El regreso de Trump
Con la victoria de Donald Trump, los Estados Unidos y el mundo entran en una era que parece desafiar las bases de una convivencia social estable y el equilibrio en el escenario internacional. Esta victoria no solo es el triunfo de un candidato, sino el asentamiento de una manera de ver la política y la vida: una mirada en la que la diferencia se percibe como amenaza, y la confrontación, como estrategia de éxito.
El regreso de Trump marca una era en la que el nosotros colectivo parece dar paso al individualismo desafiante, al impulso primario de rivalizar con el adversario hasta el extremo, convirtiendo las instituciones democráticas en escenarios de competición más que en espacios de deliberación. Trump ha sabido tocar fibras profundas, reconectando con ese yo interior que, contenido por normas y límites, vive en una especie de pugna constante con lo políticamente correcto, con la igualdad y el respeto por la diversidad. Así, el triunfo de Trump podría interpretarse también como una victoria simbólica de esa versión más cruda de las sociedades occidentales.
No sorprende que su mensaje de Estados Unidos primero haya calado tan hondo en una sociedad que, aunque económicamente estable, vive la frustración acumulada de una inflación que, pese a estar ya bajo control, deja una huella en muchos hogares. La promesa de Trump es clara: proteger a los suyos a cualquier coste, con aranceles elevados y una mano de hierro contra la inmigración irregular, políticas que plantean para el comercio global y la cooperación internacional una ruptura preocupante. Su inclinación hacia políticas proteccionistas y un aislacionismo que parece recordar al pasado genera inquietud entre aquellos que miran hacia el futuro como un tiempo de colaboración y entendimiento global.
Donald Trump plantea además un reordenamiento en las relaciones internacionales que, sin duda, traerá consecuencias. En su visión de liderazgo, priorizar la fortaleza unilateral se impone sobre las alianzas tradicionales, lo que podría llevar a Estados Unidos a un distanciamiento de sus socios históricos, entre ellos los europeos. Sus declaraciones sobre Ucrania y su afinidad con figuras autoritarias abren un capítulo de preguntas complejas en el ámbito global: ¿qué sucederá con las garantías de apoyo a los aliados de la OTAN? ¿Y con los compromisos internacionales frente a desafíos globales como el cambio climático? De entrada, para Europa no ha ganado la mejor opción, que era la demócrata Kamala Harris, derrotada este 5-N.
Un motivo de preocupación para Occidente
Entre los principales desafíos que enfrentará el republicano Donald Trump en su nueva legislatura desde la Casa Blanca –la segunda, tras el mandato del demócrata Joe Biden– destacan la polarización política, el derecho al aborto y la inmigración, pero también la economía.
A la vista de los resultados de este 5-N, cabe reflexionar sobre la profunda fragmentación que, al parecer, ha transformado la política en una lucha de géneros y de generaciones, relegando la política de ideas y programas al margen. La victoria de Trump marca una especie de pulso entre la identidad y la modernidad, un pulso en el que el discurso cultural y los sentimientos han prevalecido sobre las propuestas y el análisis racional.
Con su regreso, Estados Unidos afronta un nuevo tiempo en el que la política corre el riesgo de perder su papel como espacio de consenso. Mientras Trump celebra su victoria en Florida, gran parte del mundo observa con cierta cautela una nueva realidad en la que la política, quizá, dejará de ser una cuestión de hechos y razón para convertirse en un ejercicio de emociones colectivas y de convicciones inamovibles. El triunfo de Trump simboliza una victoria sobre algo más profundo: un reto para la mentalidad política y social que definirá los próximos años no solo en EE UU, sino también en Occidente. @mundiario

