Tecnología y humanismo en la escuela: el reto actual

Más invasoras y adictivas que las analógicas, las tecnologías digitales, tan cercanas y manuales, requieren pautas que no las hagan peligrosas.
Jóvenes y tecnologías en un mundo de Internet e inteligencia artificial. / RR SS.
Jóvenes y tecnologías en un mundo de Internet e inteligencia artificial. / RR SS.

Trump probablemente pasará a la historia por practicar la guerra “por diversión”. Así lo anunció refiriéndose a la posibilidad de bombardear más intensamente la isla de Jark, centro neurálgico desde donde Irán exporta el 90 % de su petróleo. Y, sin duda, tiene potencial tecnológico y militar suficiente para hacerlo. Esta “divertida” decisión —y no supuestos objetivos “justos”— vincula las consecuencias destructivas de esta guerra en miles de vidas humanas y en los medios de vida de muchos otros a sentimientos de falsa realidad que genera en muchas mentes el uso inadecuado de soportes digitales. Como dijo Laura G. Rivera en un reciente congreso de CCOO sobre Educación y Tecnología (14-15.03.2026): “Internet no es la realidad”, y el gran reto de la educación —como siempre— es “trabajar la libertad de pensar”.

Se han hecho famosas algunas fotos de escolares que, en una visita a museos como el Rijksmuseum de Ámsterdam, ante la pintura de Rembrandt La ronda de noche, o en el Prado de Madrid Las Meninas de Velázquez, sentados a un lado y desatentos a los cuadros y a toda explicación de su interés, escuchan, ven y escriben en sus móviles con gran concentración. Delante mismo de La dama de la perla, de Vermeer, alguien captó a un adulto que, en la retrospectiva que le dedicó el Rijks en febrero de 2023, la contemplaba dubitativo, entre su móvil y el cuadro auténtico. Asimismo, en la experiencia cotidiana son habituales, en reuniones familiares, recriminaciones por actitudes similares, en que no sólo los más adolescentes alegan que, si se les quita el móvil o el dispositivo electrónico que tengan a mano, “se aburren”.

Pues bien, si Internet no es “la realidad”, aunque las tecnologías actuales propendan a hacer ver que sí, es evidente que en el debate acerca del móvil y la inteligencia artificial en la escuela urge una revisión profunda de los objetivos de esta en la sociedad, desde la perspectiva del uso y abuso de las nuevas tecnologías, a fin de que la creciente presencia de la digitalización no mutile sus prestaciones más aprovechables. Además, fuera de la escuela, ha logrado una presencia difícil de superar y, previsiblemente, va a más, particularmente en lo que al mundo laboral, administrativo e investigador se refiere, donde ya nutre muchos aspectos relevantes en el tratamiento rápido de la información.

El derecho digital en la escuela

Neurólogos, pediatras y sociólogos —y pedagogos preocupados por la interferencia de las nuevas tecnologías desde los años ochenta— advierten, sin embargo, de abusos que pueden ser nefastos, y coinciden en que, como otros útiles de la vida humana, se necesitan pautas que permitan utilizarlos protegiendo la salud y el desarrollo de la infancia y adolescencia. Sólo de este modo, integrándolas en la educación de forma segura, crítica y eficaz, servirán para mejorar la calidad del aprendizaje y la convivencia.

Hay estudios serios sobre los riesgos de exposición a las pantallas, sobre todo entre los 0 y los 12 años. Entre sus recomendaciones figura, por ejemplo, que de 0 a 6 años no deben usar pantallas; de 6 a 12, sólo una hora diaria; y a partir de los 12, no deberían superar las dos horas como máximo. Ante una exposición más temprana o un uso excesivo dentro de estos umbrales, hay evidencia científica de que los riesgos de alteraciones en el neurodesarrollo —incluido el del lenguaje— incrementan los problemas de salud física y mental, así como los de rendimiento escolar.

Dentro de la normativa europea y española, la Ley 26/2018, de 21 de diciembre, de derechos y garantías de la infancia y la adolescencia, en sus capítulos II y XIV del Título II, establece de modo general que los poderes públicos deben adoptar las medidas necesarias para proteger a los menores de cualquier forma de violencia, incluida la ejercida a través de las nuevas tecnologías, así como promover la educación y la información para su consumo responsable, sostenible, crítico y ético, con el objetivo de prevenir prácticas abusivas. Por su parte, la Carta de Derechos Digitales de 2021, actualizada en 2023, pretende garantizar un uso seguro de los aparatos digitales, al tiempo que proporciona una guía para su uso responsable. En el ámbito educativo, el Observatorio de Convivencia Escolar elaboró también unas Recomendaciones para trabajar la ciberconvivencia en los centros, desde iniciativas en el ámbito de la gestión y en la relación con el personal, el alumnado y las familias, hasta la formación para la ciberconvivencia y la intervención en situaciones conflictivas. A su vez, los decretos de organización y funcionamiento de los centros de enseñanzas no universitarias establecieron directrices que promovieran un clima educativo propicio, y las Consejerías Autonómicas resolvieron regular los usos de dispositivos móviles en el horario escolar.

Todas estas preocupaciones evidencian que, por sí mismos, estos medios no son asépticos. Sus plataformas y algoritmos utilizan los datos personales de los usuarios para ofrecer información masiva, útil para que las empresas comercialicen campañas de todo tipo de productos. Como herramientas, tienen todas las cualidades para enganchar: son adictivas, se adaptan a cada usuario y están diseñadas para fidelizarlo e incluso manipularlo. Polarizar a la opinión pública —con riesgo para la democracia y los derechos sociales— es un riesgo denunciado reiteradamente, mientras sus dueños han constituido rápidamente un oligopolio multimillonario: Microsoft, Amazon y Google controlan casi toda esa información sensible. Para colmo, su uso aparentemente gratuito consume mucha agua y energía.

Su entreveramiento con los sistemas educativos, sus actividades y objetivos va en aumento, y el peligro de que la libertad de pensamiento se reduzca, o de que la escuela no esté atenta desde las etapas infantiles al objetivo central de ayudar a pensar y crecer, será mayor si los docentes no conocen su ecosistema, cómo funciona y qué provecho pedagógico puede tener en cada área o proyecto escolar. Por eso, urgen medidas para sensibilizar, formar y evaluar su uso, dirigidas a toda la comunidad educativa. La responsabilidad del profesorado requiere formación y compromiso, y no es menos importante la atención de las familias, a fin de que Internet y las redes sociales potencien un uso personal y social beneficioso para vivir y convivir. Si el entorno familiar no da ejemplo responsable, más difícil será que niños y adolescentes crezcan con la salud y la autonomía debida. Por “diversión”, como Trump, jugarán en un juego cuyas reglas, como las escopetas de feria, tienen truco. @mundiario

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