Perdone usted por dios: el programa de Feijóo

Sería una lamentable falta de inteligencia y de amor propio destruir todo lo positivo que estamos construyendo, y volver a los recortes, a los despidos baratos, al trabajo eventual e incierto, a los desahucios y a la senda de la miseria.
Marcha en Madrid a favor de la sanidad pública. / @EnfrmraSaturada.
Marcha en Madrid a favor de la sanidad pública. / @EnfrmraSaturada.

Bajo ese grito, en el fondo guerracivilista, que se inventó Núñez Feijóo de “derogar el sanchismo”, encierra él el bloque fundamental de su programa. Y lo llama así, por no darle el nombre que marca las consecuencias de su intento: “perdone usted por dios”, que era la forma antigua de despachar a un pobre con las manos vacías, tratando de tranquilizar la propia conciencia.

Pues sí. Aunque él mismo se ha dado cuenta del vacío programático de su consigna, y ha comenzado a dejar gotear promesas con la moral grouchomarxiana de “y tres huevos duros”, intentando ofrecer más que su contrincante principal, la derogación es algo puramente negativo; no construye ni ofrece a los españoles unas alternativas a los problemas concretos. Más bien es una amenaza de quitarles lo que en estos últimos años han ido construyendo el Gobierno y la mayoría en las Cortes Generales, y que tiene que ver con derechos sociales y laborales (con las consiguientes mejoras económicas y del bienestar físico y psicológico), y con los derechos civiles, con el reconocimiento de la igualdad, el derecho a una muerte digna asumida por su protagonista, o el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo, junto con el reconocimiento de la memoria democrática para que las víctimas de la dictadura franquista puedan encontrar la paz de ser tratados con la dignidad que se merece todo ser humano.

En realidad, la derogación del mal llamado “sanchismo” (un puro eslogan propagandístico) lo que augura a los pobres, a los trabajadores, y a la mayoría de la sociedad española (desde las clases medias para abajo) es un “perdone usted por dios”, pero no sólo no le voy a dar la limosna, sino que le voy a suprimir los derechos. Porque lo que él llama el sanchismo es el que ha subido el Salario Mínimo Interprofesional un 47%, ha incrementado la seguridad y estabilidad laboral con el crecimiento de los contratos fijos frente a los temporales, ha restablecido los convenios colectivos de sector, facilitando a infinidad de trabajadores que trabajan en pequeñas empresas (véase dependientes de comercio) la posibilidad de obtener unas remuneraciones y condiciones de trabajo similares a las de los trabajadores de empresas grandes.

Por no hablar del final de los falsos autónomos (una moderna forma de esclavitud), o de la revalorización de las pensiones, que hará que diez millones de pensionistas mantengan su poder adquisitivo, y la reforma de las mismas, que -con el visto bueno de Europa- garantiza la sostenibilidad, para que los cotizantes de hoy tengan la tranquilidad de que lo que cotizan no va a ser en vano. Eso sin contar con la contratación de personal sanitario, para reforzar la Sanidad Pública universal y gratuita, y otras muchas medidas que son las que han hecho saltar las alarmas de las derechas, para que se pongan a inventar lemas de campaña como ese de derogar el sanchismo.

Pues queridas y queridos amigos de la mayoría de la sociedad, afectados, y beneficiados por todas esas medidas, y por muchas más que podríamos enumerar: no se olviden que la eliminación de esas medidas podría hacernos recordar a cómo lo pasamos en la crisis de 2008: sin EREs, con recortes, con pensiones al 0,25% de incremento anual, con la reaparición de los falsos autónomos (el apáñese usted con su moto, o con sus medios, y páguese usted la Seguridad Social), con el deterioro de los servicios públicos: eso que en Madrid, por ejemplo, se ha convertido en la ley y la costumbre. Y si a esto le añadimos las alianzas con la extrema derecha, que ya ha comenzado a implantarse en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, nos llevará a la indefensión que genera la negación de la violencia machista, o de género, a la censura en la Educación, a acabar con la memoria democrática, rebajando la dignidad y la efectividad de nuestra convivencia democrática, a un retroceso en la igualdad conseguida entre hombres y mujeres, igual que al retroceso en la disminución de las desigualdades económicas entre ricos y pobres, que se ha producido en los últimos años.

Acuérdense de la crisis financiera y sus consecuencias, especialmente por las medidas antisociales que se adoptaron para afrontarla. Volveríamos a aquella España en blanco y negro si cayéramos en la trampa de limitarnos a apoyar la famosa derogación del sanchismo. Porque veríamos cómo una economía que está creciendo (los datos del primer trimestre de 2023 avalan el crecimiento del 2,3 que acaba de anunciar el Banco de España), y una expansión de las exportaciones, comenzarían a estancarse. Porque cuando se deja de dar pedales en la bicicleta, ésta se para y se cae.

Y esa caída es la que nos prometen con la derogación del “sanchismo”, disfrazada en que todo eso nos ha venido dado con el apoyo de los independentistas. Y sería muy triste que todos nosotros cayéramos en la trampa de tragarnos esa patraña. Porque nos la están vendiendo aquellos que en el País Vasco “han pactado con Txapote” cuantas veces lo han necesitado, sin el menor rubor: hasta el punto de aquella definición que Aznar hacía de ETA como “movimiento de liberación nacional”. Y aquellos que han pactado con los independentistas en Cataluña (Pujol no era más que un independentista, aparte de otras cosas: 3%, y el acopiador de una fortuna atribuida sin pruebas a su padre, don Florenci). Es decir: aquellos que han cometido los supuestos sacrilegios que le atribuyen a Pedro Sánchez.

Con una diferencia: las leyes y medidas que se han adoptado en los últimos cuatro años, con los votos de la mayoría de Las Cortes Generales, tienen un balance positivo de igualdad, justicia social y distributiva, mejora económica de los sectores más desfavorecidos, estabilidad económica y social. Algo que deberíamos facilitar que siga produciéndose y acrecentándose. Porque hemos visto que genera empleo (estamos con 20,8 millones de cotizantes a la Seguridad Social, y subiendo), que ha logrado el apoyo decidido de Europa. Y tenemos la obligación moral (y hasta el egoísmo bien entendido) de apoyar la continuidad de esas políticas, en lugar de aceptar el riesgo de caer en la trampa de quienes, hasta ahora, tienen un historial de recortes, de limitaciones y de censuras, que siempre perjudican a la mayoría de la sociedad.

No se fíen de quienes ni se atreven a debatir ante los ciudadanos, porque no tienen ni propuestas ni argumentos. No se fíen de quienes, por tradición, por clasismo y por ideología rancia y muchas veces regresiva, se han formado en el “perdone usted por dios”, en el negacionismo medioambiental, en el machismo, en la xenofobia y en la falta de solidaridad. España no es así, ni los españoles tampoco somos así. Y si alguna vez -como el pasado 28M- nos hemos dejado arrastrar por los eslóganes o por la indiferencia, ahí tenemos la debacle que hemos contribuido a generar. No pasemos: que nuestro voto es un arma cargada de futuro. De nuestro futuro. Y entre construir nuestro futuro y derogar las conquistas logradas que benefician a la mayoría, sería una lamentable falta de inteligencia y de amor propio que contribuyamos a la destrucción de todo lo positivo que estamos construyendo, para volver a los recortes, a los despidos baratos, al trabajo eventual e incierto, a los desahucios y a la senda que nos conduce a la miseria. @mundiario

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