Lo que nos enseña el pasado para no repetirlo y dialogar con respeto y formas
Es bastante conocida la anécdota de que pese a lo bronco de sus debates, en el Congreso de los Diputados de los agitados años 30, en una ocasión en que el socialista Prieto defendió a José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, pese a la distancia sideral que los separaba, el segundo cruzó el hemiciclo y abrazó al primero, cuando éste lo argumentó a su favor con respecto a un asunto sobre la posesión de una pistola, hecho lamentablemente común en aquellos días, con relación a un caso similar de otro diputado al que no se aplicaba el mismo criterio. Hoy sería impensable que dos diputados de tan opuestas tendencias protagonizaran una escena parecida en el Congreso de los Diputados. Con esto quiero decir que pese a la crispación del debate, sobre todo en los últimos días de la República el clima se fue deteriorando de tal modo que el de hoy se parece mucho al de aquellos días.
A lo largo de mi carrera como periodista, tuve el privilegio de poder conocer y entrevistar a personajes clave de aquella convulsa España de los años 30, y repasar con calma sus propias responsabilidades en la tragedia de 1936. La mayoría de esas entrevistas que grabé y conservé se pueden consultar hoy en el Arquivo Sonoro de Galicia, donde las deposité, están ordenadas, digitalizadas y pueden ser examinadas libremente. Entre los personajes que entreviste destacan Enrique Líster, Santiago Carrillo, José María Gl Robles, Dionisio Ridruejo; Santiago Alvarez, el hemano de Durriti, que trabajaba de ferroviario en Lugo, a los generales Gutiérrez Mellado y Díaz Alegría, varios ministros de Franco y Eugenio Montes. También conocí y entrevisté a historiadores fundamentales para comprender nuestro pasado como Herbert Rutledge Southworth, historiador norteamericano, autor del libro “El mito de la cruzada de Franco”. Y además a todos los personajes notables de la transición, desde Roca Junjent a Suárez, Felipe González, Alfonso Guerra, Fraga, Bustelo Peces Barba o hasta Jordi Pujol o Enrique Tierno Galván. Con respecto a los primeros, la conclusión general, desde la perspectiva de cada uno, era que el clima previo a la tragedia era que, según sus palabras “No nos soportábamos”, vinieron a reconocer todos.
La evidencia de la España de nuestros días, en el plano del diálogo político, reproduce, a mi entender, un clima parecido a aquellos rotos los puentes de diálogo, respeto y tolerancia posible. Restablecerlos fue la gran función de la transición, clima que se ha ido deteriorando con el tiempo, hasta el punto insólito de que los propios miembros de la coalición de Gobierno califican a la Constitución de “Régimen del 78” y predicar abrogarla un día sí y otro también. El mayor enemigo de la Constitución es la variada concurrencia de los socios de Pedro Sánchez. ¿O es que hay dudas? Aparte de los citados actores en primer plano que he citado, también entrevisté a exiliados, como Arturo Cuadrado, el comunista Luis Soto, secretario de Castelao,y a todos los gallegos coetáneos desde Otero Pedrayo a Xaquin Lorenzo., Cunqueiro, Castroviejo, Paz Andrade y otros. Pero, en ese contexto, mi experiencia más enriquecedora fue sentarme a dialogar con dos ex combatientes de la guerra civil, cada uno de un bando. Curiosamente, ninguno quiso, pese a mis intentos, que hablaran de la guerra, sino de sus achaques y remedios, de sus nietos y de los equipos de fútbol de su preferencia. Aquellos dos ayer enemigos habían corrido un tupido velo sobre su pasado y representaban la esperanza, el horizonte, de una España nueva y unida de cara al futuro.
Doble rasero de abstracciones
Del aluvión de análisis que estos días se hacen, sorprende la parcialidad las abstracciones. De suerte que para unos es normal y ni siquiera se cuestiona la reforma precipitada, sin discusión, del Código Penal a la medida del descargar o anular, “realmente a la carta”, la responsabilidad de quienes incurrieron en actos que, se les califique de uno y otro modo, en cualquier país democrático, hubieran tenido reproche penal. Pero aún peor es que tales cirugías sobre el referido código sean el contrapago impuesto por determinados consocios del presidente Pedro Sánchez por su apoyo, y por si fuera poco, los portavoces de los beneficiados presumen de ello, al tiempo que advierten que sus planes son perseverar y que tales rebajas en tipificación de sus actos es una medida de efectos esperados “a futuro”. Todo esto es democrático y normal porque lo apoya una mayoría parlamentaria a cuyo frente está el mismo que dijera que por sus principios jamás lo veríamos en tal situación. Dentro de este clima, de esta realidad, emerge otro penoso episodio de nuestro presente, donde ahí sí que sesudos analistas cargan la pluma por el deterioro del sistema democrático que padecemos. Es lamentable el retraso en la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Menos mal que ha vuelto algo de cordura en la iniciada renovación, todavía incompleta. del Tribunal Constitucional. Pero ha sido insólito que desde la tribuna del Congreso se compare a los jueces con Tejero, se hagan analogías y se considere ilegítimo que en Cataluña se aplicara la Constitución y el Código Penal, calificándolo de “judicialización (término asumido por Sánchez, que ha hecho suyo el lenguaje de los independentistas) “agresión del Estado” contra quienes sólo querían abandonarlo a las bravas. Todo esto forma parte del mismo contexto.
Decía el doctor Pedro Sánchez no hace tanto que uno de los efectos negativos del bipartidismo era la capacidad de los partidos de elegir a los órganos de Gobierno de los jueces, competencia que él estaría dispuesto a renunciar. En el bloqueo de este asunto vemos la incapacidad de simplemente cumplir la ley, sin trampas y maniobras, lo que refleja la carencia de unos y otros para llegar a un pacto de Estado, sobre un aspecto concreto del Estado mismo. Y lo más curioso que los mismos que condenan a unos jueces y magistrados pertinaces asienten con los enjuagues y atajos que toman Sánchez y sus socios con asuntos delicados que exigían calma, sosiego y cumplir las propias previsiones que las hagan posible.
Y todo este clima se expone crudamente en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Pero no es de ahora. Viene de atrás. De todos modos, pese al clima creado, la sociedad española no es la de los años treinta. Por lo que debería ser más fácil reconstruir, dentro de debate y la discrepancia un clima, todo lo duro que se quiera en las posiciones, pero sin perder los modos como se está haciendo. No hace mucho, en este mismo foro, me quejaba ya de la torpe vulgaridad que se había instalado, salvo raras excepciones, en el Congreso de los Diputados. Y no es porque en otros tiempos de nuestra historia democrática no hubiera debates broncos, que los hubo, y el corolario fue el propio clima de los últimos tiempos de la II República como alertador prenuncio de lo que habría de venir. Ahora, nos habíamos resignado a la pérdida progresiva de lo que se supone debería ser el uso inteligente de la palabra en su templo; es decir, en el parlamento, en el Congreso de los Diputados, donde se espera que los oradores se esmeran o deberían evitar el uso chabacano de la lengua, lugares comunes, insultos, descalificaciones, pobreza léxica y expresiva extendidos como una plaga. Y hemos ido a peor con alegorías, metáforas y construcciones que evocan y manipulan episodios lamentables de nuestros días, con trasposiciones groseras, dentro y fuera del parlamento, por unos y por otros.
Esperemos que el paso dado por el denominado sector progresista del Consejo General del Poder Judicial sea un augurio de que las cosas van a cambiar y que el 2023, sea el año en que, dentro de la discrepancia y el debate, se recupere un poco de sensatez y cordura en el debate y la gestión del Estado. @mundiario