Mentalmente, ¿estamos enfermos?

Una mujer mira por una ventana. / RR SS.

A menudo hablamos de salud mental cuando en realidad nos referimos al estado de ánimo o a la sensibilidad emocional.

Tratar sobre la salud conlleva esa otra cara de la misma moneda que es la enfermedad. De hecho este es el enfoque que le dio el Nobel en Medicina 2000, el psiquiatra Eric Kandel en el libro titulado La nueva biología de la mente, publicado en el año 2019.

Hay quien dice que la neurología trata del cerebro, la psiquiatría se centra en la mente y la psicología pone el foco en el comportamiento. Como bien sabe, las 2 primeras son especialidades médicas y la tercera no lo es. Pero no por ello existe discriminación y así, las nuevas corrientes se están esforzando en unir estas 3 disciplinas con el objetivo de aportar diferentes y variados puntos de vista a la investigación sobre este complejo tema.

Como sabe, poseemos aproximadamente 80.000 millones de neuronas que se relacionan entre ellas bajo una señalización predeterminada. A veces parecen pocas pero créame cunado le digo que son más que suficientes. Su forma de comunicarse o si lo prefiere, su expresión, se realiza a través de las sinapsis.

No se preocupe. Ahora le comento qué es una sinapsis. Se trata de la transferencia o transacción de 2 neuronas que utilizan el mismo o diferente dialecto de un mismo idioma. Este dialecto es reconocible por el tipo de neurotransmisor que se libera. Aunque hay muchos más, básicamente nuestras neuronas se entienden perfectamente utilizando un abecedario compuesto por 9 de ellos. Si le parece, vamos a denominarlos A, B, C, D, E, F, G, H e I.

Déjeme que le diga que las moléculas o letras A, B, C y D son excitatorias. Sí… de esas que se alteran y le alteran. De esas que le empujan hacia arriba para que luego usted pueda bajar suavemente como si de un tobogán infantil se tratara. Mientras, E y F son moléculas inhibidoras. ¡Exacto! Esas que contrarrestan la excitación desmesurada y ponen orden ante cierta anarquía excitatoria. ¿El resto? Bueno… G, H e I son polivalentes y suelen estar “al quite” para apoyar y catapultar el subidón ante tramos de extrema pasividad, y también para poner calma ante sucesos de gran irritación.

Como puede apreciar, las neuronas hablan y se dicen cosas. Se entienden y se comprenden. Se llevan bien y siempre buscan el bien común a través de un arco de gran amplitud que permite ese dulce balanceo que mucha gente llama “equilibrio”. Pero desgraciadamente… no siempre es así.

Tiene que saber que el equilibrio mental no es la permanencia estática, sino un movimiento continuo desde un extremo a otro. Algo así como la danza de los planetas o la explicación de cómo es que a los australianos no se les sube la sangre a la cabeza cuando viven al revés.

Bien. Como le decía, cuando ese dócil balanceo se convierte en un peligroso amago de vuelco al escorarse hacia una de las bandas, es cuando tenemos un comportamiento desequilibrado.

Dicho desequilibrio puede tener un origen ambiental (neurosis) o bien estructural (psicosis). Puede ser consciente (neurosis) o bien, puede no existir consciencia del trastorno en el individuo (psicosis). Así mismo, el diálogo terapéutico ofrece muy buenos resultados en la primera y no tanto en la segunda. Al margen, están los síntomas de las diversas patologías neurodegenerativas que se obcecan en romper dicho balanceo borrando algunas letras antes de tiempo.

LA SALUD MENTAL EN LA EMPRESA

Le anticipo que la inmensa mayoría de personas trabajadoras poseemos una salud mental “de hierro”. En cambio, otros individuos no poseen suficientes reflejos en la activación de alguna de las “letras”, mientras que los menos están realmente enfermos.

La cuestión es cómo detectar si estas oscilaciones se encuentran dentro del rango de la normalidad o no. Habitualmente dicha detección se realiza una vez los síntomas ya son visibles, evidentes y persistentes. En estos casos, hay mucha confusión. Podemos pensar que esa reacción extraña de nuestro compañero de trabajo se debe a que “está pasando una mala racha” o bien, porque “sus resultados no son los esperados y por ello se siente presionado”.

