La Europa que necesitamos no precisa que la defina Trump
Cuando se cumple el tercer año de la invasión ilegal de Ucrania por la Rusia de Putin, el conflicto se convierte definitivamente en una guerra claramente europea. Después de que Estados Unidos se ha pasado tres años alentando a Ucrania, de pronto -tras la victoria electoral de Trump- esos mismos Estados Unidos han tomado un claro partido por la Rusia de Putin. Y Europa queda como el apoyo fundamental que le resta al Pueblo ucraniano para resistir la agresión, o para negociar honrosamente un armisticio sin imposiciones y en ejercicio de la plena soberanía.
No importa que Zelensky dé muestras de flaqueza, y manifieste signos de debilidad, inmolándose para que Ucrania entre en la OTAN, buscando una línea de defensa frente a Rusia. La entrada en la OTAN en un momento en el que la Alianza está siendo socavada desde dentro no ofrece ninguna seguridad. Mientras que el apartado 7 del artículo 42 del Tratado de la Unión Europea, modificado en 2012, establece: “7. Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”.
La entrada de Ucrania en la OTAN en estos momentos está más que dudosa, y contaría con la oposición radical de los Estados Unidos de Trump, mientras el autosacrificio de Zelensky daría pie a unas elecciones en las que Trump trataría de influir para que las ganara un candidato moldeable a sus pretensiones, tanto de llegar a una rendición ante Rusia como a negociar con Estados Unidos una leonina participación de éstos en la explotación de energía y minerales, y más en concreto de las “tierras raras”, que ambiciona para nutrir sus necesidades tecnológicas. Ante esta situación, la Unión Europea está obligada a despejar cuanto antes sus incertidumbres y a adoptar una posición clara y contundente: la de Ucrania es una guerra europea, en la que Europa debe adoptar decisiones que cierren el paso a la posición unilateral de Trump de dividirse el botín con Putin. En consecuencia, debe defender rotundamente que Ucrania no es un botín de nadie, que es un país soberano, al que acoge cuanto antes en el seno de la Unión Europea.
Y sobre ese eje es sobre el que debe afrontar el debate y las decisiones acerca de la consolidación de la defensa europea y sus gastos de defensa: no sobre las exigencias de Trump a través de una OTAN de la que Trump, con sus hechos está con un pie fuera.
Trump abandona la OTAN
No es una exageración afirmar la falta de un compromiso serio de Trump con la OTAN. Hay numerosas actuaciones en las que demuestra que no se siente dentro de la Alianza Atlántica, ni vinculado a los miembros de la misma:
Ataca a Canadá, no solamente subiendo los aranceles -en contra de los principios del Tratado de Libre Comercio norteamericano-, sino acusándola de una desidia que la convierte en un canal de narcotráfico hacia Estados Unidos; y proclamando una amenaza solapada de agresión a su soberanía, con su afirmación de que Canadá debe convertirse en el estado número 51 de los Estados Unidos.
Amenaza a otro Estado de la Alianza, como es Dinamarca, con comprarle, por las buenas o por las malas, Groenlandia. Aprovechando su fuerte presencia militar en el territorio ártico, gracias, precisamente a la OTAN.
Agrede a la Unión Europea, no solamente con la subida de aranceles y con continuas afirmaciones ofensivas y despectivas, sino con una intromisión nada amistosa en los asuntos internos de la Unión, y tratando de ningunearla al intentar un armisticio sin contar con Europa y repartiéndose los despojos mano a mano con Putin, a quien la Unión Europea tiene impuestas sanciones y embargos, precisamente por su agresión contra Ucrania. Y dándose la paradoja de que, en ayuda en armamento, financiera y humanitaria, la UE ha puesto en Ucrania 10.000 millones de euros más que Estados Unidos.
Por otra parte, los comportamientos que exhibe el presidente estadounidense se salen claramente de la Carta de las Naciones Unidas, a cuyos principios se obligan los socios fundadores en el preámbulo del Tratado de la Alianza del Atlántico Norte en 1949.
Todo eso hace que los Estados Unidos de Trump no sean un socio fiable en la Alianza Atlántica, ni tenga autoridad moral alguna para imponer lo que cada aliado tiene que invertir en defensa. Más bien, Trump ha puesto a los Estados Unidos con un pie fuera de la Alianza.
Una postura firme y unitaria de la Unión Europea
En estas condiciones, La Unión Europea -por más vicisitudes que estén atravesando varios de sus Estados miembro- no puede refugiarse en la indecisión frente a una guerra de agresión que se está desarrollando en su territorio y que, de una manera o de otra amenaza a varios de sus Estados miembro que forman frontera con Rusia y con Ucrania.
Europa -sabiendo que Trump trata de socavarla con la desunión y con el apoyo a la extrema derecha antieuropea- tiene que tomar una serie de decisiones sin titubeos:
Ya que tiene anunciada la medida, urge que adopte la decisión de integrar a Ucrania en la Unión, obligándose al amparo que, como miembro, le brinda el artículo 42.7 del Tratado de la Unión. Y afianzándose como parte indispensable en cualquier negociación de un armisticio.
Esa opción elimina las especulaciones de enviar fuerzas de paz ante un hipotético armisticio firmado a espaldas de Ucrania y de Europa: porque tal posición acepta de hecho la iniciativa unilateral y excluyente de Europa y de la soberanía de Ucrania que pretenden desarrollar Trump y Putin.
