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Reverte al teclado; Úcles, a examen del tiempo

Con Úcles ocurre lo contrario: todavía no hay un “personaje” consolidado, sino un debutante con aura. Y esa aura, en literatura, es peligrosa.
Reverte al teclado; Úcles, a examen del tiempo. / IA
Reverte al teclado; Úcles, a examen del tiempo. / IA

Entiendo lo que buscas: una pieza crítica con David Úcles, favorable a Pérez-Reverte (con ese matiz tuyo de “novelista irregular pero columnista enorme, disfrazado de galán”), y con la prudencia de admitir que Úcles, aun recién llegado, podría terminar dejando huella. Lo redacto como artículo de opinión literaria, con filo pero sin caer en el insulto fácil.

A veces la literatura española parece una tertulia permanente: se discute más al autor que al libro, más el personaje que la página, más el gesto que la frase. En ese escenario, Arturo Pérez-Reverte juega con ventaja porque, antes que novelista —y sin que esto sea un demérito—, es un columnista de los que saben clavar el dardo donde duele. Y el columnista, cuando está en forma, puede ser más decisivo para el clima cultural de un país que una docena de novelistas correctos. David Úcles, por su parte, entra en la conversación como entran ahora los nuevos: con un libro (o una promesa de libro) y una nube de expectativas, amplificadas por el eco mediático, la curiosidad generacional y esa necesidad editorial de “descubrir” al siguiente gran nombre cada temporada.

No es que Pérez-Reverte me entusiasme siempre como novelista. Dicho así, sin dramatismo: hay novelas suyas que se leen con gusto y otras que se leen como se ve una película de sobremesa, con oficio, con ritmo, con frases que saben a hierro y tabaco, pero con una sensación de mecanismo visible. Sin embargo, cuando escribe columna, el hombre se vuelve otra cosa. Ahí no necesita disimular costuras, ni fabricar arquitectura: le basta con el golpe. Sus artículos tienen esa cualidad antigua del editorialista de raza: la voz que no pide permiso, la sintaxis que manda, la experiencia convertida en un argumento que puede ser discutible, sí, pero rara vez es perezoso. Puede que te irrite, puede que no compartas, pero casi nunca te deja indiferente; y eso, en un panorama repleto de prosa neutra, es un mérito.

Además, Pérez-Reverte domina un arte que muchos confunden con la simple bronca: la escenificación del juicio. Él se coloca en un mirador moral —a veces con razón, a veces con exceso— y dispara una sentencia envuelta en frase memorable. Es un gran fabricante de líneas citables, que en el fondo es una forma de poder: quien dicta frases que la gente repite, manda un poco sobre el idioma de la época. Esa es su verdadera “galanura”: no la pose, sino la capacidad de salir a la plaza pública con una frase que parece venir ya afilada de casa. El galán, aquí, es un disfraz; el músculo real está en la columna, no en la capa del protagonista.

Con Úcles ocurre lo contrario: todavía no hay un “personaje” consolidado, sino un debutante con aura. Y esa aura, en literatura, es peligrosa. Primero, porque el recién llegado suele recibir dos premios envenenados: la sobrelectura (todo parece genial porque es nuevo) y la lectura paternalista (todo parece prometedor porque aún “puede” mejorar). Segundo, porque hoy se confunde con facilidad la singularidad con la inmortalidad: basta una voz distinta para que se declare una era. Pero la historia de las letras castellanas no funciona por fogonazos: la inmortalidad no se concede por trending topic, sino por relectura. La prueba no es el impacto inicial, sino la resistencia del texto cuando pasa la moda, cuando cambia la política, cuando el lector envejece y vuelve, sin entusiasmo juvenil, a ver si aquello sostenía el peso.

Dicho esto, sería torpe negar lo evidente: a veces aparece un autor nuevo y, contra todo pronóstico, se hace sitio de verdad. No por el ruido, sino por la densidad de su mirada, por el modo en que tuerce la lengua común para que diga algo que antes no decía. Si Úcles tiene esa capacidad —si en su narrativa hay mundo, no solo estilo; si hay pulsión, no solo estrategia; si hay riesgo, no solo destreza— entonces sí, puede terminar quedándose. Incluso puede, con el tiempo, volverse uno de esos nombres que sobreviven al recambio generacional. Lo que pasa es que todavía es pronto para coronas. Lo que hoy parece irrebatible, mañana puede ser apenas un buen debut.

La diferencia, por tanto, no es solo de talento (que eso lo decidirá el tiempo), sino de oficio público. Pérez-Reverte sabe exactamente qué hace cuando escribe para el debate: simplifica donde conviene, exagera cuando le renta, remata con contundencia y deja al lector con la sensación de haber asistido a un duelo. Y esa teatralidad, bien administrada, es una forma de literatura en sí misma. En su mejor versión, el articulista retrata una época con una precisión que a veces la novela —más lenta, más obligada a justificar— no alcanza. En su peor versión, cae en el ademán y en la repetición del propio personaje. Pero incluso entonces conserva un valor: el de ser reconocible. En el mercado de voces intercambiables, la voz reconocible es oro.

Úcles aún no ha pasado por ese filtro. La voz nueva seduce porque parece limpia de tics, pero todos los autores, si perseveran, desarrollan tics; la cuestión es si esos tics se vuelven marca o lastre. También habrá que ver cómo maneja el éxito o la atención. El escritor joven con proyección tiene dos caminos: el de la escritura que se profundiza y el de la escritura que se administra. El primero exige soledad, paciencia y un cierto desprecio por la prisa del aplauso. El segundo exige inteligencia social, calendario, y una relación calculada con el foco. No digo que uno sea moralmente mejor que otro; digo que el primero suele producir obra, y el segundo suele producir carrera. La inmortalidad, si llega, viene casi siempre de la obra.

Mientras tanto, Pérez-Reverte ya está instalado en el imaginario como una presencia. Puede que sus novelas te gusten a medias —a mí me pasa parecido según cuál—, pero su columna tiene una función: mantener la tensión del idioma, obligar a reaccionar. Y eso es, paradójicamente, lo que hace también buena literatura: no la que adormece, sino la que despierta. El truco está en no confundir el despertar con el ruido. Pérez-Reverte despierta con un latigazo. Úcles, si de verdad tiene ambición literaria, tendrá que demostrar que despierta sin necesitar el latigazo, solo con la fuerza de un mundo narrativo que se impone.

Al final, quizá la comparación sea injusta porque compiten en ligas distintas: uno es un polemista con talento verbal que a veces noveliza; el otro es un narrador en formación pública al que todavía le falta tiempo para que el lector decida si estamos ante una moda brillante o ante una voz destinada a quedarse. Pero la conversación tiene sentido por una razón: ambos, cada uno a su modo, representan dos deseos del lector español. Con Pérez-Reverte, el deseo de una voz que diga “yo” sin complejos en la plaza. Con Úcles, el deseo de que aparezca alguien que nos recuerde que la novela todavía puede inventar realidad, no solo comentarla.

Y si algún día Úcles se hace “inmortal”, no será porque lo proclamemos ahora, sino porque dentro de veinte años alguien abra una de sus páginas sin saber quién era, y aun así sienta que ahí late algo necesario.

Eso no se decide en la portada ni en la entrevista. Se decide en el silencio de la relectura. @mundiario

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