Le digo que todas las palancas precursoras del burnout no tratan sobre ninguna enfermedad. Para que se manifieste la patología es necesario que las condiciones de origen sean sensibles a ese tipo de alteración. En la inmensa mayoría de ocasiones se trata de una incomodidad que nosotros mismos tenemos, debemos y podemos resolver con nuestros propios recursos.

Piense en una baja laboral por depresión. ¿Existen analíticas precisas que aseguren su padecimiento? Bueno. No vamos a entrar en estos escabrosos temas pero ya le digo que si usted asegura que está depresivo o que le duele la espalda (posible lumbalgia), tiene asegurada una baja de al menos 5 días.

Estar triste no es tener una depresión. Estar “acelerado” no es estar ansioso. Sentir temor no es padecer una fobia. Se lo menciono porque para entrar en la terminología clínica se debe observar una mayor variedad de síntomas a la vez que una consistencia en los mismos con un elevado grado de afección.

No le voy a discutir que si el ambiente en la empresa, el trato entre compañeros, etc… es agradable, los estímulos que impacten en los individuos serán de rango menor y con ello, el balanceo feliz se mantendrá más acompasado. Pero también le digo que si nos acostumbramos a esta encantadora y suave oscilación dejaremos una “etiqueta” condicionante en nuestro comportamiento. Cada día que pase seremos más débiles y menos reactivos.

Por ello, de momento, estos temas mal llamados de “salud mental” se resuelven en los departamentos de RRHH y no en los gabinetes de medicina del trabajo.

LA PREVENCIÓN Y LA PREDICCIÓN

Ya lo sabe… “Prevenir es mejor que curar”. De ahí que en el mundo empresarial, últimamente, optemos por el afectuoso abrazo protector. Lo que le aseguro es que cuando haya “zafarrancho de combate”, primero habrá que despertarnos del plácido sueño supuestamente benefactor y muy alejado del sentido de alerta.

Prevenir, en temas de salud, es reducir, evitar o eliminar los riesgos asociados a un evento o suceso que genere daño. Mientras, predecir es anticiparse a su aparición.

Para la primera opción es necesario un gran despliegue de indeterminadas medidas. Para la segunda, hay que hacer una medición precisa de sucesos no acontecidos. Para prevenir son necesarias la lógica y la estadística mientras que para predecir, mejor la formulación algorítmica y la lógica.

Llegará el día en el que las empresas se den cuenta de que la felicidad, el bienestar, la motivación, etc… poseen una condición relacionada con la epigenética social, ya será tarde. De hecho, creo que ya es tarde.

Tengamos en cuenta que la epigenética social estudia la afección del ambiente sobre los registros matrices del comportamiento del individuo, sin provocar cambio alguno en dichos registros pero sí modulando la relación entre ellos.

Como le decía… No hay que confundir salud mental y su ausencia, con el estado de ánimo o la sensibilidad emocional.

Este último concepto (sensibilidad emocional) ha sido desarrollado gracias a concienzudas investigaciones que han concluido que el tránsito de una emoción a otra es muy variable en diferentes individuos y que las rutas de acceso a la diversidad emocional son dependientes de la capacidad personal de producir y liberar las “9 letras” neurotransmisoras. Por ello, la gestión de las emociones está ligada a la configuración neurotransmisora única que posee cada persona.

Le pongo un sencillo ejemplo. Cierto nivel de agresividad posee una combinación dominante de 6 de las 9 letras del abecedario sináptico. Si dicha agresividad contiene la aceptación previa de un reto, hablaremos de 7 letras. Si la agresividad citada se torna en defensiva, intercambiaremos una de las letras, mientras que si se convierte en verbal, serán 5 las letras dominantes.

Como puede apreciar, no basta con ofrecer una gama genérica de buenas intenciones. Es duro decirlo, pero si no conocemos la configuración del “abecedario” individual, sanaremos a unos y enfermaremos a otros. @mundiario