Mensaje de Navidad 2025: un discurso con impacto mundial
Felipe VI hizo una defensa firme de la convivencia democrática, la confianza institucional y el diálogo en tiempos de polarización, desinformación y críticas previsibles, con el pulso de un auténtico hombre de Estado.
El Rey apareció erguido, no solo en el Salón de Columnas, sino en el sentido más ibérico del término. De pie, como quien dice: “Aquí estoy yo y aquí está España”. Ni sofá, ni sillita, ni chimenea. Un monarca vertical, desafiante, casi diciendo a la estatua de Carlos V: “A ver, aparta que voy”. Porque el discurso fue fantástico, pero los huevos fueron aún mejores.
Felipe sabía —porque tonto no es— que le lloverían palos. Que le dirían equidistante, inoportuno, sermoneador, constitucionalista, europeísta y hasta madrileñista por el mero hecho de respirar. Y aun así lo hizo. Sin pedir permiso. Sin anestesia. Sin chat cuando le da la gana. Eso, querido lector, es tener coraje institucional. Lo demás es tener Twitter.
Habló de confianza en la democracia. ¡Confianza! Esa palabra que en España se usa más para fiarle al del bar que para creer en el BOE. Dijo que la convivencia es frágil. En un país donde convivir ya es deporte de riesgo: vecinos, cuñados, pactos de investidura y grupos de WhatsApp del cole. Avisó del extremismo y la desinformación. Como si no supiera que aquí extremismo es pedir el café sin azúcar y desinformación es preguntar a tres españoles por la misma calle.
Y, sin embargo, el diagnóstico fue impecable. Porque solo un hombre de Estado se atreve a decir que el edificio está torcido cuando todos discuten por el color de las cortinas. La radicalidad de Felipe fue moderada. Que es la única radicalidad que no acaba en tertulia de madrugada.
Eso sí, el Rey es tan humano que seguro que, antes de grabar, se asomó al balcón, vio la ciudad y pensó: “¿Y si bajo a por pan y vuelvo otro día?”. Pero no. Se quedó. Dio el discurso. Se plantó. Y lo remató en todas las lenguas oficiales. Un detalle integrador. Muy bonito. Como cuando el camarero te canta los postres sabiendo que vas a pedir flan.
Porque “hombre de Estado” no es el que cae bien. Es el que sostiene el micrófono mientras todos sostienen el garrote. Y lo hace con la serenidad de quien podría estar pelando un huevo duro sin despeinarse. Pero ojo: huevo duro, no tortilla francesa. No nos confundamos.
El remate final, claro, no fue venenoso. Es Rey, no columnista. Pero si me permiten traducirlo a lenguaje humano: “Cuidad la democracia, que como se caiga, nos damos todos en los morros”. Y ahí estuvo el quid. No en el morro. En el “todos”. Eso es un hombre de Estado. Lo demás son estados de ánimo. Y España ya va sobrada de ambos. @mundiario



