Otra vez repicando en una posible sociología de las catástrofes

A casi un año de la dana y a pocos meses del llamado “apagón”, la realidad nos recuerda con brutalidad que, pese a los avances tecnológicos y a la aparente inteligencia cibertelemática, seguimos tropezando con las mismas piedras de siempre.
Un incendio forestal. / Pixabay
Un incendio forestal. / Pixabay

Casi al cabo de un año de la Dana, y a solo pocos meses del “apagón” -que nos hizo entender (suponemos) las entropías, no ya de la Naturaleza, sino de la imprescindible y paradójica seguridad de las nuevas tecnologías y de una supuesta inteligencia cibertelemática que, cuanto más inteligente pretender ser, parece hacerse más tonta- resulta que nos topamos con acontecimientos que, como es habitual en nuestros pagos, manifiestan, junto a una cierta miseria política, una contumaz sabiduría en darse de bruces en las piedras de siempre: una de nuestras peculiares habilidades como “sapiens” que parece diferenciarnos de los otros animales, separados por escasos porcentajes en nuestro ADN. No obstante, y en honor a la verdad, da la impresión de que por lo menos, algo se va corrigiendo, aunque parece también que algunos siguen erre que erre, por eso de que cuando “el camino termina el tonto sigue…”

Afrontamos los últimos acontecimientos catastróficos protagonizados por el fuego que, siendo junto con el agua, elemento nutricio en nuestra evolución, resultan ambos unas plagas para la vida. Enfrentarse a esa catástrofe supone, en principio, una mirada en perspectiva de todo lo que ha podido ser su “desde qué”: algo probablemente que nos dé menores sombras que las mortecinas de los racionales recursos explicativos de los “por qué” de nuestro habitual canon mental-occidental.

En ocasiones, para alguien que sea y esté continuamente avisado puede que exista un buen trecho entre “el desde y el por”. Mientras que el “por” remite a situaciones, causalidades y sucesos que se mueven en perspectivas lineales, el “desde” remite constantemente a una mirada más comprensiva que explicativa, a una mirada estructural en la que convergen infinitos porqués.

Empecemos por lo más distante y, posiblemente para algunos, innecesaria y gratuita reflexión: La tierra, su suelo primario, el de la vida, anterior al de la ciudad, se va haciendo, construyendo desde el tiempo (el del Neolítico) desde que los humanos sapiens van saliendo de la caverna; precisamente un espacio sin tierra. Y ese nuevo suelo cargado de vida y muerte, comienza a ser, junto a otros (y solo algunos animales no sapiens) domesticado; comienza a ser, tabulado, manejado y, ya, a veces, maltratado por el hombre, aunque siempre, de manera relativa y desigual. De cualquier manera, si hay un suelo realmente domesticado o intentado domesticar por el hombre, será el suelo nutricio de bosques, montes, praderas, ríos y lagos.

Y esa domesticación ha sido continuamente algo relacionable con las diferentes modulaciones culturales, sociales y políticas que, precisamente se realizan desde los suelos del poder, desde el suelo de la ciudad: el lugar que, siendo no nutricio, se irá alimentando, hasta la aparición de “la máquina,” de toda la tierra que pueda. Y, precisamente para no irnos más lejos, será la sociedad romana, la que madruga en una especial y productiva manera de manejar/controlar los suelos nutricios de la Tierra y los suelos de sus viviendas en el medio rural.

El modelo romano de entender y protegerse de los peligros y enemigos de ese gran suelo apropiado, tanto urbano como nutricio. Probablemente haya sido la sociedad romana en la que, junto a la ciudad, haya sido acompañada por el cultivo de la tierra, en la concentración y materialización del poder. La institucionalidad de la prevención y manejo del fuego fue cosa de Roma, al igual, que la carretera, la higiene del agua, el Derecho o la guerra. Para prevenir y controlar el fuego en las ciudades y villas romanas y sobre todo en Roma, la ciudad de ciudades del Imperio, crearon una unidad de vigilantes integrada por esclavos, los triunviros nocturnos o tresviri capitales (siglo III a. C.) seguidos por los profesionalizados vigiles a modo de unidad paramilitar (en el tiempo de Augusto, siglo I), creadores de la arquitectura premoderna de la praxis de lucha contra el fuego formada por cuatro operativas:

Operativa romana frente al fuego. / Rafael de Francisco
Operativa romana frente al fuego. / Rafael de Francisco

En cuanto al suelo de la tierra, el suelo agrícola, de algún modo el gran suelo (el feudus del poder en la sociedad romana), tuvieron una particular manera de organizar cartografías radiales que protegían el “Domus” como “pars domestica” y espacio de la gran familia propietaria con una especie de “cortafuegos” defensivo, por medio de la “pars rustica”, el espacio dedicado a viviendas de los trabajadores, y la “pars frumentaria” que contemplaba el espacio logístico del feudo (almacenes y lugares para la elaboración de productos agrícolas, molinos, prensas …etc.). Por último, el gran espacio del feudo, tierras de labranza, viñas frutales, aguas, montes y árboles.

