Realismo mágico del fuego, el humo y la gestión del medio
Primero, fue Bendodo llamando “pirómana” a una señora de Protección Civil, pendiente de las crecientes demandas de auxilio. Luego, vino Feijóo con su propuesta de que el Ejército estuviera a disposición de las Autonomías; entre sus medidas de cartón, el registro de pirómanos era la estrella de unos remedios que no había ejercitado en la Xunta. Y enseguida vinieron los coros angélicos de los distintos círculos celestiales. Unos, en la estela de la no responsabilidad porque el culpable era el Gobierno central, y mostrando los otros que habían estado ahí, con más medios que nunca mientras la mayoría de dirigentes de las Comunidades, celosos de su poder territorial, no se ocupaban de la eficiencia del ejercicio de sus competencias. Entre tanto ruido, voces como la de Ana Belén Pontón advirtieron de la nulidad de la mentira en política, mientras Margarita Robles desmontó, falacias sobre los medios de todos para atender tanta demanda de ayuda en los aciagos días de crisis. Personas capaces de analizar sin trampas el desastre producido han intentado entretanto que entendiéramos lo acontecido y que, de no prestarle atención, volvería a repetirse cada vez más virulentamente. Antonio Turiel y Alfonso Fernández Manso merecen especial crédito, tanto por divulgar las características que, desde la mirada científica, tiene ese espacio ecológico, como por las que confluyen, relativas al calentamiento global que. Su saber ilumina las causas que han concurrido en que en apenas tres semanas 400.000 Has. de territorio de todos hayan sido arrasadas por el fuego.
En el fragor del debate político de si eran galgos o podencos los responsables de tanto desmadre se inició, igual que en otros desafortunados acontecimientos, la búsqueda de culpables coyunturales. Aparecieron más incendiarios que otras veces, se evaluó con más insistencia la cantidad de medios disponibles y reaparecieron demandas estructurales inatendidas. Bomberos de distintas categorías y dependencias laborales –públicas y privadas, concertadas y voluntarias, autonómicas y estatales, mostraron sus carencias organizativas y salariales, crecientemente deficitarias en la medida en que las dimensiones de los incendios actuales superan ampliamente los de generaciones anteriores. De todos modos, en el presentismo del lamento que hasta Felipe VI expresó al llegar a San Martín de Castañeda, se echa en falta una mayor atención a una buena lectura de lo que el paisaje calcinado muestra si no se alteran sus renglones interesadamente.
Como en tantos otras asuntos en que la memoria falla o se la obliga a que no recuerde, en el cambiante paisaje rural juega un papel determinante un proceso de más de setenta años de migraciones de la población. Este éxodo rural ha modificado extensas zonas del paisaje que, anteriormente, estaban configuradas en formato de damero bien cultivado. Ese “lugar ameno” del pasado – de que hablaban con nostalgia en el Renacimiento, y reiteraron los pintores de la saudade y la morriña todavía en tiempos bien cercanos- ha devenido poco a poco en verduscos parajes de uniformidad, en que el arbolado y el sotobosque se trenzan invadiendo espacios ahora incultos. Hay zonas de antiguos minifundios en que, cuando no desaparecen bajo la vegetación las propias aldeas, ya casi apenas se ven los núcleos poblacionales y algunas personas mayores.
Cien años de soledad
Entre tanto tratamiento tecnocrático administrativista, apenas se presta atención a esta mengua poblacional que las casas rurales de vacaciones no compensan; y fiar a los propietarios de los terrenos una limpieza de parcelas que muchas veces ni saben que tienen, es seguir dejando el paisajismo de estas áreas –predominantes sobre todo en Galicia- propicio a que, al año que viene, haya su inflamabilidad sea idéntica o mayor. Sería cosa de magia que sucediera de otro modo, pero no basta con guiarse por las leyes que rigen los cuentos de hadas para hacer frente a situaciones cada vez más problemáticas. Las moralejas de lo que nos contaban de pequeños pretendían enseñarnos comportamientos morales, pero no que entendiéramos las leyes de la Naturaleza. Ahora bien, si seguimos creyendo en la existencia de milagros a conveniencia de la pereza mental, es evidente que estos incendios recurrentes –ahora de sexta generación- seguirán existiendo. Si el monte arde porque está embrujado –y no porque no tiene quien lo cuide- bastará con seguir haciendo lo mismo que no se hace para que, si llueve, se apague todo y volvamos a empezar el proceso del año que viene. El ensalmo, el hechizo o encantamiento es que la naturaleza sigue su curso. En sentido contrario, también lo es que los político que tenemos se desculpabilicen de lo que dejan de hacer porque es complicado, mientras la ciudadanía sigue haciendo lo que puede, que más bien es nada ante este tipo de incendios de hace ya unos años.
Hay una evidencia irrefutable: la naturaleza y sus incendios han estado siempre ahí. Si ahora son más violentos y crecen sus daños sobre zonas antes más habitadas, es porque sus pobladores, antes tan activos para que el medio les facilitara la subsistencia no cesaban en su interacción directa o mediante animales que les ayudaban a domesticarlo como terrazgo, monte, huerta o pradería. Las leyes de propiedad de esos espacios siguen controlándolos como cuando había superpoblación y abundaba mano de obra para subsistir, aunque fuera con parcelas minifundistas. Si no se cambia esa normativa para favorecer otras formas estables de gestión y aprovechamiento, de poco valdrán muchos de los proyectos de gestión que se están subiendo a los Boletines oficiales, y en el fondo, de poco vale lograr apagarlos en agosto. En gran parte del territorio incendiado este año, los focos principales han sido reiterativos; hay tramos de la A-52, por ejemplo, en que es raro el año en que no haya habido episodios de cortes de tráfico como los de hace unos días.
El poco tiempo transcurrido entre una España eminentemente rural y la ahora muy urbanizada parece no haber propiciado entender una naturaleza que no funciona romantizada como propiciaba un mal leído Richard Seymour. Cien años de Soledad relató García Márquez, desengañado de quienes hablaban de Macondo sin haberlo vivido; los descendientes de Aureliano Buendía – el que recordaba “aquella tarde lejana en que su padre le había llevado a descubrir el hielo”- no debían dejarse llevar por historias mal contadas. @mundiario


