Plan de paz de Trump y Netanyahu para Gaza con rendición de Hamás y tutela internacional
Donald Trump ha vuelto a colocarse en el centro de la política internacional con un plan de 20 puntos para Gaza que, según sus palabras, sitúa al conflicto “muy, muy cerca” de una salida. Junto a Benjamín Netanyahu, el presidente de Estados Unidos presentó un proyecto que combina alto el fuego, liberación de rehenes, salida segura para los dirigentes de Hamás y la creación de un Gobierno de transición con fuerte intervención externa. Un guion ambicioso, pero cargado de interrogantes.
El primer obstáculo es político. Hamás asegura que ni siquiera ha recibido formalmente la propuesta y ya rechaza algunos de sus apartados. El propio Trump lanzó un aviso contundente: si la milicia no acepta, Israel contará con su apoyo “para terminar la tarea de destruirles”. Es decir, paz negociada o victoria militar israelí con cobertura de Washington. Una disyuntiva que poco tiene de simétrica y que difícilmente puede interpretarse como un terreno común para negociar.
El segundo obstáculo es jurídico. Gaza, como Cisjordania y Jerusalén Este, sigue siendo considerada territorio ocupado según el derecho internacional y múltiples resoluciones de la ONU. En ese marco, ni Estados Unidos ni Israel tienen mandato para instaurar un organismo de transición como el llamado “Consejo de la Paz” que propone Trump, presidido por él mismo y con la participación de Tony Blair, una figura vista con desconfianza por buena parte de los palestinos. Sin el aval del Consejo de Seguridad, el esquema recuerda más a un protectorado que a un acuerdo de paz legítimo.
Netanyahu, por su parte, aprovechó la ocasión para repetir argumentos que no resisten la verificación histórica. Volvió a exigir a la Autoridad Palestina que reconozca a Israel, cuando en realidad la OLP ya lo hizo en 1993, con los Acuerdos de Oslo. Lo que sigue pendiente es el reconocimiento del derecho palestino a un Estado propio, que Israel nunca ha asumido plenamente.
¿Una oportunidad?
El plan tiene, no obstante, elementos que responden a demandas urgentes: liberación de prisioneros, entrada masiva de ayuda humanitaria, reconstrucción de infraestructuras y una amnistía para militantes de Hamás que depongan las armas. También plantea un horizonte de desarrollo económico y eventual autodeterminación palestina. Son aspectos que podrían ser percibidos como una oportunidad si se gestionan con neutralidad internacional y no como una imposición tutelada.
Lo más llamativo de la comparecencia conjunta fue, sin embargo, lo que no se dijo. Trump no dedicó una palabra a las víctimas civiles de Gaza: más de 66.000 muertos en dos años de ofensiva israelí, la mayoría civiles, según datos de organismos internacionales y del propio ejército israelí. Tampoco mencionó a los más de 100.000 heridos, ni a la hambruna declarada en el norte de la Franja por Naciones Unidas. El silencio sobre el sufrimiento palestino mina la credibilidad de un plan que se presenta como humanitario.
Un acuerdo de paz duradero no puede construirse sobre exclusiones. Ni el olvido de las víctimas, ni la marginación de Naciones Unidas, ni la imposición de un protectorado son recetas viables para cerrar una herida de décadas. La seguridad de Israel y la reconstrucción de Gaza son metas legítimas, pero solo un marco multilateral, legalmente sólido y que reconozca las aspiraciones nacionales palestinas puede darles estabilidad.
El plan Trump-Netanyahu revela, más que una solución definitiva, un intento de imponer un relato: la paz bajo condiciones dictadas por las potencias y sin verdadero protagonismo palestino. Puede que logre detener las bombas durante un tiempo, pero difícilmente construirá la confianza necesaria para una paz duradera. @mundiario


