El legado de Judas

Judas y Jesús. / RR SS.
Se fundó una Iglesia en el nombre de Jesús pero con el legado de Judas. Durante siglos su poder se impuso, hay un Papa que dirige la fe de todo el mundo, vive en el lujo, la corrupción y la adulación.

En Un hombre traicionado, Jean-Yves Leloup nos presenta a Judas como el mejor amigo de Jesús, uno de los pocos que comprendían sus mensajes y podía debatirlos. Esperaba de él a un Mesías, valiente y poderoso, que liberara al pueblo judío del dominio romano. Que no solo obrara milagros curando enfermos o resucitando muertos, sino que fuera capaz de eliminar a los opresores, a los que no cumplían la ley de Dios, a los injustos. El Mesías debía unir a todas las naciones bajo un solo jefe. Ese era el que todo el mundo esperaba. Al principio iba a ser imposible sin emplear la fuerza. Al escucharlo, Jesús le respondió: Ese Dios en el que crees es un ídolo, un ídolo de poder, una ideología. Nuestro Dios no es único. Es Uno. El Uno respecto a las múltiples diferencias (…) ¿no habría que, al contrario, salvar al hombre de la uniformidad, de su reducción a un poder que se le imponga?

Discutían así, como verdaderos amigos.

Jesús le planteaba que su encarnación era el poder del Amor. El Amor es el único Dios del que no se puede hacer un ídolo. La única forma de tenerlo es dándolo. Su fuerza no está hecha para dominar, sino para servir. 

No había nada que más lo indignara a Judas que esa postura. En su cabeza no entraba que el Dios de la única religión verdadera sobre la Tierra, se hubiese hecho hombre para arrastrarse como un perro delante de los amos del mundo.

Cuando se separaban y se retiraban a orar, Jesús se dirigía a su Padre pidiéndole que se hiciera su voluntad en la Tierra como en el Cielo, que nos diera nuestros alimentos esenciales, que nos perdonara nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden, que nos alejara del mal.

Judas, en su rincón, se dirigía a Yahvé llamándolo Dios de los Poderosos, y le rogaba que todas las naciones se le sometieran, que nada se opusiera a su Voluntad, que nos diera comida en abundancia, que no perdonara a los impíos, que nos librara de la debilidad y que por cualquier medio nos permitiera alcanzar nuestro fin.

Nada más opuesto que estas dos filosofías.

Judas admiraba a Jesús, se había unido a él, era su amigo, pero cada vez se distanciaban más en sus creencias. Si Jesús no iba a ser el Elegido que él pensaba, si no tenia poder para dominar al mundo, ¿quién era? ¿a qué había venido? Le producía un rechazo enorme verlo lavarle los pies a los apóstoles, el consejo estúpido de poner la otra mejilla ante una agresión, y resignarse a que se hiciera la voluntad de Dios, aunque eso significara entregarse y que lo mataran. ¡Era tan fácil para él destruirlos con una sola palabra! Eso habría sido demostrar que era el Enviado. No era defendiendo a las mujeres, curando a los enfermos y multiplicando los panes y los peces que iba a convencer a la humanidad.

Se sintió traicionado.

Cuando Jesús, en la última cena, dijo que uno de ellos lo iba a entregar, miró fijamente a su amigo y le dijo Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Judas se sintió llamado a llevar a cabo esa espantosa misión para que se cumpliera la voluntad de Dios. Era el único que se iba a animar.

Fue a ver a los Sumos Sacerdotes que buscaban a Jesús por hereje y les indicó dónde estaba. A cambio, le dieron treinta denarios. Judas pensó que, aunque Jesús se negara, con esa plata podría comprar armas para defenderlo. De a ratos se tranquilizaba con la idea de que iba a ser la oportunidad para que se obrara el Gran Milagro de la Salvación. Nadie podría contra el Mesías.

Cuando los soldados llegaron donde estaban todos reunidos, Jesús les preguntó a quién buscaban, A Jesús de Nazaret. Yo Soy, respondió.

Judas estaba exultante. El coraje de Jesús le dio la seguridad de que los romanos iban a retroceder. Pero la alegría duró hasta que lo escuchó decirles que si él era el hombre que buscaban, dejara retirarse a los demás. No solo eso, cuando Pedro sacó su espada, le pidió que la guardara porque quien se sirve del cuchillo, por el cuchillo perece. Y se entregó.

Judas se sintió humillado y traicionado. Jesús era un cobarde. Rechazó la espada cuando los textos sagrados decían que había que dirigirla hacia los malvados. Matar a los infieles nunca había sido un crimen, más bien un acto de purificación. ¿Quién era este que decía ser el hijo de Dios?

No pudo soportarlo y se suicidó. La historia que sigue después todos la conocemos, ya sea por el Nuevo Testamento, por los Evangelios Apócrifos, o por obras literarias como Sed, de Amélie Nothomb. En ella vemos a un Jesús que se rinde ante tanta necedad e incomprensión. El enigma del mal no es nada comparado con el de la mediocridad, piensa cuando es llevado a la cruz. Todo su monólogo interior en ese horroroso e injusto martirio no es más que la explicación de que todo había sido inútil.

Nada de lo que predicó fue entendido.

Volver a ver a Jesús después de su muerte no alcanzó para traer la paz. Volviendo a Jean Yves-Leloup, en El Evangelio de María, leemos: "Cuando resucitó el primer día de la semana, por la mañana, se le apareció primero a María de Magdala (…) ella se lo contó a los que habían sido sus compañeros que estaban de duelo y llorando. Al escucharla decirles que lo había visto, no le creyeron".

El resultado fue que se fundó una Iglesia en su nombre pero con el legado de Judas. Durante siglos su poder se impuso, hay un Papa que dirige la fe de todo el mundo, vive en el lujo, la corrupción y la adulación. Las espadas fueron desenvainadas para matar herejes, se condenó a la hoguera, se ultrajó, se cometieron los peores delitos en nombre de Dios. De ese que adoraba Judas, el de los Poderosos.

El manso, el pobre, el que solo pide lo indispensable para vivir, el que pone la otra mejilla, es un perdedor, a los ojos del hombre común.

Me imagino que, si hay un más allá, Judas le estará diciendo a Jesús: ¿No te lo dije?

*Nota de la autora: los pasajes en bastardilla son su traducción de las obras originales en francés. @mundiario