Europa calla ante la guerra contra Irán mientras sus ciudadanos toman posición

Ilustración de Europa ante la guerra. / Mundiario
Una semana después del ataque de Estados Unidos e Israel, la Unión Europea sigue sin articular una postura clara ante un conflicto que puede redefinir Oriente Próximo y alterar el equilibrio global.

Más de una semana después del inicio del ataque militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, Europa continúa sin una posición política clara ante un conflicto que amenaza con alterar el equilibrio de Oriente Próximo y provocar consecuencias globales de gran alcance. La paradoja es evidente: mientras las cancillerías europeas vacilan –salvo la española–, la opinión pública del continente parece tener menos margen de duda.

Lo que comenzó hace una semana no puede entenderse como un episodio más dentro de la larga cadena de tensiones regionales. El bombardeo ordenado por Donald Trump y respaldado por el Gobierno de Benjamín Netanyahu constituye el inicio de una guerra abierta contra Irán. La decisión resulta aún más controvertida si se recuerda que apenas un día antes de los primeros ataques representantes de Washington y Teherán seguían negociando en Ginebra un posible acuerdo destinado precisamente a evitar la escalada militar. Todo indica que, mientras se desarrollaban esas conversaciones diplomáticas, la decisión de atacar ya estaba tomada.

Criticar esta acción unilateral no equivale, ni mucho menos, a legitimar al régimen iraní. La teocracia instaurada tras la revolución de 1979 ha reprimido a su propia sociedad durante décadas, ha restringido libertades fundamentales y ha alimentado redes de influencia armada en toda la región. Pero la naturaleza autoritaria del régimen no convierte en aceptable cualquier intento de derribarlo por la fuerza ni justifica una operación militar de consecuencias imprevisibles.

Durante la última semana, EE UU ha lanzado mensajes contradictorios: desde la expectativa de un levantamiento popular hasta la posibilidad de negociar una transición con sectores del régimen, pasando por exigencias de rendición total

De hecho, la incógnita central sigue sin resolverse: cuál es el objetivo real de esta guerra. La eliminación del líder supremo, Alí Jameneí, no ha provocado el colapso del sistema político iraní. Tampoco se percibe un plan coherente sobre el futuro del país. Durante la última semana, la Casa Blanca ha lanzado mensajes contradictorios: desde la expectativa de un levantamiento popular hasta la posibilidad de negociar una transición con sectores del propio régimen, pasando por exigencias de rendición total. Este sábado, Trump llegó incluso a amenazar con la “destrucción total” de Irán. Si existe una estrategia, nadie la ha explicado.

Mientras tanto, el coste humano aumenta cada día y el riesgo de una expansión regional del conflicto se vuelve cada vez más tangible. Irán no es un actor aislado en Oriente Próximo y cualquier escalada puede arrastrar a múltiples actores estatales y no estatales. Las consecuencias económicas globales –desde la energía hasta el comercio– ya empiezan a dejarse sentir.

En este escenario, el único ganador político claro hasta el momento parece ser el Gobierno de Netanyahu. Su coalición ultraderechista llevaba años defendiendo la necesidad de golpear militarmente a Irán. Para sus sectores más duros, la fragmentación regional abre una oportunidad histórica para consolidar la primacía estratégica de Israel en Oriente Próximo. El conflicto llega además después de meses marcados por la devastación de Gaza, con decenas de miles de víctimas civiles palestinas, la expansión de la guerra hacia Líbano y la consolidación de la ocupación de facto en Cisjordania.

La reacción europea, en cambio, ha sido errática y dispersa. España fue uno de los pocos países que expresó desde el inicio un rechazo explícito a la guerra, una postura que parece alinearse, según las encuestas, con el sentir de la opinión pública. Sin embargo, incluso en este caso el debate político interno sigue pendiente de concretarse plenamente en el Congreso. En otros países europeos la confusión ha sido aún más visible. Algunos líderes han alternado en cuestión de horas declaraciones de tono militar con intentos de distanciarse del conflicto. El caso del presidente francés ilustra bien esta vacilación: de advertencias sobre la dimensión estratégica del enfrentamiento a aclaraciones apresuradas de que Francia no está en guerra. El resultado es que, una semana después del inicio de las hostilidades, la Unión Europea continúa sin una voz común ante uno de los acontecimientos geopolíticos más graves de los últimos años. Y esa ausencia resulta especialmente inquietante si se tiene en cuenta lo que está en juego.

Si el conflicto se amplía –algo que nadie puede descartar– Europa se verá obligada a tomar decisiones difíciles en materia de seguridad, diplomacia y economía. El reciente ataque contra Chipre ya ha sido interpretado por muchos analistas como una advertencia de hasta qué punto la guerra puede extenderse hacia el Mediterráneo.

La única forma de evitar ser arrastrados por la dinámica del conflicto pasa por una respuesta política clara y coordinada. Sin embargo, esa respuesta aún no existe. Europa parece haber entrado en uno de esos momentos en los que los acontecimientos avanzan más rápido que la voluntad política de sus dirigentes. Y, mientras tanto, sus ciudadanos observan cómo el continente que aspira a ser un actor global relevante permanece en silencio ante una guerra que puede redefinir el orden internacional. @mundiario