Abordar de manera expeditiva una estrategia de financiación de la defensa de Europa que, siendo realistas, pasa por las posiciones de los 19 países que solicitaron por carta a la presidenta del BEI una ampliación significativa de la línea de financiación para defensa y seguridad. Y pasa por la postura de varios países (España está en los dos grupos mencionados) de una financiación común de la Unión Europea, para articular su defensa y seguridad. Una articulación que debe ser estratégica y logística, implementando la tecnología y la industria necesarias, y repartiendo adecuadamente entre los 27 quién hace qué, y cómo se redistribuyen los medios generados entre los diferentes Estados miembro.
Por cierto: en cuanto a esa financiación conjunta, en el contexto del ingreso de Ucrania en la Unión, hay un respaldo a tener en cuenta, que ha destapado el propio Trump, cuando pretende quedarse con la explotación de los minerales y tierras raras de Ucrania a cambio de su ayuda prestada. No sería difícil negociar con el Gobierno ucraniano un respaldo de esa financiación precisamente con esa riqueza mineral -e incluso un tratado de explotación conjunta del mismo-, en el contexto de un acuerdo justo, sin imposiciones y respetando la soberanía plena de Ucrania.
Personalmente me sorprendo viéndome escribir como si no fuera pacifista. Pero considero que, tal y como se presentan las actuales opciones internacionales, reforzar la defensa y la seguridad de Europa es construir la democracia y defender el Estado del Bienestar: que es lo que Trump y su banda de millonarios están tratando de debilitar, consecuentemente con su ideología del anarquismo ultraliberal e individualista que trata de destruir la igualdad, la lucha contra el cambio climático y la convivencia democrática de las sociedades.
Recurrir a las armas es lo que hizo una gran parte del Pueblo español para defender la legalidad de la democracia republicana contra el golpe de Estado apoyado por nazis y fascistas.
El multilateralismo
Desde el final de la segunda guerra mundial, Europa -y muy especialmente la Unión Europea- han considerado a Estados Unidos como su socio preferente. Y no se trata de generar una ruptura con los Estados Unidos, porque hay que mantener la esperanza de que después de Trump ese país tendrá que realizar una recomposición de su posición internacional que repare los destrozos de la política de ese anarquismo ultraliberal depredador. Como no se trata de generar una ruptura de la OTAN, incluso aunque la mayoría de sus 32 miembros descalifiquen y se opongan a las imposiciones que quiere implantar Trump. Que sería algo deseable y positivo.
Pero sí se trata de entender que el mundo es ancho y largo, y que hay muchos países con los que comerciar y con los que llegar a entendimientos, tanto de cooperación como de inversiones mutuas y de relaciones políticas. Librándonos, por ejemplo, de la trampa en la que hemos venido cayendo, inducidos por la guerra comercial de Estados Unidos contra China, de considerar que no debemos comerciar ni cooperar con China porque no es una democracia (cuando podríamos sacar una lista de países no democráticos con los que comerciamos), o de acusar a China de no respetar los derechos humanos, cuando hemos tenido como socio preferente a Estados Unidos, que mantuvo la vergonzosa y siniestra mazmorra del Guantánamo de antes, con presos sin juicios ni pruebas, con torturas y maltratos, y que ha reinventado el Guantánamo de ahora, que tiene previsto mantener como campo de concentración para 30.000 migrantes sin documentación: y ya hemos visto imágenes de televisión de los primeros migrantes al ser internados, encadenados y tratados como se trataba en su día a los esclavos.
Una Europa liberada de prejuicios tiene que abrirse al mundo. Tiene que negociar con el mundo. Debe tener en cuenta a una Latinoamérica que se esfuerza por dejar de ser el patio trasero del imperialismo estadounidense. Y una África a cuyo desarrollo ordenado y sin expolios debemos cooperar. Muy especialmente, porque es la fuente de una gran parte de los inmigrantes que nos llegan, y que hacen que los antidemócratas, xenófobos, insolidarios y supremacistas traten -en nombre del nacionalismo a ultranza- de deteriorar y deshacer a la propia Unión Europea.
Palestina
Es otro capítulo que necesita abordar la Unión Europea, si quiere realmente jugar un papel protagonista en el mundo. La oposición radical a la solución Trump-Netanyahu de rematar el exterminio del Pueblo palestino con la expulsión. La intervención para que, de una vez, se lleve adelante el plan de los dos Estados. Y abrir la vía de negociación y cooperación con los países árabes para contribuir a que se ordene Oriente Medio, con una política en la que se negocie entre todos ellos al menos un acuerdo de mínimos.
Europa está obligada a aclarar sus ideas, a adoptar una posición coherente y firme y a tomar la palabra ante el mundo, hablando por sí misma y negociando por sí misma. Un debate en este sentido puede terminar resolviendo muchos de sus propios problemas actuales, y aclarando posiciones. Y ayudando, si hace falta, a una recomposición, que en algunos casos es obligada, para recuperar el espíritu fundacional tanto de la CEE como de la Unión Europea.
Soy consciente que mi propuesta no es sencilla en una Europa a 27, y menos aún tras los resultados electorales en Alemania: aunque el futuro canciller Merz se ha comprometido a plantarle cara a Trump a favor de una Europa reforzada. Los sectores conservadores, e incluso el propio centro izquierda, van a andar con pies de plomo -o incluso con temerosos retrocesos- en temas como la inmigración. Frente a lo cual hay que abrir el necesario debate entre inmigración e integración. Con un crecimiento vegetativo y un envejecimiento progresivo como el europeo, la inmigración es imprescindible. Como imprescindible es una tarea adecuada de integración social para que el obligado mestizaje se convierta en un valor positivo y la realidad termine quitando excusas a la xenofobia. Y como imprescindible es incluir en la agenda el análisis de una cooperación seria y eficiente con los países africanos, al margen de los resabios colonialistas que aún andan flotando en muchas cabezas europeas. @mundiario