Los intereses generales
Los últimos acontecimientos de Palestina, con guerrilleros de Hamás saltándose con aparente facilidad la estricta vigilancia de un Israel mejor armado que nadie, hace saltar muchas alarmas cerca y lejos de una geografía especialmente lacerada desde 1948. En esa zona, el sionismo logró hacer efectiva, con el apoyo firme de Truman, la partición efectiva de Palestina; a cambio de la ayuda para que validara un segundo mandato, después de la brevedad del primero, la coyuntura propició lo que los sionistas venían pidiendo desde la Declaración Balfour en 1917 y la Sociedad de Naciones en 1922. El establecimiento de un “Hogar Nacional Judío” había ganado en simpatía desde que, en enero de 1945, las tropas rusas habían dado a conocer los horrores del campo de exterminio nazi en Auschwitz.
No es justificable lo del pasado fin de semana, pero es inteligible. En el transcurso de estos setenta y ocho años, la cohabitación prepotente a que los israelíes han sometido a los palestinos, ha dejado a estos progresivamente aislados y sin vida propia; en Cisjordania y la Franja de Gaza, los pocos que todavía quedan gravitan permanentemente entre la humillación y la depresión, mientras los victoriosos de varias guerras demuestran a diario cómo el supuesto carácter moral y espiritual único de lo que, como proclamaba en 2004 el Programa de Jerusalén -el respeto mutuo del multifacético territorio judío, y la aspiración a la paz y a la mejora del mundo-, han sido conculcados en sucesivos conflictos. Desde 1948, la superioridad técnica del Estado de Israel, encerrado en la defensa de un solipsismo crecientemente conservador, ha sido ejercitada como poderoso vigilante de los intereses occidentales. Desde antes de Alejandro Magno, esa área, siempre estratégica en las comunicaciones económicas y culturales de la Eurasia política, lo es en la perspectiva de otros actores y, también, en la de los líderes europeos, para quienes “el ataque” “despreciable” -esta “horrible violencia” “indiscriminada”- despierta “la solidaridad con Israel”, la “consternación” y la renovación del “compromiso con la estabilidad regional”. Nada han dicho, sin embargo, acerca de cómo poner fin a la situación desesperada del 80% de quienes, al otro lado de un muro tan denostado como el de Berlín, subsisten gracias a la solidaridad instrumental de las ONG. Menos han mencionado el incumplimiento por parte de Israel de lo establecido sobre el reparto del territorio. En definitiva, la “cuestión del Oriente medio”, que, desde 1948, ha constreñido más la presencia palestina, sigue sin resolver el interés general de la convivencia plural. El poeta Mahmud Darwix, nacido cerca de Belén en 1941, murió preguntándose, “en presencia de la ausencia” de su tierra, si la tierra es “la Tierra de todos los hombres”.
Como un fractal
La estructura de lo que sucede entre Palestina e Israel es un fractal repetitivo de lo que acontece entre Ucrania y Rusia. En líneas generales, refleja asimismo la que sostiene las inestables relaciones entre demócratas y republicanos de EE UU, constituyendo, incluso, un paralelismo de asombrosas reiteraciones con lo que todo ciudadano puede atisbar en la política española. Un día sí y otro también, los líderes de las formaciones políticas anhelan transmitir que trabajan por el interés general; lo dicen de continuo para que no quepa duda de su preocupación, tan grande que la mayoría de las veces en que mencionan el preciado sintagma, parece que cada uno tiene la exclusiva. Con tal intensidad lo hacen, que sería ofensivo entender el preciado “interés general” de modo distinto al suyo; es decir, que la idea que puedan tener los demás no tiene valor y no sirve de nada.
En términos estadísticos, tal como van las cuestiones preparatorias para la viabilidad de la segunda investidura a la Presidencia del Gobierno, poco más de la mitad de los españoles está en desacuerdo con casi la otra mitad. Aparte, o en medio, están bastantes delimitaciones y matices respecto a lo que unos y otros estén acordes en cuanto a “interés general”. Oyéndolos a todos, a sus portavoces, detractores y amigos, se cae en la cuenta de lo irreductible que es el fin último de la Ética con sus versiones pragmáticas de la gran ley del embudo, en que el fin justifica los medios siempre que vayan en beneficio de la propia visión de las relaciones sociales. No es sólo que cada cual hable de la feria según le haya ido, sino que, además, pugnará por que siempre le siga yendo bien, sin contar con que pueda dañar a otros tanta ventaja.
El espejo educativo
No obstante, no es raro que de las sucesivas versiones de unos y otros, amigos y detractores, portavoces y contraprogramadores, se puedan ver consolidadas coherencias e incoherencias entre dichos y hechos. Educación es uno de esos ámbitos que mejor reflejan los valores, ideas y acciones a las que dan valor los humanos en otros muchos planos de la realidad. Lo que es o no es la escuela, el instituto, el colegio, la universidad y otros elementos del sistema educativo, es su repercusión inmediata; lo que hay o no hay, los medios de que dispone, los objetivos a que obedece y la eficiencia que tenga constituyen eso que tanto se invoca para hablar de su “calidad”. Ese conjunto es, en definitiva, lo que hace que quienes transitan por su itinerario, puedan decir de esa experiencia obligatoria que ha sido un “fracaso” o, al contrario, una maravilla.
Como quiera que es de interés general, además, que lo que hace ese sistema repercuta de inmediato en que la sociedad esté bien dispuesta a una mejor convivencia, nadie debiera escandalizarse por que cuanto acontece entre israelitas y palestinos, entre ucranianos y rusos, o entre facciones y partidos de diverso color, se esté desarrollando de igual modo dentro del sistema educador que hemos logrado construir en España. Estamos en un territorio donde muchas cuestiones estructurales de fondo interpretan el art. 27 de la CE78 ateniéndose a maneras formativas subordinadas “al orden sobrenatural y a lo que exija el bien común en las leyes del Estado”, que decía el art. 2 de la Ley de Enseñanza Primaria de julio de 1945; los Acuerdos con la Santa Sede lo refrendaron situando la Religión, y asuntos lindantes, como cuestión “fundamental” (arts. 1, 2 y 4 del Acuerdo firmado el 03.01.1979). Mientras, el paso por las aulas de más de un tercio del alumnado sigue siendo un “fracaso”: el 28% de los españoles de 34 años no tiene la ESO, y España tiene una de las tasas de abandono escolar más temprano de la UE. @mundiario