El hogar privado y el hogar público
He tenido la fortuna de escuchar y conversar durante años con buenos urbanistas, magnificos arquitectos, técnicos y juristas especializados y hasta con un alcalde de enorme sensibilidad y oficio en ese ramo.
De ellos aprendí, entre otros conceptos, que todos los desastres que degradaron el urbanismo gallego proceden de no querer ver el paisaje y lo en el construido hace menos de cien años.
Un pensador y lexicógrafo chino, Lin Yutang, lo resume de forma hermosa diciendo: “La mitad de la belleza depende del paisaje y, la otra mitad del hombre que lo mira”.
Presidentes conservadores de la Xunta, alcaldes insensibles, arquitectos sin escrúpulos profesionales, promotores, y constructores, no llevaban ni la belleza ni el oficio dentro de su alma, y por esa razón no la encontramos en parte alguna de su trabajo en relación con el territorio, el crecimiento de la ciudad, la construcción, la rehabilitación y restauración de las mismas.
Se puede construir un hogar privado hermoso dentro de un hogar publico llamado ciudad o villa, y se puede hacer de forma digna y adecuada. Y en algunos lugares se trabaja por conseguirlo.
Deben los poderes públicos promover las condiciones necesarias para que ello sea posible y para que todos puedan disponer de una vivienda ajustada a sus necesidades y asequible económicamente, bien en régimen de alquiler o en propiedad.
La casa, es siempre un espacio de identidad y protección. Un lugar de vecindad y de pertenencia.
La vivienda nos da seguridad, estabilidad, y es el lugar donde desarrollamos y soñamos nuestros proyectos familiares.
A pesar de estos valores, si la planificación, construcción de la ciudad y de las viviendas, se deja exclusivamente en manos del mercado, su lógica lo reduce a un bien económico, a una simple mercancía, y lo aleja de lo recogido en el Articulo 47 de nuestra Constitución.
Hipotecas de alto riesgo, fondos buitre, alquileres desorbitados, especulación, burbujas inmobiliarias… y hasta la sustitución en determinadas zonas de personas vulnerables, por otras de mayor poder adquisitivo.
Quedan expulsadas así de su barrio, del lugar en el que han vivido, y no por voluntad propia, sino a través de técnicas sofisticadas de acoso inmobiliario.
A ello le llaman “gentrificación” y se está produciendo en muchos lugares de nuestras urbes, lugares generalmente apetecibles por su centralidad, seguridad, calidad de vida, o reconocimiento histórico.
Nuestras centros históricos son un objetivo de ese mercado, además de cómo viviendas, por otras razones tales como: pisos turísticos, comercios, tiendas y lugares para la hostelería.
Sabemos de sobra que rehabilitar estos centros históricos es basicamente fijar a la población de forma equilibrada, mejorando sus condiciones de habitabilidad y conservando sus elementos arquitectónicos con el uso de materiales tradicionales.
El entorno, las formas de vida, los espacios urbanos, y sobre todo el procurar mantener en ese lugar a sus habitantes, es lo que hace que sean un lugar permanentemente vivo y singular.
Las administraciones públicas, sobre todo las autonómicas y locales, son las depositarias de las competencias exclusivas en estas materias, y, o se convierten en garantes de las iniciativas de las intervenciones, sobre todo en política social de la vivienda, aumentando su parque hasta los estándares europeos (del 2% actual en España al 15%) , para así conseguir que muchas personas puedan acceder a alquileres en función de su nivel de vida, (el 42% de las personas en régimen de alquiler dedican el 40% de su renta disponible a pagar su vivienda, mientras en Europa esa cifra es del 25%), o, permiten que el mercado, cada vez más depredador, se haga con el paisaje, con todo el parque inmobiliario y con los usos que le convengan.
Esto puede evitarse estableciendo cuotas de vivienda protegida, reservando espacios para la misma, promocionando la ocupación de viviendas vacías, impulsando la rehabilitación, e impidiendo que las viviendas de protección pasen al mercado ordinario o caigan en manos de fondos financieros.
Decía creo que Epicteto, que engrandecer una ciudad no equivale a elevar los tejados de sus edificios.
El hacer posible un orden entre las partes de un todo, da lugar a una buena convivencia social que también en el urbanismo y la vivienda tiene su lugar.
Y esa, es la responsabilidad básica de nuestro gobierno autonómico, que en Galicia vive, en esta materia, de espaldas a una coexistencia razonable y colaboradora con sus ayuntamientos, alejada de las necesidades residenciales de los ciudadanos, y ello a pesar de las muchas mayorías absolutas que consigan. @mundiario