitimar “lo correcto” del clientelismo mafioso de sus negocios en medio de un baño de sangre.
El criterio de “lo correcto”
Para juzgar si tienen razón quienes acusan al Gobierno de Sánchez de no estar del “lado correcto de la historia” en este momento del conflicto provocado en Irán por EE UU-Israel, deberían explicarlo. No sea que “lo correcto”, ocultando la “incorrecta” Cumbre de las Azores -y el destrozo que generó en Irak-, pretenda regocijarse con el beneficio logrado en dos días por las empresas gasísticas americanas a costa del Ibex español y las Bolsas europeas. Como en todas las guerras, es habitual sumar a la logística militar una opinión pública se favorable a usarla valiéndose de los medios de comunicación. Ahora más, pues la globalización de intereses económicos no deja a nadie ajeno. Dada la guerra de intereses, tiene lógica que las opiniones estén divididas, pero más la tiene averiguar qué sea “lo correcto” en esta etapa de la historia. Como en cualquier otra, las formulaciones concretas de la política, por muy rentables que puedan ser para algunos, pueden ser gravemente injustas para otros. En buena ética política, no vale un tipo de “corrección” o Justicia en que los derechos de una parte -con todas sus particularidades- sean minorizados, avasallados y sojuzgados a los intereses y conveniencias de otros. Hammurabi ya se adelantó, en la cercana tierra de Babilonia, a que su Código, muy rudimentario, regulara en el s. XVIII a.C. cierta igualdad de trato entre discrepantes.
Si en el siglo XVI la Escuela de Salamanca empezó a cuestionar en el Occidente cristiano el derecho absoluto que tenían los privilegiados del feudalismo a ejercer la esclavitud, el machismo o la usurpación de tierras y haciendas dentro y fuera de Europa, la Declaración de Independencia del actual EE UU en Virginia vino a proclamar, en 1776, que “todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes y tienen ciertos derechos inherentes, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden ser privados o postergados del “gozo de la vida”, de “la libertad”, del derecho de todos a ”los medios para adquirir y poseer propiedades”, “la felicidad” y “la seguridad”( artc. 1). Si “todo el poder reside en el pueblo” (artc.2) y había derecho “a la resistencia” o rebelión contra la opresión (artc.3), también se prohibían las clases políticas privilegiadas o hereditarias (artc.4). Esta Carta de Derechos, incorporada a la Constitución de EE UU en la Convención de Filadelfia, en 1787, fue el antecedente de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la Francia de 1789, y nadie cuerdo puede dudar de que seguir esa línea es estar en “el lado correcto de la historia”.
Sobrepasada “la incorrección” histórica de dos guerras mundiales, con cerca de 80 millones de fallecidos entre ambas -en su mayoría civiles- y otros muchos desastres nada colaterales, se acordó en París la Declaración Universal de los derechos humanos el 10.12.1948. “Lo correcto de la historia”volvía a ser esta referencia, como guía para tratar de resolver nuevas tentaciones de pugna bélica por la primacía de unos y otro. En un contexto de posguerra, sirvió de inspiración para salir de las grandes carencias y mucha tensión que pronto impuso la Guerra Fría en Europa, mediante el Estado de bienestar que propugnaba, desde 1942 en Inglaterra, el Plan Beveridge para fortalecer la “seguridad social”. Bismarck había iniciado ese camino en Prusia en 1882, y a Trump&Cia le parece ahora un atraso; su línea de “lo correcto” ha roto todo diálogo con Irán sobre el enriquecimiento del uranio y otros asuntos conexos. E Israel, por su parte, ve “correcto” arañar territorios a su alrededor y, completando el genocidio de Gaza, eliminar adversarios a su plan hegemónico sobre Oriente Medio.
Este “lado correcto de la historia” es el de la conveniencia de un tándem muy peligroso en su juego estratégico de eludir toda norma jurídica limitadora; sus actores, fiados en un gran potencial tecnológico y armamentístico, se sienten libres para actuar a su antojo. No les ha importado hacer crecer la inestable seguridad del mundo, aunque en esta zona de Oriente Medio todo sea más complejo. Por prudencia -y sin que interviniera el derecho- hubiera sido “correcto” advertir que en este escenario no hay marionetas como las que parece haber habido en Venezuela; los aquí pisoteados tienen más capacidad para resistir. En fin, todo líder político debiera dejar de serlo si elige someter la razón jurídica o política de esta guerra a la moral de Trump, o a los oportunismos de Alemania, Francia e Inglaterra, inspiradores de una UE corta en una ética común. @mundiario


