Plato del día

Sánchez vuelve a una Valencia de Blasco Ibáñez entre Cañas y Barro

Después de reincidentes visitas de los Reyes, tras un acogedor recibimiento de las víctimas en Bruselas, con Mazón como un sparring que se ha ganado a pulso estar grogui perdido en la lona política, mediática y sociológica, Pedro Sánchez regresa a Valencia a ver que puede hacer paellas, o sea, para las víctimas, o a ver qué puede sacar paellos, o sea, para el PSOE.

¡Aquel Sánchez de incógnito...!
¡Aquel Sánchez de incógnito...!

Ha vuelto Pedro Sánchez, madre, a donde le esperaban desde hace meses, tras haberlo invitado amablemente a salir por piernas. A volver a por uvas o a por votos, ¡vete tú a saber!, a ese pedazo de España en el que, la ira justificada, el dolor desconsolado sin fecha de caducidad, los doscientos y pico ahogados en un inaudito mar que surgió como del rayo en plena tierra seca valenciana, los vivos que lloran a sus muertos, que añoran sus  casas, que han perdido sus negocios y esperan y desesperan al ritmo del maná prometido de los fondos de reconstrucción que llegan a cuentagotas, se van cansando de maldecir el nombre de un tal Mazón en vano, que ni estuvo, ni está, ni existe el mínimo indicio de que se le pueda esperar.

Ha vuelto Pedro Sánchez a Valencia, verás, tras haber calibrado el nivel de cansancio de los paisanos de Vicente Blasco Ibáñez (cuyas obras, La Barraca, Cañas y Barro, Los cuatro Jinetes del Apocalipsis y así, se han puesto de rabiosa y dramática actualidad), convencido, por sus asesores de Moncloa, de que el Ninot del President de la Generalitat, más quemado que la moto de un hippy, le puede permitir ahora caminar sobre las aguas turbulentas de una Dana erigido en un Mesías prometido. Y puede que tenga razón, hombre, porque los caminos de la opinión pública y publicada son inescrutables; porque a falta de pan buenas son tortas; y porque el número y la intensidad  de tortas que le han dado durante meses al sparring por antonomasia, noqueado y bien noqueado sobre el ring sociológico, mediático y político de esa tragedia humana, le pueden permitir al señor Presidente del Gobierno del Estado español plantarse en El Levante con un pan y la sal debajo del brazo.

Escribo esto la mañana en la que el Presidente no ha iniciado todavía su peregrinación al País Valenciano (no sé si en coche oficial o en Falcón, claro), y quizá mañana tenga que desdecirme de todo lo que ahora mismo me sugiere este movimiento de ajedrez de un partido de gobierno, con tantos peones investigados, oye, y, curiosamente, al reflujo de una Europa con más reflejos que se le ha adelantado en promover que la montaña de damnificados acudiese a Bruselas y deja ahora en evidencia a un Mahoma que acude a la montaña con retraso.

Bueno, ¿y a qué viene todo esto?, se preguntarán ustedes. Pues viene, verán, al hecho de que donde hay patrón no manda marinero; que donde hay Estado, no se puede dejar un drama humano en manos de un mediocre maquinista autonómico; que si se puede moderar la Constitución, los Estatutos, en Cataluña o en Euskadi, tampoco es cuestión de ponerse escrupuloso cuando la Comunidad Valenciana lanza un SOS.

No sé como volverá Pedro Sánchez de Valencia, tras haber pronunciado un sermón de bienaventuranzas en un territorio tan desventurado, oye. Lo que me temo es cómo se quedarán los valencianos, si ocurre lo que suele ocurrir en este país en el que suele dar en el clavo el refranero: pasado el día, pasada la romería… @mundiario

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