El submundo de Patria: fantasmas de una Argentina en crisis

Dr. Pedro Ara, encargado de embalsamar el cuerpo de Eva Perón. / RR SS.
Sumergida en un submundo incontrolable, Patria se debate entre la realidad y lo esotérico mientras yace en terapia intensiva tras un coma.

Patria está sumergida en un submundo imposible de controlar. Creyó, como Eurídice, que Orfeo la podría rescatar. Pero todos son iguales, no hay uno que controle sus impulsos y cumpla su palabra. Todo está perdido. Eso piensa después del coma que sufrió en terapia intensiva.

(Los lectores podrán encontrar el episodio anterior a este en el artículo de MUNDIARIO Patria en terapia intensiva)

Patria vivió engañada pensando que ningún desvarío de la realidad podía tener cabida en una Argentina que siempre se vanaglorió de ser cartesiana y europea. Pero en los albores de su muerte se enfrenta con su realidad esotérica, de muertos que no se van, de poderes sobrenaturales que la dominan y no la dejan en paz.

Se ve reflejada en la Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez. Rebelde, imposible de doblegar, feminista, ambiciosa, desafiante y buscona de los grandes personajes de la historia. Sus orígenes son similares: hija de padre desconocido, adolescencia difícil, abusos, golpes.

(Los lectores podrán encontrar en el artículo de MUNDIARIO Historia de Patria, los antecedentes a los que me refiero)

El pueblo la aclamaba a ella, no a Perón. Ella lo devoró. Se debía a sus “grasitas”, a sus iguales, les entregaba la vida. No se quería ir y se estaba muriendo a los treinta y tres años. Un  cáncer terminal. Hubo suicidios, ayunos interminables, promesas cuyo cumplimiento arriesgaba la vida de seres queridos, sacrificios humanos en el altar de su diosa pródiga. Nada tuvo resultado. Para satisfacer  la súplica de Evita de que no la olvidaran, después de su muerte ocurrida el 26 de julio de 1952, Perón ordenó embalsamar el cuerpo. Ella solo había pedido descansar en un panteón como el de Napoleón, pero sus deseos no fueron cumplidos.

El trabajo de embalsamamiento fue encomendado a un anatomista español de mucho prestigio, el Dr. Pedro Ara. Los trabajos se realizaron en el edificio de la CGT (Confederación General del Trabajo) y duraron varios años. Nadie podía ver el cadáver, la gente lo imaginaba yaciendo ahí en el sigilo de una capilla e iba los domingos a rezar el rosario y a llevarle flores.

El Dr. Ara estaba muy orgulloso de los resultados. Parecía viva, tenía todas las vísceras y él vivía a su lado. Su relación con ella tomo un cariz sospechoso. Tuvo que entregarla por mandato del gobierno militar que destituyó a Perón en 1955.

Un muerto al que no se lo deja descansar se revoluciona, no tiene paz, y los que han sido poderosos como ella son capaces de cualquier cosa. No hubo guardián que no cayera subyugado bajo sus atractivos. Estaba cada día más hermosa,  su piel era la de una chica de veinte años, irradiaba una luz azul que hacía sospechar en la existencia de vida sobrenatural, cambiaba de posición, tenía una sonrisa intrigante, como la de la Monalisa. Y exhalaba aroma a almendras y lavandas.

Perón fue exiliado, primero en Paraguay, después en España, poco podía hacer por recuperar el cuerpo de su mujer. El gobierno quería que la enterraran pero temían que el pueblo la secuestrara. Una cosa era muerta y putrefacta y otra muy distinta mantenida con vida. El que se apropiara de ella tendría el país en un puño. El siniestro Coronel Moori Koenig fue quien se llevó el cadáver de la CGT.

Todo relato es de por sí infiel. Y el recorrido del cuerpo de Evita embalsamado linda con la ciencia ficción. No hay fuentes certeras. Incluso hay copias idénticas de su cadáver que fueron enterradas en distintos lugares.

La Evita verdadera fue llevada por Moori Koenig con dirección al edificio de Obras Sanitarias de Buenos Aires, para ser escondida. Cuando estaba cerca, una alerta de incendio lo hizo desviarse y empezar a buscar escondites transitorios.  Hasta instalarla en su despacho del que no podía alejarse, tal era su relación enfermiza con la difunta. La llamaba Persona. Su salud mental se fue deteriorando con el tiempo. Cuando no estaba con ella se alcoholizaba. Enloqueció. Como no cumplió con el mandato del gobierno de enterrarla como correspondía, fue castigado y enviado al sur, donde vivió meses, negándosele la bebida y, lo peor, quitándole a esa mujer.

