Solo me asiste la razón

Ilustración de la política española, con Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo como protagonistas. / Mundiario
Septiembre regresa con los mismos males que agosto dejó ardiendo: incendios, abandono del rural, pérdida de servicios y una política más pendiente de la propaganda que de lo esencial.

Me fui en agosto, para descanso de mis lectores, y vuelvo chamuscado. No solo por los incendios —que también—, sino por la sensación de que septiembre nos devuelve al mismo guion: problemas que se cronifican, promesas huecas y una clase política instalada en la propaganda mientras lo esencial sigue sin atenderse.

Llevo más de una década repitiendo lo obvio: que las Administraciones se ocupen de lo común y de lo imprescindible, y que nos dejen a los ciudadanos encargarnos de lo que sabemos hacer. Yo no puedo ir a desbrozar un monte, abrir un cortafuegos, coordinar una brigada o apagar un fuego; tampoco puedo operar en un hospital, impartir clase en un colegio o regular el tráfico. Eso es competencia del Estado y de sus instituciones que, para eso, cuentan con medios, profesionales y responsabilidades. Reforzar esa idea no es oportunismo de verano: es una convicción sostenida en el tiempo. Seguridad de las personas y de los bienes, educación, sanidad, infraestructuras… ahí están los cimientos de nuestro sistema de protección social. Ni un paso atrás. Si acaso, más y mejor.

Por eso indigna el doble discurso. Se nos llena la boca defendiendo el rural, alertando de que abandonarlo trae consecuencias nefastas —las estamos viendo—, y al mismo tiempo se sube de forma desproporcionada el IBI a quienes aún resistimos en él. ¿En qué quedamos? ¿Apostamos por el territorio o empujamos fuera a los pocos que lo sostienen con su vida y su trabajo? La coherencia no admite fianzas: o se está, o no se está.


También preocupa el deterioro silencioso que se cuela por las rendijas del día a día. Ahí están los recortes de conectividad y de oportunidades: un aeropuerto que pierde rutas internacionales justo cuando más necesitamos abrirnos al mundo; una comarca - el Salnés- que presume de tres albergues públicos para peregrinos y, sin embargo, no dispone de una sola cama UCI en su hospital comarcal, que en verano multiplica su demanda por el incremento de población. Hablamos de un destino turístico “sostenible” que ni siquiera cuenta, a día de hoy, con un cargador público para coches eléctricos. No es un anecdotario de agosto: son señales de alarma. El relato oficial dirá que “España va bien” y que “Galicia también”; yo creo que no. Lo que vemos son síntomas claros de una decadencia que se acelera si no ponemos freno y cordura.

La solución no es épica ni nueva: se llama priorizar. Priorizar lo básico frente a lo accesorio. Poner por delante la prevención y el mantenimiento —del monte, de los ríos, de las carreteras— frente a la inauguración con foto. Financiar lo imprescindible antes que multiplicar lo superfluo. Exigir gestión —de la que rinde cuentas— en vez de propaganda. Y, por supuesto, dejar de penalizar a quien arraiga y produce en el rural mientras se mantiene la ficción de que todo puede sostenerse desde un despacho.

No pido milagros: pido gobierno. Del que se nota cuando hay brigadas suficientes en invierno, cuando los centros de salud no colapsan en verano, cuando una ruta no se pierde por falta de previsión, cuando los impuestos que pagamos vuelven a lo común en forma de servicios y protección real. Si Administraciones, políticos y ciudadanos no asumimos cada cual nuestra parte, acabaremos dilapidando lo que generaciones levantaron a pulso. Y entonces, cuando vuelvan a arder los montes, a vaciarse los pueblos o a cerrarse rutas, no valdrá el “nadie lo vio venir”. Porque sí lo vimos. Y porque, en este punto, solo me asiste la razón. @mundiario