¿Reverdece el final de la República de Weimar?
Esta ciudad alemana, donde está ubicada la casa museo de Goethe, el Museo de la Bauhaus y otras realizaciones de este movimiento después del manifiesto de Walter Gropius en 1919, es conocida en la historia reciente europea por haber sido la sede de la Asamblea constituyente que, ese mismo año, derrotado el imperio prusiano en la IGM, fundamentó el sistema democrático alemán. Esa Constitución estuvo vigente desde el 31 de julio en que fue aprobada, hasta que, tras las elecciones del 05.03.1933, se instauró el Tercer Reich.
Weimarer Republik
Ese breve período, rico en creaciones culturales y artísticas, , nació en gran medida condicionado por las obligaciones que el Pacto de Versalles impuso, y concluyó tras el ascenso –formalmente democrático- de Hitler al poder. Aquella constitución, vaciada de contenidos democráticos reales, siguió existiendo hasta ser derogada en 1945, después de que los nazis perdieron la II GM. En los catorce años en que había servido de marco de convivencia, Alemania tuvo fuertes crisis económicas, entre ellas la repercusión de la gran crisis del 29 en EEU en forma de hiperinflación y una enorme inestabilidad social y política en toda la etapa. De ahí viene que, cuando hablan en público los líderes de la versión derechista de la política española y, mejor todavía, cuando les acompañan los de la versión más ultra o sus epígonos en los gobiernos a que han accedido, recuerden mucho la agonía de la Republica de Weimar. Las alianzas y programas de gobierno que ambos sectores políticos han acordado para ayuntamientos y comunidades convierte esta situación preelectoral en souvenir de episodios y escenas por los que pasó aquella débil etapa alemana.
Desde las elecciones federales de 1930, en que el partido nacionalsocialista alcanzó el segunda puesto, mientras los socialdemócratas y comunistas empezaron a ser acosados, calumniados, perseguidos y aislados, las disidencias de algunos políticos de centro y los acomodos de otros lograron, después del incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, que, sin un Parlamento empoderado, la República de Weimar dejara de existir. Hitler dispuso entonces del aparato del Estado para establecer su dictadura: cuanto sonara a justicia, humanidad y libertad –o a los derechos naturales que se habían proclamado para el ciudadano en 1789-, dejó de existir. Los decretos que en adelante saldrían del nuevo gobierno son bien conocidos; sus efectos también, incluidos los que, de modo directo e indirecto ayudaron al golpe de Estado en la España de 1936 y a la Guerra que siguió. Algunos de sus efectos perduran en la España actual, y no solo en formato de negación de la memoria histórica. En la historiografía más prestigiada, fue el verdadero prólogo de la IIGM: aquí se ensayaron motivos, armas y tácticas relevantes de lo que depararía un conflicto mundial, en que se estima hubo 50 millones de muertos. Campos de concentración y trabajos esclavos, persecuciones y depuraciones de los no afectos y, entre otras cosas, destrucciones masivas de poblaciones y ciudades enteras, se iniciaron en España también. Esto dejaron tras sí las combinaciones de alianzas que, después de 1930 y sobre todo entre 1932 y 1933, transfirieron todo el poder de la democracia a Adolfo Hitler.
Preelectoralismo extraño
Las expectativas electorales están trufadas de similitudes, y lo recientemente visto y oído no las desmiente. Feijóo acaba de decir que no va a “renunciar a conseguir un gobierno en solitario”, e incitó a los votantes de Vox a no poner “intermediarios en el gobierno”. En Cataluña, pronosticó el fin del “sanchismo” y, de paso, las que llamó “cacicadas” de los indultos y acercamientos de presos del “procés”. Ante las dudosas previsiones del 23 de julio, era una apelación al voto masivo, pero su aspiración es gobernar en solitario. Sin embargo, inseguro de poder alcanzar los 176 escaños de la mayoría absoluta, por si no lograra “la mayoría suficiente”, no ha dudado en asegurar que vería “lógico” gobernar con Vox y aceptar ministros de esa tendencia en su gobierno.
Sin tener en cuenta los tejemanejes de estos días en autonomías y ayuntamientos, ni los efectos que ya ocasionan con disposiciones que limitan la pluralidad democrática, la configuración física de su pueblo de Peares lo animó a establecer una metáfora pontifical: si llegara a la Presidencia, trataría de “ unir, lograr acuerdos y tender puentes” en la solución de problemas” como “la despoblación” y el “envejecimiento”. Esa comarca de su infancia y gran parte de la provincia de Ourense contradicen, sin embargo, los oportunismos verbales; el propio Alberto, desde que emigró a León para desarrollar las competencias con que hubiera nacido, ejemplifica la tendencia seguida por muchos otros niños de aldea desde hace más de setenta años. Cicerón decía que “ignorar lo que ha ocurrido antes de nacer es ser siempre niño”, y que la vida del hombre no es nada ”si no enlaza con la memoria de nuestros antepasados” (De Oratore, 121)
El pasado no cambia, pero para que no se repitan situaciones como las que hicieron caer la Constitución de Weimar es el momento de no olvidar cómo hemos construido la identidad de votantes e ir más seguros. Quienes no quieran jurar en falso que la historia se repite, no deben estorbar con su voto los códigos que cobijan las libertades de todos. Es un oxímoron hablar de ellas retóricamente mientras, en las políticas cotidianas, se actúa como si no hubiera carencias y recortando recursos a quienes más precisan solucionarlas; en tales casos, la “libertad”, por mucho que la invoquen aventajados gestores del esfuerzo ajeno, es pura distopía. Justo cuando a la República de Weimar le dieron el golpe de gracia, John Dewey advirtió, en Libertad y Cultura, que el riesgo para la democracia fuera de Alemania no estaba en el totalitarismo alemán, sino “en nuestras actitudes personales y en nuestras propias instituciones”, donde había factores que en otras partes habían otorgado la victoria a una “autoridad exterior y habían estructurado la disciplina, la uniformidad y la confianza en el líder”. Dos años después, en 1941, para Erich Fromm lo acontecido había sido producido por El miedo a la libertad. Las elecciones del 23 de julio son ocasión para no tropezar en la misma piedra. Para renovar la esperanza en una libertad que posibilite la convivencia plural, lo más innovador no es repetir el destino de Sísifo como un castigo, sino hacer bien las cosas. @mundiario


