Taiwán y el lenguaje dominante

Kaohsiung, Taiwan. /TRVL
Kaohsiung, Taiwan. /TRVL
Un lenguaje “ideologizado”.
Taiwán y el lenguaje dominante

Es evidente que hablamos diversos idiomas en el mundo; sólo los más utilizados pueden llegar, según los expertos, a varios cientos.

Los idiomas nativos predominantes, en este momento, son, sin duda, y en este orden, el chino, el español y el inglés.

Pero luego, en el sentido ideológico-político, como expresión, más o menos camuflada, de posiciones geopolíticas, ideológicas, o simplemente periodísticas, utilizamos un lenguaje predominante en Occidente y otro lenguaje predominante en China y otras partes de este mundo de 8.500 millones de habitantes.

Es decir, es meridianamente claro que utilizamos diferentes lenguajes políticos, impuestos “de facto” por los actores internacionales de mayor peso mediático. Y, además, al menos en Occidente, aceptamos un lenguaje político común, impuesto “de facto”, o aceptado inconscientemente, como lo más natural, como si fuese el único lenguaje aceptable.

Por ejemplo, concretando esta elucubración filosófica-lingüística en dos áreas de conflicto internacional actual:

En la guerra de Israel contra Palestina, utilizamos con toda naturalidad el término “antisemitismo”, “antisemita”, referido a todos aquellos que se oponen o critican a la actuación bélica de Israel, como estado confesional judío, cuando resulta que todos los palestinos -y todos los árabes- son también semitas. O hablamos del ejército y los soldados de Israel, pero a los soldados de Palestina les lamamos milicianos o, en el peor de los casos, terroristas. O los soldados de Israel tienen derecho a invadir, bombardear, o arrasar un territorio extranjero y a sus habitantes “en defensa propia”. Pero ni los “soldados”, ni los ciudadanos de ese territorio invadido y arrasado tienen derecho a defenderse de la ocupación o del ejército extranjero invasor. Es decir, parece que hay un doble lenguaje y una doble actitud, generalmente basada en el racismo o el predominio de los más poderosos.

Traemos a colación este ejemplo de utilización del lenguaje -hay otros muchos en la historia y en el mundo actual-, para hablar de Taiwán, territorio al que aplicamos el lenguaje, que nos viene impuesto por Estados Unidos y sus medios.

“El conflicto de Taiwan”

Se habla de él como un conflicto “internacional”. Tan internacional o tan de política interna, según se quiera “enfocar”, como cualquier otro conflicto de índole separatista o secesionista, aparezca en Quebec, Cataluña, Cerdeña, Kurdistán o innumerables países africanos. 

No olvidemos, además, para calibrar la dimensión del “conflicto”, que la isla de Taiwán es, en población y en extensión, en relación con China, varias veces menos que la isla de Ibiza en relación con España.

Pero independientemente de su tamaño, es un problema de índole interna, si seguimos el “imperio de la ley”, según la base fundamental de Occidente y de nuestra democracia liberal. Porque la única ley internacional de la que nos hemos dotado hasta ahora, mientras no surja una institución de gobernanza global más sólida, es la que emana de Naciones Unidas: y, según reiteradas resoluciones de la ONU, la isla de Taiwán es de soberanía china; resoluciones ratificadas por 175 países, uno a uno, es decir, por todos los países del mundo excepto una docena de pequeños estados; o sea, resoluciones ratificadas por más del 99% de la población mundial.

Y ratificadas, también, por Estados Unidos, cuyo presidente acaba de repetirlo: no apoyamos la independencia de Taiwán, aunque, casi al mismo tiempo, su gobierno ha aprobado una partida de 4.500 millones de dólares para armar a los separatistas de Taiwán, además de las decenas de miles de millones que le ha vendido, o cedido, en los últimos años. Se reconoce inequívocamente, por la ley internacional, la soberanía china sobre la isla, solo arrebatada durante unos 50 años, en los que Japón colonizó Taiwán. Pero se arma a las fuerzas separatistas contra esa soberanía, en un lenguaje de clara hipocresía política.

Mientras, se menciona continuamente, sobre todo por parte de los catastrofistas, el riesgo de que el gobierno legítimo de Pekín “invada Taiwan” u hostigue las costas y el espacio aéreo de Taiwán. ¿Pero no es Taiwán una parte irrenunciable de la soberanía china? Es como decir que el ejército de China “invade” la provincia de Hebei, o cualquier otra parte del territorio chino.

¿No deberíamos, al hablar de Taiwán, utilizar un lenguaje más exacto?

¡Y se reclama el mantenimiento del “statu quo”!

Es decir, si Taiwán viene existiendo con una independencia “de facto” ¿para qué cambiar la situación? Lo mejor será dejar las cosas como están, pues revertir esa situación causaría muchos problemas a la región y al mundo. Pero ¿no defendemos, desde la democracia liberal, el imperio de la ley? ¿Vamos a rechazar la ley internacional por puro pragmatismo “ilegal”? ¡Quedarían como irreversibles todas las ocupaciones ilegales, grandes o pequeñas, que están produciéndose en nuestro mundo!

¿Y las recientes elecciones “democráticas”?

En primer lugar, ha ganado la presidencia el candidato separatista con un 40% de los votos, pero los partidos “unionistas” controlan la Cámara legislativa con un 60%. Pero de nada servirán los cálculos cuantitativos, ni las elecciones serán realmente libres, mientras los secesionistas tengan el apoyo militar, político y, sobre todo, mediático, de la primera potencia mundial secundada por todo el poder de Occidente.

Si se trata de un conflicto “interno”, como hemos visto, dejemos al gobierno legítimo de China y a sus 1.463 millones de ciudadanos, continentales o isleños, que dialoguen, sin interferencias foráneas, sobre su futuro conjunto, siguiendo sus principios de filosofía confuciana de buscar el entendimiento, la armonía, la tendencia a evitar el conflicto y a construir unas bases comunes en un mundo compartido.

Si para mis lectores occidentales resulta esta conclusión algo “pro china”, ¿no es la contraria algo “proamericana”?

Pues, ¡elijamos una conclusión, con todos los matices que se nos ocurran!

Mi elección estará siempre al lado del pueblo chino; y mi pronóstico sigue siendo, como vengo reiterando, y creo que no me equivoco por lo que conozco del país y su filosofía política:  

En pocos decenios, y antes de 2049, China, que siempre juega al largo plazo, conseguirá la reunificación, en un largo y complejo proceso pacífico, con amplio consenso de la inmensa mayoría del pueblo chino. Tiempo al tiempo. @mundiario

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