El cadáver pasó por diferentes custodias. Todos terminaron mal. Uno asesinó a su esposa embarazada cuando descubrió que la tenía guardada en un altillo, otro se accidentó y desfiguró. Solo una niña  que jugó con ella, llamándola Poupée se salvó. Su padre la había escondido en su casa y ella la descubrió. Era su muñeca preferida. Evita no tenía paz, pero los destinatarios de su odio eran los hombres, no los niños.

Finalmente, intervino el Vaticano y fue llevada a Italia donde fue sepultada con el nombre de María Maggi de Magistris, en el cementerio Mayor de Milán en mayo de 1957.

Recién en el año 1971 le fueron devueltos los restos a Perón en su residencia de Puerta de Hierro en Madrid. Estaba presente Isabel Martínez, su tercera esposa, y el Dr. Ara, entre otros. Todo fue filmado y debidamente documentado para tener la certeza de que el cuerpo pertenecía realmente a Eva Duarte.

Perón pudo volver al país y gobernarlo por tercera vez, hasta su muerte el 1 de julio de 1974. Su mujer, vicepresidente, lo sucedió en el cargo. El país era un caos. El cadáver de Evita fue repatriado y convivió un tiempo con el de Perón en la residencia de Olivos, en Buenos Aires.

Pero, desde que estaban en España, una sombra maléfica venía ejerciendo una influencia importante sobre el líder argentino y su mujer.

José López Rega, un hombre sin instrucción y formado en macumba, umbanda y candomblé en Brasil, se unió a ellos guiándolos como un Rasputín. Lo llamaban el Monje Negro de Juan Domingo Perón. Ya en Argentina, formó parte del gobierno con el cargo de Ministro de Bienestar Social. Pertenecía a la Logia Propaganda Due, y organizó la Asociación Anticomunista Argentina, de extrema derecha (AAA), para combatir a Montoneros y otras organizaciones revolucionarias de izquierda de las que Perón se había servido para que lo apoyaran al regresar al país.

Al morir Perón, el Brujo era casi un Primer Ministro. Isabel, descontrolada, se lo quería sacar de encima pero no tenía como contener la insurrección. López Rega nombró a un nuevo ministro de economía, Celestino Rodrigo, para que con un súper shock lograra con el tiempo frenar la inflación. El pueblo reaccionó con violencia al extremo ajuste. El  Rodrigazo pasó a la historia. Era el principio del fin. El ministro renunció y  Patria fue golpeada salvajemente. Era el año 1976. López Rega huyó, acusado de asociación ilícita, secuestros y crímenes. Isabel destituida y puesta en prisión durante cinco años en la residencia de El Messidor.

El golpe militar casi termina con Patria. Fueron años de terrorismo de estado, desaparición de personas, una pesadilla inolvidable. Patria se hacía la inocente, la que no tenía nada que ver. Argentina potencia nuevamente, campeones del mundo del Mundial de fútbol 1978. Quería olvidarse del fantasma de Evita, de las brujerías del Monje Negro, al fin europeos y poderosos.

No salía de su asombro cuando se enteró de los lugares de detención, de los desaparecidos, del horror. Como tampoco había hecho nada con los grupos terroristas. El Brujo se encargaba. Dejó pasar el tiempo, volvió la democracia. Pero no hubo reconciliación. Así como para los descamisados Evita era su diosa, para los que la odiaban sería siempre la yegua. Hubo juicio a los militares en el primer gobierno democrático, pero las víctimas del terrorismo de estado no estuvieron conformes. Y la herida no se cierra. Patria no la quiere ver, pero esta división que la tiene partida en dos la está llevando a la muerte.

La profanación de cadáveres continuó. En junio de 1987, en plena democracia, un grupo entró al cementerio de la Chacarita donde estaba enterrado Perón, le amputaron las manos y se las llevaron junto con el sable. Se enviaron tres cartas a distintas autoridades pidiendo para su rescate una suma de ocho millones de dólares por deudas no cumplidas que Perón mantenía con ellos. Nunca se recuperó nada, ni se supo quienes fueron los responsables. La teoría con más fundamento parece ser la que lo asocia a una devolución de favores exigida por la Logia Propaganda Due. Se dice que su jefe, Lucio Gelli, colaboró para la entrega del cadáver de Evita. Cuando Perón era ya presidente, Gelli le pidió, en retribución, la representación comercial de Argentina en Europa, a lo que Perón respondió: “Nunca pagaría con los intereses de la Nación un favor personal. Me cortaría las manos antes de hacerlo.”

Esta película macabra pasa por la mente de Patria mientras agoniza. Le aconsejaron que acudiera a un brujo para salvarse y romper el maleficio. @mundiario