Opúsculos privados

Poderes separados, resultados mezclados

Álvaro García Ortiz, fiscal general del Estado ante la AIAMP. / Ministerio Público
Resulta que el Tribunal Supremo decide condenar al Fiscal General del Estado, pero con la particularidad, sutil y elegante, de no tener una sentencia por escrito cuando anuncia el fallo. Así, de sopetón.

La confianza en los tres poderes es ese mito fundacional que sirve para tranquilizarnos, como el hilo dental o las pirámides nutricionales. Nadie conoce a nadie que los haya visto funcionar en perfecta armonía, pero todos juran que existen y que lo del equilibrio entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial es sagrado. Bueno, más que sagrado, es un dogma para ingenuos o para quien aún cree que la lotería de Navidad toca por méritos personales.

El Judicial, el poder que se supone ajeno a fragores políticos y ajedrez partidista, se ha tomado últimamente unas licencias propias del teatro del absurdo. Resulta que el Tribunal Supremo decide condenar al Fiscal General del Estado, pero con la particularidad, sutil y elegante, de no tener una sentencia por escrito cuando anuncia el fallo. Así, de sopetón. Lo mismo que tu vecino te cuenta en el ascensor que va a dejar de fumar este lunes, pero sin planes de decirte cómo ni cuándo. Ni el mismísimo Houdini habría logrado una desaparición más aparatosa: ¡La sentencia no existe!

Es de locos, sí, y dan ganas de pensar que los magistrados llevan siglos perfeccionando sus trucos de prestidigitación jurídica. En vez de saco y chistera, usan la toga y la solemnidad televisada. Nada de papeles, ni fundamentos de derecho. Lo importante es comunicar la decisión primero, que la justicia no es ciega, pero sí suficientemente rápida como para saltarse el trámite de justificar lo que decide. Y luego dicen que la improvisación es patrimonio de las fiestas populares.

Que el Fiscal General no dimitiera hasta que media España pudo leer el fallo; no obstante, ni rastro de la sentencia; es, sinceramente, lo más sensato que pudo hacer. A ver quién le pone el cascabel al gato antes de tener la confirmación negra sobre blanco.

No olvidemos que en este país dimitir antes de que te eche el BOE es una rareza evolutiva, un gesto subversivo de esos que solo acaban mal. Con la inventiva jurídica que reina, igual hasta te condenan por presentimiento temerario.

Se habla mucho del escándalo de la filtración, pero más escándalo es el ritual de la justicia anunciada a bombo y platillo y montada sobre el vacío. Los progresistas braman que el tribunal está politizado, los conservadores aplauden la firmeza, y hasta los indiferentes bostezan ante los debates bizantinos sobre el sentido de los votos particulares. La división es absoluta, y la única certeza es que a la Justicia se le está yendo el sentido del ridículo.

Causa bochorno comprobar cómo la prensa y la opinión pública se alimentan de filtraciones y rumores como si fueran dogma. Aquí la verdad judicial sale en nota de prensa, se tuitea, se comenta en tertulias, y la sentencia, bueno, la sentencia igual algún día sale, cuando ya esté rancia y nadie se acuerde del titular. El Fiscal General, mientras tanto, aguantando el tipo y el chaparrón, porque la dignidad no se entrega por correo certificado.

No se trata solo de la torpeza del momento, sino de una fatiga crónica de instituciones. La independencia judicial hace tiempo que se perdió en algún trámite de plaza, extraviada entre los egos y las cuotas de partido. Que nadie se extrañe si la fe ciudadana en los tres poderes está más en saldo que nunca, y solo la usan quienes gozan de buena salud cínica y una alergia profunda a los cuentos para adultos.

Es triste, aunque resulta melodramático, ver cómo los alardes de supuesta independencia solo sirven, en la práctica, para montar espectáculos de fuegos artificiales legales. Nada de procesos claros, todo en diferido, con suspense y gota a gota informativo. Si a Montesquieu le hubieran contado esto, pide la baja por depresión.

En el fondo, creo que los tres poderes no se los creen ni en las cenas de empresa. El Ejecutivo va a lo suyo, el Legislativo legisla a tiempo parcial viendo encuestas, y el Judicial, transformado en el epítome de la posverdad, decide cuándo y cómo condena, y si eso ya contará los detalles otro día. Todo un ejemplo de modernidad líquida, solo que aquí lo que se diluye es la paciencia.

Dirán que exagero. Que no se puede juzgar todo un sistema por el desliz de una sentencia que nadie ha visto. Pero es que lo insólito no es la excepción, sino la nueva costumbre. Y uno termina pensando que tal vez los tres poderes existan de verdad, pero solo para cubrirse unos a otros la espalda y evitar el bochorno común. El ciudadano, mientras tanto, observa, descree y —si tiene suerte— ironiza.

Por eso, tras ver cómo la justificación teórica se queda en el limbo y la práctica judicial en la rumorología, no puedo ni siquiera fingir fe en el equilibrio institucional. El Fiscal General hizo bien en no dimitir hasta que hubo un fallo publicitado. ¿Acaso alguien debería dejar su puesto porque se ha filtrado un “ya veremos en el futuro”? Eso es como dimitir porque el horóscopo te salió desfavorable.

En resumen, la comedia de los tres poderes ya ni provoca risa: provoca un leve sonrojo y muchas ganas de desconfiar. Si algún día ponen por escrito esa famosa sentencia, prometo leerla… aunque ya nadie se acuerde del motivo.

Pues, menos mal que yo me bajo en la próxima. @mundiario