Sobre el espacio de la moderación
La realidad política española, cada vez más radicalizada e ideologizada, precisa de moderación, tolerancia, entendimiento, mesura. Cualidades que hoy parece que no cotizan en el mercado electoral, pero que son imprescindibles para que los países progresen y, de paso, y como consecuencia, para que las personas puedan vivir en mejores condiciones de vida y puedan realizarse en libertad solidaria.
Por eso, la cuestión del centro se asoma por enésima vez. Una cuestión que no es solo intelectual, sino de hábitos democráticos, de costumbres políticas que, en este querido país, a pesar de los años transcurridos desde la transición, parece que no han calado como debieran.
Para unos, el centro es la nada, la permanente indefinición, el vacío, la relatividad. Para otros, entre los que me cuento, el espacio de centro reclama nuevas maneras de hacer política que hoy, sin embargo, chocan con el arribismo y la falta de fortaleza moral que habite entre tantos actores políticos del momento.
En este sentido, el centro es un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades colectivas reales de los ciudadanos, implicando a las personas como protagonistas de la acción política. Lo importante no es el vértice, sino la base, y en la base está la centralidad de la excelsa y suprema dignidad humana. La clave está en las personas, no en las estructuras.
No se trata, pues, de aplicar una receta universal, no se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares como esgrimió tiempo atrás la ideología cerrada sea del color que sea. No se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va al origen de todos los pesares que sufre la humanidad, tal y como figuraban en los vademecums de las tradicionales posiciones políticas. En el centro se buscan soluciones concretas para los problemas de cada sector, de cada grupo, de cada colectivo en cada momento a partir de la centralidad del ser humano, de la racionalidad, del trabajo sobre la realidad, de la mentalidad abierta, de la metodología del entendimiento y de la sensibilidad social. Por eso puede decirse que el centro no es un espacio fijo o estático, sino que, en sí mismo, está en permanente adaptación al dinamismo de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar, con imaginación, con creatividad y sin miedo, nuevos planteamientos en la vida política como respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos a los que las mujeres y los hombres permanentemente se enfrentan.
Desde estos planteamientos puede entenderse que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión completa y cerrada del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno y completo de la realidad.
El espacio de centro, si se practica coherentemente, es un espacio político que permite el gobierno moderado y plural de un país. Pero para ello hay que escuchar, comprender las nuevas ideas que rigen ahora el mundo, apostar al pluralismo real y al respeto a las diferentes maneas de entender el proyecto político. Por supuesto, pero sin olvidar que el centro tiene unos postulados propios, que el centro tiene principios y, sobre todo, que el centro exige un exigente trabajo político exigente. Hoy, desde luego, arrinconado por la deriva ideológica que domina el mundo de uno a otro confín. @mundiario