Para que los enemigos y el fuego pudiesen llegar al Domus, el espacio del amo y su familia biológica, vecinal o sociopolítica de hombres y mujeres libres, necesitaban saltar por tres cortafuegos; primero el del campo productivo y los otros segundo y tercer contrafuego, los espacios de trabajo y vida de los esclavos… Y desde aquí y ahí, más que si es verano o invierno, es desde donde hay que empezar a pensar y a prevenir. Desde un modelo estructural y organizativo racional, si queremos ponernos a planificar y prevenir.

Desde los usos de la tierra, desde una mirada sociológica de las maneras del uso, de la economía de la tierra en nuestra sociedad de la modernidad tardía, y en la sociedad de las plusvalías sobre la tierra el suelo y la Naturaleza, las verdaderas plusvalías que van sustituyendo las plusvalías de la fábrica, e incluso las productividades de la tierra. Curiosamente, e incluso rebasando las plusvalías de la apropiación como propiedad y uso del ladrillo de la ciudad, para -convirtiendo la casa, la vivienda en mercancía- destruir y deshabitar la ciudad, aunque haya devenido un lugar demográficamente superado. 

En nuestro tiempo y en nuestros espacios/mercancía, puede que haya pasado algo parecido cuando hemos hecho del suelo nutricio de tierras, bosques, montes y aguas, espacios deshabitados, descarnados, y olvidados por las productividades y plusvalías más cómodas y rentables del nuevo capital financiero especulativo de la tardomodernidad. Como a menudo se trata no de mirar sino de ver, tenemos un ejemplo de nuevo modelo de productividad del campo, de la tierra y la vida, en la agricultura y ganadería intensiva y en la inventiva de “la casita rural,” posiblemente acompañada del “apartamento turístico “, que estarían descarnando, deshabitando, los espacios de la ciudad y la tierra. Y no digamos más, si añadimos el turismo mercancía de nuestros días que, aun no colmado por su desuso de la ciudad, está consiguiendo apropiarse desde hace algún tiempo de la naturaleza.

Aunque, todas estas digresiones puedan parecer ensoñaciones o pérdidas del “orate “en un viejo sociólogo que, posiblemente sepa algo del asunto, porque no solamente sea viejo sino porque, ha sido antes cocinero que fraile, podemos continuar planteando que este asunto de los incendios, que no es ni más ni menos que puñetero sufrimiento real y descarnado de las gentes que lo sufren, puede admitir apaños a lo menos y a lo mucho, que aminoren sus devastaciones físicas y emocionales pues, en nuestra sociedad de sabidurías tecnológicas y recursos públicos e, incluso privados que, en ocasiones se puede y debe hacer públicos, todo es posible: por lo menos a corto plazo.

Y con respecto al ya mantra del cambio climático, que después de no haberle querido mirar ni ver, ahora se acuerdan de él para justificar la inocencia de la mano del hombre, haciendo del mismo una especie de recuperación de la teología del “designio” y de que al final, este negociado de incendios, sunamis y catástrofes son tan inescrutables como los caminos del Señor. Aquí lo único inescrutable son los caminos del capital, el gran capital financiero y el pequeño capital biogenético que al igual que la excelencia, la fraternidad y la maldad, tenemos claveteado en nuestro ADN, y que nos hace para bien o para mal, lo que realmente somos, y desde donde partimos como humanos.

Yendo del relato a la práctica política, lo primero, pensar antes que hacer. Y el pensar lleva en el lote planear, desarrollar estrategias de Estado y no solamente protocolos administrativos municipales y autonómicos: falsos esqueletos operativos que cuando pasan del escrito o dicho al hecho y se intentan rellenar de tejido operativo, se derrumban, quedan reducidos a brasas de papel. Incluso beneméritos dispositivos pensados desde hace casi veinte años.

Los protocolos, planificaciones y estrategias preventivas, en el caso de que existan (eso creemos) se quedan viejas y obsoletas en un suspiro, las devora y sobrepasa la velocidad, flexibilidad y transformación de los hechos, ya que la velocidad de la Naturaleza, la vida y la muerte, es superior a la previsión humana. O, más en cristiano, la velocidad sistémica del cambio climático, la población, los recursos tecnológicos y el añadido de las estrategias de dominio y canibalización se mueven a la velocidad de las liebres, mientras nuestras estrategias de socialización, los cortafuegos heredados de las dinámicas domésticas o foráneas de 1789, 1812, 1848, 1968, 1871, 1917, 1931 y 1945, se han perdido en la historia, en la memoria con la velocidad aparentemente segura de los borricos.

