Medios y vaticanistas suelen elaborar listas de papables: ¿se sumarán las redes sociales?
Cuando el Papa muere, el Vaticano no solo se sumerge en el luto. También pone en marcha un engranaje milenario, lleno de simbolismo y reglas estrictas, para elegir a su sucesor. Ese momento entre un pontífice y el siguiente se llama sede vacante, y es el punto de partida de uno de los procesos más herméticos y solemnes que existen: el cónclave.
Todo empieza con el camarlengo, una figura que parece sacada de una novela de misterio. Su primera tarea es verificar oficialmente la muerte del Papa. Antiguamente lo hacía golpeando suavemente su frente con un martillo de plata y llamándolo por su nombre de pila tres veces. Hoy, el ritual se conserva más como un gesto simbólico que como una práctica médica.
Después, el anillo del Pescador y el sello del papa son destruidos ante el Colegio de Cardenales. No es un gesto dramático gratuito: antiguamente servía para evitar falsificaciones, hoy simboliza el fin de una autoridad y el comienzo de una nueva era.
Durante los días siguientes, los cardenales organizan el funeral del pontífice fallecido, que suele tener lugar entre cuatro y seis días después. Luego viene un periodo de luto de nueve días, los novendiales. Mientras tanto, las reuniones preparatorias –las congregaciones generales– fijan la fecha para el inicio del cónclave, que suele comenzar entre 15 y 20 días tras la muerte.
La Capilla Sixtina, la sede
Y entonces, todos los focos apuntan a un lugar único: la Capilla Sixtina. Allí, entre frescos de Miguel Ángel y bajo el mayor secreto, se celebra el cónclave. Solo pueden participar los cardenales menores de 80 años, y durante esos días se alojan en la Casa de Santa Marta, dentro del Vaticano.
El proceso está lleno de reglas y detalles protocolarios. Cada votación es secreta. Se necesitan dos tercios de los votos para elegir Papa. Y tras cada jornada, las papeletas quemadas anuncian el resultado con humo: negro si no hay acuerdo, blanco si hay nuevo pontífice.
Y aquí entra la parte más humana (y quizás más intrigante): la especulación. Aunque está oficialmente mal visto hacer campaña para ser elegido papa –se espera que el cargo te busque a ti, no al revés—, la realidad es que, cada vez que se aproxima un cónclave, los medios se llenan de listas y quinielas. Los llamados papables, cardenales con más opciones según expertos y vaticanistas, se convierten en protagonistas involuntarios. Hay análisis, apuestas, rumores… y más de una sorpresa.
De hecho, la historia reciente lo demuestra: pocos esperaban la elección del polaco Karol Wojtyła en 1978 (Juan Pablo II), ni la del argentino Jorge Mario Bergoglio en 2013 (Francisco). El secretismo del cónclave hace que los giros inesperados sean parte del guion.
Pero ahora, con las redes sociales en pleno apogeo, la pregunta está servida: ¿influirán también estas nuevas formas de comunicación en las dinámicas del Vaticano? ¿Veremos un día a un papa que ya era tendencia en Twitter antes de ser elegido?
Por ahora, el humo blanco sigue saliendo por la chimenea de la Capilla Sixtina, no por la del algoritmo. Pero el mundo observa –y comenta– como nunca antes. @mundiario