Pecados originales y excusas

Una Biblia. / RR SS.
En todo relato, la cuestión es siempre el conocimiento que aporta; la supuesta información puede estar contaminada.

Los expertos no coinciden en la fecha, pero suelen dar por sentado que el primer libro de la Biblia fue escrito hacia el siglo XV a. C., muy probablemente cuando empezó a promulgarse la hierocracia hebrea.

Leyendo el Génesis

Sus primeros capítulos sirven de fundamento a un relato más amplio que abarca el origen de a humanidad y del mundo, con un discurso en que Yahvé es el origen de todo. Los humanos, obra suya y colaboradores en nombrar a otros seres vivos,  desobedecen la ley divina, caen en pecado y, como castigo, son expulsados del Edén. Sin duda, es uno de los relatos más célebres de la humanidad; sin ser original –pues hay otros, más antiguos-, combina un propósito de historia religiosa, con un Dios único actuando en la intrahistoria, y la intención de que las maneras narrativas acerquen esa idea teológica a las exigencias de su transmisión popular. Séase o no hebreo, cristiano, musulmán o de cualquier opción de libertad de conciencia, “el pecado original” del primer libro del Pentateuco sigue incrustado en la vida cotidiana de cuantos se mueven dentro de la genéricamente llamada cultura occidental. Rara es la noticia de las que cada día suben a los noticiarios, en que no sirva de excusa de múltiples acontecimientos y, sobre todo, para evadir responsabilidades de cuanto ocurre. Queda así a los lectores de prensa, redes y cadenas de radio o televisión, escrutar quién es realmente el auténtico culpable de tanto descontrol, sin apelar al comodín de recurrir a Adán, Eva o la serpiente.

De entrada, sin embargo, este itinerario tiene problemas. Un tercio de ciudadanos no leen, y si se les suma la proporción de cuantos leen papeles de muy bajo nivel informativo, publicidad distractora y hasta falaz, la laudable búsqueda de conocimiento por parte de los ciudadanos responsables es otra excusa poco eficiente. La lectura reposada, tras la que hallar saberes consistentes, es complicada y poco accesible; sobrepasa la curiosidad que esos no lectores por los que se interesan los editores –un 35,9%-  tengan gran parecido con los que detectan los Informes PISA y, más concretamente el último, evidenciando el bajo nivel de comprensión lectora que logra producir el sistema escolar español desde que, en 1857, inició su generalización.

Enredos y pretextos

Llegados a este punto,  en toda conversación lo habitual es que alguien pregunte cuál sea la madre del cordero, y surgen los sempiternos desacuerdos al respecto. Entre el huevo y la gallina, el antes y el después, la causa y la consecuencia, la casualidad o el azar, siempre se menta algún pecado original, desencadenante de maldades, penitencias y castigos, hasta que  alguien acaba concluyendo en alguna de las lenguas ahora oficiales: xá cho decía eu, momento en que, como si de un TBO antiguo se tratara, el desencuentro “proseguirá”. El enredo y sus excusas, condicionantes de toda “opinión pública” y sus secretismos, se repiten en casi todas las conversaciones de bar, encuentros culturales, conferencias y  coloquios. En no pocas tertulias familiares y de amigos, suelen ser más enrevesados a medida que se acercan unas elecciones como las de ahora en Galicia. Votar es acción democrática, actualmente tan empeñada en suplir ausencias de antaño que su rutina enturbia la tranquila posesión de la verdad de cada cual en el vecindario. Oír los relatos de cada candidato, teniendo que decantarse sin más por uno, empieza a ser molesto. Un 41,12% de gallegos se abstuvieron en las autonómicas de 2020, y no es la lluvia o el orvallo lo que los cansa, sino tener que discriminar si lo que oyen es un plagio de lo que ya dijeron los candidatos hace poco o si, como aquellos discos de “La voz de su amo”, su  conexión con lo que acontece es pura afectación. Votar sin aclararse  de  quién sea el causante del embrollo narrativo es un lío, y más cuando, por pedirlo el guión, a los buenos les va bien y los malos son castigados. Este tipo de ficción ya decía Oscar Wilde en 1895 (en: La importancia de llamarse Ernesto) “entristece horriblemente”. Entre tanto candidato a querernos, decantarse por alguien que no coincida con sensibilidad distinta a la de los interlocutores habituales puede acabar, además, en acaloramientos amargos.

Hagan la prueba comentando cualquier noticia de las que pasan cada día por los móviles para ser sustituidas de inmediato por otras; juntas son insoportables y una a una, parece que su horror sea lejano. El Génesis, para salir del espanto, echaba  la culpa de todo lo malo a Adán, y lo mismo cabe pensar de la información de miles de asuntos desagradables que copan los noticiarios. Si de la sequía que azota a seis millones de catalanes se trata, siempre cabe despistar con la sapiencia de alguien que relacione el desastre climático con el cierre de una plaza de toros. Si algún mandamás USA dice que se están ampliando en Oriente Medio las zonas de conflicto, por sostener “la libertad” de comercio, enseguida nos hace ver que, una vez que se han sobrepasado los 27.000 muertos y otros desmanes inútiles, no paran de inmediato la guerra, pero hacen ejercicios diplomáticos para pararla. Estas formas de atajar, queriendo confundir, tenían gracia cuando el culpable era Adán por comer la manzana. Hoy, para que nadie se espante, cuentan con que es muy rentable –y más barato- sostener el auténtico pecado original de la gran mayoría de atentados contra la convivencia: la ignorancia programada y el deficiente derecho de todos a  una enseñanza digna.

En el presente hispano, este pecado original sigue siendo el responsable de tantas historias y cuentos como traslucen los tocantes a cuestiones casi metafísica -absolutamente físicas casi siempre-,  como la “amnistía” y el “terrorismo”, jueces y “justicia”, así como su legislación, escribas y doctores vigilantes, sedicentes independientes, ajenos a toda humana consideración que no sea la supuestamente imparcial “técnica jurídica”. Porque es difícil orientarse, merece la pena leer algo de lo mucho que hay escrito, también la Biblia; contiene muchas alusiones a la necesaria lealtad de la verdad, y no ahorra calificativos a las pantomimas que la falsean. Algunos de sus relatos son extraordinariamente luminosos para situaciones muy cercanas y, si se es votante indeciso, clarifican el mérito  de cuanto digan quienes en vísperas electorales se desgañitan. Si tienen mucho que ver con lo mal hecho durante 15 años, “por sus frutos los reconoceréis: ¿Acaso se recogen uvas de los espinos…? (Mt. 7,15-16). La culpa no es de Adán y Eva. @mundario