Una institución tan eficaz, y sufrida agencia contra incendios y catástrofes como la UME, empieza a funcionar como un mágico bálsamo cura-todo, una especie de mantra religioso que, cuando se verbaliza el “que viene la UME” desaparece el diablo, al igual que, cuando en la batalla de Clavijo se aparece el Señor Santiago con espada desenvainada y caballo blanco. Pues bien, un esforzado, resolutivo, profesionalizado y sacrificado colectivo de soldados que en principio preparados para hacer la guerra están haciendo la paz, se han quedado si no viejos, en parte ganados por la realidad de los hechos y acontecimientos y, lo que nos parce peor, en la última ratio de las administraciones para tapar sus obligadas tareas preventivas. Al final un placebo que, gracias a la profesionalidad y esfuerzo de un puñado de hombres y mujeres están durante todo el año, movidos de aquí para allá, pero evitando continuamente males mayores, sirviendo a modo de apaño para rotos y descosidos, y para adecentar, camuflar, el gran agujero institucional de la prevención.

Una prevención que se suele despistar en las discusiones de si las competencias son de tirios o troyanos. La UME, en cuya institucionalización algo, quizá muy poco, pero quiero fantasear con la presunción que indirectamente lo pudo tener a lo menos, desde su formulación/respaldo sociológico a partir de un estudio-investigación de campo, que realizamos un equipo de sociólogos encargado, por la Dirección General de Protección Civil allá por el año 2007, cuando de alguna manera la UME (creada sobre el papel en el 2005) estaba dando sus primeros pasos.

En principio la UME, fue la salida de urgencia del gobierno Zapatero después de la tragedia de Guadalajara. En segundo lugar, se concibió como una unidad, un batallón de choque puntual, especializado y concreto contra el incendio forestal en que, junto a las deficiencias preventivas de siempre, el mortal incendio de Guadalajara con sus 11 bomberos forestales y guarda bosques fallecidos, daba pistas sobre los niveles de profesionalización y recursos dedicados a la extinción de incendios. Esta operación llevada a cabo por y desde el gobierno de la Nación fue sin duda inteligente, eficaz y rápida, sirvirviendo además de catalizador de una ejemplar cultura contraincendios forestales, de las mejores de nuestro entorno europeo.

¿Pero qué ocurre y qué está ocurriendo? Que, aunque aparezca una boutade, los incendios, su control, extinción y manejo, no residen en las mangueras, los EPI ni la profesionalidad de los bomberos, sean de la UME y las otras paraumes o UMES menores de Diputaciones, Municipios o Comunidades: las claves “comprensibles” son el resultado de entender el manejo de los incendios forestales desde una perspectiva sistémica en la que, se muevan mangueras, formación profesional, condiciones de trabajo, operativas preventivas y de alerta, leyes y domesticación posible/imposible de la rapiña y oportunismo de los dineros como respuesta estructural ante sucesos y acontecimientos que, a su vez, son también sistémicos… Se trataría de entender que las tareas se organizan desde estrategias sistémicas y estructurales, sencillamente porque los fuegos son también sistémicos y estructurales, y nunca exclusivamente puntuales,

Pero, sin embargo, me permito otro escenario paralelo o central de reflexión, que gira en el entorno de la Guardia Civil de la que, probablemente, hayan copiado o recibido un especial talante de sacrificio, probidad y eficacia los otros soldados de la UME. Pues bien esta paradójica institución de seguridad, que ha servido tanto desde sus pros y contras, a las diversas y diferentes Coronas borbonas, a la República, a la Dictadura y hoy, a una Democracia verdadera y decente semi/república coronada, como un ejemplo de esfuerzo y eficacia en el servicio público, quizá pueda replantarse su acomodo a esta España en ocasiones irreconocible, y otras desgraciadamente ya conocida,  de nuestros tiempos, dando el salto o haciendo el traspaso sosegado para que un Instituto dedicado fundamentalmente a la seguridad, institucionalice su continuó trabajo de protección de las gentes de tal manera que -como le comentaba hace unos días a un joven general de la Institución al que me unen, y nos unen, memoria y recuerdos inolvidables de los años de plomo- se reconvierta en una herramienta integral del Estado en la  doble y articulable cohabitalidad entre la security y la safety.  Y, si hay que buscar una justificación aparte de que esté siempre sobre el terreno de una España no tan deshabitada como se pretende; en realidad habitada, aunque sea por un puñado de algunos millones de ciudadanos y ciudadanas que viven, sufren, trabajan y tienen derecho a su memoria, que pueden aportar su conocimiento de un espacio de lugares masticados, conocidos, mirados y sobre todo vividos que, conforman la base de cualquier estrategia preventiva.

No quiero abundar ahora en un asunto que corresponde al Gobierno, al Parlamento y -al menos como cuerpo afectado- a la propia Guardia Civil. Tan solo un apunte para que sea trabajado por quien corresponda. Al fin, las estrategias amparadas en la UME han sido tan solo una acertada operación táctica; el salto desde la táctica a la estrategia está aún sin hacer… Posiblemente forme parte de la tarea de la gobernanza de las catástrofes en un futuro ya muy presente. @mundiario

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