Irak, el frente silencioso de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán

Ataques con drones, milicias proiraníes y tensiones en el Kurdistán convierten al país en un escenario clave –y frágil– de la nueva confrontación regional.
Ilustración de Irak, que se afianza como escenario paralelo de la guerra de Israel y EE UU contra Irán. / Mundiario
Ilustración de Irak, que se afianza como escenario paralelo de la guerra de Israel y EE UU contra Irán. / Mundiario

Las guerras contemporáneas rara vez se libran en un único escenario. La confrontación abierta entre Israel, Estados Unidos e Irán está teniendo su epicentro en el Golfo y en territorio iraní, pero cada vez con mayor claridad se extiende a un país que conoce demasiado bien los efectos de los conflictos ajenos: Irak.

Los últimos acontecimientos apuntan a que el país se está consolidando como un frente paralelo de esta guerra regional. La caída de un avión cisterna militar estadounidense en el oeste de Irak, en la que murieron seis tripulantes, se produjo en el contexto de las operaciones militares vinculadas al conflicto con Irán. Washington sostiene que el accidente se debió a un incidente entre aeronaves y no a un ataque, aunque milicias proiraníes han afirmado haberlo derribado. 

El episodio es significativo no tanto por sus causas —aún bajo investigación— como por el entorno estratégico en el que se produce. Irak se ha convertido de nuevo en un espacio donde confluyen actores locales, milicias regionales y fuerzas internacionales. Y ese cruce de intereses hace que cualquier incidente pueda adquirir un significado político mayor.

En las últimas semanas se han multiplicado los ataques con drones y misiles contra instalaciones occidentales en territorio iraquí. Una base italiana en Erbil fue alcanzada por un dron sin causar víctimas, y un ataque similar contra una instalación militar en el Kurdistán iraquí provocó la muerte de un soldado francés y varios heridos. 

También un complejo diplomático estadounidense en Bagdad fue objetivo de un ataque con drones atribuido a milicias alineadas con Irán, lo que refleja hasta qué punto el territorio iraquí se ha convertido en un escenario indirecto de represalias y mensajes estratégicos. La razón de esta deriva se encuentra en la propia estructura política y militar del país. Irak alberga poderosas milicias chiíes próximas a Teherán –como Kataib Hezbollah o Harakat al-Nujaba– que forman parte del entramado de fuerzas armadas paralelas que surgió tras la guerra contra el Estado Islámico. Estas organizaciones, integradas formalmente en estructuras estatales pero con agendas propias, constituyen un actor decisivo en el equilibrio de poder interno.

Al mismo tiempo, el norte del país presenta una realidad distinta. El Kurdistán iraquí, región autónoma con su propio Gobierno, Parlamento y fuerzas de seguridad –los peshmerga–, mantiene una relación estrecha con Estados Unidos y otros países occidentales. Esa dualidad convierte a Irak en un territorio particularmente vulnerable a las tensiones regionales.

El pueblo kurdo –una de las mayores naciones sin Estado del mundo– se reparte entre Turquía, Irán, Irak y Siria, con una población estimada de entre 25 y 45 millones de personas

El Kurdistán, además, tiene una dimensión geopolítica que trasciende las fronteras iraquíes. El pueblo kurdo –una de las mayores naciones sin Estado del mundo– se reparte entre Turquía, Irán, Irak y Siria, con una población estimada de entre 25 y 45 millones de personas. Esa dispersión territorial convierte cualquier crisis regional en un asunto que afecta simultáneamente a varios Estados.

En el caso actual, la región autónoma iraquí se ha convertido en un punto de fricción adicional. Allí conviven fuerzas occidentales, milicias locales y grupos de oposición kurdo-iraní, que han sido objeto de ataques por parte de Teherán en diferentes momentos. El resultado es un espacio donde confluyen las tensiones de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán, las rivalidades internas iraquíes y el viejo conflicto kurdo.

Esta complejidad explica por qué Irak reaparece una vez más como escenario indirecto de una confrontación regional. El país sigue siendo una pieza central en el equilibrio estratégico de Oriente Próximo, pero también uno de los más frágiles.

La historia reciente ofrece una advertencia clara: cuando las potencias regionales e internacionales trasladan sus disputas al territorio iraquí, el país acaba pagando un precio desproporcionado. La pregunta ahora es si esta nueva escalada convertirá a Irak en un frente permanente de la guerra o si todavía existe margen para evitar que vuelva a ser, como tantas veces, el campo de batalla de los conflictos de otros. @mundiario

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