¿Quién va a revertir esta situación?

La pregunta ya no es ideológica ni retórica, es estrictamente práctica: ¿quién va a revertir una dinámica que asfixia a la economía productiva mientras la administración actúa como si nada ocurriera?
Imagen de un negocio. / Pixabay.
Imagen de un negocio. / Pixabay.

Últimamente, no sé si es cosa del algoritmo —ese que una vez te detecta ya no te suelta—, pero a mí mismo no dejan de llegarme mensajes en la misma dirección. Notificaciones y correos que preguntan si me he dado de alta en tal registro, si he cubierto tal formulario, si he cumplido con una u otra obligación administrativa. Cambia el formato, pero el fondo es siempre el mismo: cumpla o aténgase a las consecuencias.

Lo que ni el algoritmo ni las administraciones que están detrás de estas exigencias parecen tener en cuenta es el contexto real en el que se desarrolla la actividad de quien las recibe. Porque cumplir no es gratis. Y porque no siempre se puede trabajar.

Este comienzo de año está siendo absolutamente inusual. Un tren de borrascas encadenadas ha golpeado de lleno a la economía productiva. No es solo que la gente no viaje —entre otras cosas, porque ya ni siquiera tiene la certeza de llegar a su destino—, es que en muchos casos apenas se sale de casa. Cancelaciones de reservas en hoteles, restaurantes con comedores semivacíos, turismo rural paralizado.

En el campo, terrenos anegados y cultivos dañados que comprometen cosechas futuras. En el mar, una realidad doble: por un lado, semanas sin poder salir a faenar; por otro, el marisqueo gravemente afectado por el exceso de agua dulce en rías y viveros, con episodios de mortandad prácticamente total de los bivalvos. No es mala gestión: son límites naturales.

A todo ello se suma una logística deficiente. Incidencias ferroviarias, anulaciones, viajeros dejados tirados sin alternativas, desplazamientos que no se producen. Cuando moverse es un problema, el consumo se resiente y la actividad se enfría. Lo estamos viendo.

Y, sin embargo, para quien recauda, todo sigue igual. Impuestos, cuotas, pagos mensuales, gastos fijos y una presión fiscal que se ha incrementado notablemente en los últimos años, junto con un aluvión creciente de obligaciones administrativas y digitales que hay que asumir haya ingresos o no. Para la administración, este invierno es igual que cualquier otro.

Por eso la pregunta ya no es retórica. Acabamos de vivir una contienda autonómica. En breve vendrá otra. Después llegarán las elecciones generales. Y la sociedad, especialmente quien sostiene la economía productiva, quiere saber qué va a cambiar exactamente.

No se trata de proclamas ni de discursos vagos. Se trata de concreción. De saber quién está dispuesto a revertir, con pelos y señales, lo que hoy está lastrando la competitividad del país.

Qué impuestos se van a bajar y cuáles.

Qué obligaciones se van a eliminar, no a revisar.

Qué normas no se van a aprobar.

Qué capas administrativas se van a desmontar.

¿Se elimina el registro obligatorio?

¿Se elimina Verifactu?

¿Se suprimen exigencias que hoy no aportan productividad, pero sí costes?

Porque hoy la gente ya no compra grandes relatos. Compra certezas. Aunque sean pocas, pero reales. Y cada vez más vota a quien demuestra tener las ideas claras, no a quien promete estudiarlas.

Si no se devuelve oxígeno a la economía productiva, no habrá competitividad posible ni progreso sostenible. Muchos negocios están resistiendo solo gracias a la voluntad de sus propietarios y a un colchón financiero cada vez más fino. Cuando eso se acaba, no hay discurso que lo arregle.

El invierno está siendo duro. Pero si no se toman decisiones claras, la primavera puede ser todavía peor. Y entonces no hablaremos de adaptación, sino de cierres.

Eso sí que sería una auténtica tragedia. @mundiario

Comentarios