La muerte del Papa Francisco I y “lo histórico”

El papa Francisco. / Mundiario
El empleo trivial de esta calificativo permite soslayar cuestiones de fondo y jugar con apreciaciones confusas.

Desde la enfermedad última de Jorge Mario Bergoglio, la información sobre el Vaticano inició una serie de capítulos que se alargarán con el cónclave y la ”fumata bianca”. A una dosis variable de coherencia en las líneas editoriales de cada medio, la institución confesional añade, por su parte, una ambigüedad poco propicia para un conocimiento real. Supuestamente transhistórica en algunos aspectos, muestra en otros muchos una existencia profundamente temporal, con intereses de rastro humano. Esta duplicidad constitutiva faculta a los cardenales, convocados a este cónclave, decir que el Espíritu Santo orientará las decisiones que vayan a tomar para el relevo papal, y facilita a muchos visitantes de la Plaza de San Pedro explicaciones de todo tipo sobre su presencia en los distintos rituales que en ese entorno van sucediendo. En la mayoría de los medios, ha sido habitual este guión, y también casi unánime su coincidencia en determinadas cualidades de Francisco I. Su cercanía a la gente y su empatía con los desheredados de la Tierra, con los problemas de esta –particularmente en la encíclica Laudato si- y  con la pobreza en que se ven atrapados, ha quedado ampliamente expresada en sus menciones a la pobreza, la exclusión y la miseria. La igualdad de su derecho a vivir la mostró ya en Lampedusa, con motivo de su primer viaje fuera del Vaticano, y en otra de sus encíclicas:  Fratelli tutti, en que explicitó una cercanía mayor que otras encíclicas papales con ideales sociales reivindicados, desde instancias laicas, desde antes de 1891, el año de la Rerum novarum, de León XIII.  

Sin duda, la acción de Bergoglio ha propiciado la proximidad entre utopías de diversas matrices de fraternidad e igualdad, y su voz ayudará a que otras se posicionen de modo razonable y democrático ante problemas que las requieren. Hacen falta muchas voluntades para que sea realidad su concreción en un mundo cambiante y esquivo; se trata del bien común, que afecta a todos, y los creyentes católicos han tenido el ejemplo de su líder jerárquico orientando su fe trascendente hacia cuestiones cercanas de modo coherente con el Evangelio más auténtico, el del “Sermón de la Montaña” (Mt. 5, 3-12). Quienes no lo sean podrán entender que, si quieren que nadie resulte excluido, hay que remar unidos en la dirección justa: o se camina hacia un mundo menos inhóspito o será imposible para todos. Desde esta óptica, Bergoglio ha  ayudado desde Roma a todos, y ha contribuido a que su Iglesia se resitúe en la dirección solidaria.

¿Un pontificado “histórico”?

Si en esto parece haber concordancia, las discrepancias empiezan con la manía de las apropiaciones  implicadas en subjetividades calificativas en cuanto a si fue o no “progresista”. Los parámetros de lo “progre” no se avienen mucho en la Iglesia con lo que en el ámbito estrictamente civil se considera tal, y no han faltado quienes, desde organizaciones como Vox, Yunque, Hazte Oír y similares, le han visto en “afinidad al comunismo” y como representante “del Maligno en la casa de Dios” –como dijo en 2020 el presidente argentino Milei. En el interior de la propia Iglesia, bien conocidas son, además, las hostilidades que la gestión de Bergoglio ha suscitado en algunos grupos, prestos a hablar de lo que les encanta  –con el Espíritu Santo por medio, como pretexto-. A todas luces –como cuentan algunos medios especializados en cuanto ocurre en el Vaticano-, hay jerarcas católicos dispuestos a revertir la orientación de la Iglesia hacia “el orden”, supuestamente transgredido por el papa Francisco hacia la heterodoxia. Estas eminencias se han visto fuera de juego y se están moviendo, con medios sofisticados, para que, el cónclave  -que se inicia el día cinco de mayo-, elija un candidato de su cuerda “carca” –como se decía en los años setenta- o ultra, como suele decirse ahora.

En todo caso, las variaciones de Bergoglio respecto al pontificado de otros papas no parecen suficientes para calificarlo como “histórico” en el sentido que suele darse  a este término para decir de algo o alguien que es especialmente valioso. Estas estimaciones –siempre subjetivas- tienen poco valor en la larga historia del papado. Antes del papa argentino, ha habido otros 265 pontífices con características tan variadas que sería difícil relatar su novedad “histórica”. Es verdad que hasta hubo una “edad de hierro del papado”, y que estos años de Bergoglio muestran diferencias respecto a quienes, desde Pío IX, se sintieron mal desde la caída de los Estados Pontificios; su sucesor, León XIII (1878-1903), recibió una “peregrinación nacional obrera”, patrocinada por el Marqués de Comillas en 1894, que le cantó un himno como “prisionero en el Vaticano”. Quienes sumen años y recuerden el pontificado de Pío XII entre 1939 y 1958, recordarán también los de Juan XXIII (1958-1963), Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, a quien siguió Francisco I en 2013. Distintos entre sí,  pero no tanto como para un cambio “histórico”, sino más bien con modulaciones de ida y vuelta, de tejer y destejer, muy adaptativas.

Por otra parte, más allá de la cronología, también llama la atención que cuando se pregunta sobre cambios de este pontificado, objetivables como “históricos”, solamente se mencionen “caminos abiertos”, pero inconclusos. Un querer y no poder en que la supuesta simplicidad de las exequias -tan bien filmadas por la televisión- dejó entrever que el paseo fúnebre por la Roma imperial y barroca era excesivo para mostrar que la “iglesia quiere estar en el pueblo” y servir. En España, no se ha advertido, además, gran novedad respecto a los Acuerdos de 1979: los obispos y cardenales no han movido ficha en asuntos de derechos cívicos ni en cuestión de recursos económicos que, por entonces, habían prometido de su cosecha. Pese a su dependencia del erario público, a menudo han seguido interfiriendo para que no olvidáramos que habían sido  un “poder fáctico” (en virtud del Concordato de 1953). Más concretamente, en el terreno educativo los doce últimos años no pasan de un tiempo  cronológico, idéntico al pactado en el artc. 27 de la CE78. Su “historicidad” se la confiere una jerarquía que, para animar  la presencia de los “colegios católicos” en el sistema educativo, predica sobre “la calidad” y “libertad” de cuanto rodea el acceso a la enseñanza lejos de los planteamientos de Francisco: “el desarrollo humano integral y la inclusión social” no están “garantizados por el mercado” (punto 109 de la encíclica Laudato si). Para el presente-futuro, deberían aclarar si “la comunidad creyente” en Dios Padre ha  de ayudar a solucionar cuanto acucia a “las comunidades educativas” de la mayoría de ciudadanos (que estos días se ponen en huelga). @mundiario