Democracia, populismo o fascismo: distinciones clave en la era Trump
Nos adentramos en la segunda parte de este análisis iniciado el pasado 9 de julio. El autoritarismo en una democracia activa puede y debe ofrecer señales de alerta; el compromiso institucional y el ejercicio constante de la rendición de cuentas actúan como salvaguarda contra una deriva hacia sistemas opresivos.
Hemos visto en “Cuando la presidencia erosiona la democracia: lecciones del caso Trump”, una comparación entre lo vivido en los 163 días de la administración Trump y los idearios del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán.
Hemos visto similitudes. No son pocas y son de verdadero calado. Ante ellas, cabe preguntarse ¿Está Trump encaminando a los EE. UU. hacia un Estado de corte fascista? Para responder, prestemos atención a cuestiones que marcan sustanciales diferencias:
Ambiente institucional y jurisdicción constitucional
En un contexto democrático maduro como el de los países que conforman la UE o los EE. UU. de América, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial han funcionado tradicionalmente como contrapesos mutuos. Durante los primeros 161 días del segundo mandato de Donald Trump, se observó una intensa utilización de la vía ejecutiva para implementar políticas sin mediación del Congreso. Sin embargo, ese activismo presidencial chocó inmediatamente con la arquitectura constitucional diseñada para limitarlo. Por ejemplo, la declaración de emergencia nacional para financiar el muro fronterizo fue impugnada en el caso “State of California vs. Trump” ante el Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia, que determinó que el uso de fondos militares infringía la prerrogativa del Congreso sobre el presupuesto federal. A su vez, la demanda de CNN contra la Casa Blanca por restringir acreditaciones en la prensa —resuelta parcialmente a favor de los periodistas— redujo la capacidad presidencial de controlar el flujo informativo. En el plano legislativo, la discusión de una “War Powers Resolution” bipartita consiguió arrancar compromisos de comparecencia ante comités del Senado para justificar las operaciones militares en Irán, lo que reforzó la supervisión parlamentaria. Estos ejemplos muestran que, aunque Trump buscó gobernar por decreto, la judicatura y el Congreso actuaron de forma coordinada para salvaguardar el equilibrio de poderes.
Ideología y fundamento doctrinal
A diferencia de las doctrinas del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán, que se sustentaban en teorías explícitas de supremacía racial y en la construcción de un “enemigo interno” judeocomunista, el trumpismo se fundamenta en un nacionalismo populista centrado en la idea de un “pueblo auténtico” frente a las élites y el “estado profundo”. Su argumento principal es la defensa de la soberanía económica y cultural —“America First”—, que apela al rescate de sectores industriales y laborales percibidos como abandonados por la globalización. En materia racial, aunque ciertos mensajes de Trump han exacerbado tensiones (p. ej., calificar a migrantes centroamericanos de “criminales”), el discurso no incluye un programa de exterminio ni un marco teórico que legitime la violencia sistemática contra grupos étnicos. Académicos como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han señalado que este populismo carece de la “ideología totalizadora” propia de los regímenes totalitarios, y más bien opera como un estilo gobernativo que instrumentaliza la crítica al liberalismo multicultural para concentrar poder personal.
Medios y alcance de la propaganda
El nacionalsocialismo alemán contó con un Ministerio de Propaganda que monopolizaba periódicos, cine y radio, generando una narrativa uniforme y unívoca. Trump, por el contrario, ha desplegado una estrategia híbrida que combina medios tradicionales con redes sociales. Sus directivas para vetar o “aceptar” periodistas en ruedas de prensa se vieron contrarrestadas por órdenes judiciales que obligaron a readmitir a reporteros de The New York Times, The Washington Post y CNN, preservando el pluralismo informativo. Al mismo tiempo, la Casa Blanca utilizó plataformas como Twitter para difundir mensajes de forma instantánea, a menudo divulgando información imprecisa o sin contrastar, lo que llevó a correcciones forzosas vía la sección de “Fact-Check” de medios como Político o Associated Press. A nivel internacional, la Agencia Europa Press y Reuters documentaron las contradicciones entre los comunicados oficiales y los datos reales, lo que neutralizó parcialmente el intento de Trump de configurar un relato propio. La coexistencia de fuentes heterogéneas y la capacidad de la sociedad civil para contrarrestar la desinformación mediante verificadores independientes han funcionado como un remedio contra el control absoluto del discurso.
Escala y mecanismos de control
Los regímenes totalitarios desplegaron aparatos de represión masiva —Gestapo, OVRA, milicias paramilitares— para imponer el terror y garantizar la obediencia. La administración Trump utilizó, en cambio, herramientas no coercitivas, pero igualmente orientadas a moldear la administración pública: despidos selectivos en la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), rotación de inspectores generales y restricciones en la contratación de personal de carrera. Estos actos generaron audiencias de supervisión en el Congreso, donde inspectores generales debieron comparecer y justificar sus decisiones. Además, organizaciones como la American Civil Liberties Union (ACLU) y Human Rights Watch presentaron demandas contra políticas migratorias extremas —por ejemplo, la expansión del programa “Quédate en México”—, lo que condujo a sentencias que limitaron su aplicación. A diferencia de la violencia estatal del siglo XX, estos mecanismos de control operan mediante litigios, escrutinio público y sanciones políticas, sin el despliegue de fuerzas paramilitares.
Comparación de perfiles autoritarios: fascismo histórico y Donald Trump
El análisis académico de los perfiles políticos revela coincidencias y diferencias notables entre los líderes del fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán y el perfil personal de Donald Trump. Basándonos en las características descritas en diversas publicaciones, se destacan rasgos en común como el narcisismo extremo, el autoritarismo, la paranoia, la agresividad, el pensamiento dogmático y el carisma manipulador en figuras como Mussolini y Hitler. Estos rasgos encuentran eco en el discurso y comportamiento de Trump, especialmente en su autoimagen grandiosa, su necesidad de admiración y su uso de una retórica populista que moviliza emocionalmente a sus seguidores.
Sin embargo, existen diferencias sustanciales. No tanto en el perfil como en el contexto o en el tiempo histórico. Mientras que los regímenes fascistas históricos se caracterizaron por políticas expansionistas, racismo institucionalizado y violencia sistemática —incluyendo genocidio—, el perfil de Trump se enmarca en un contexto democrático con límites institucionales, por mucho que el propio Trump intente y hasta logre debilitarlos al máximo. Aunque comparte con aquellos líderes una visión maniquea del mundo, desprecio por la diversidad y tendencia al pensamiento conspirativo, su accionar no ha derivado, al menos de momento, en estructuras totalitarias ni en programas de exterminio.
Además, el uso de propaganda emocional y la construcción de un culto al líder son elementos comunes, pero en el caso de Trump, estos se desarrollan en un entorno mediático y constitucional que impone frenos significativos (por ejemplo, una cosa es cómo se comporte el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y otra cómo los medios de comunicación se hacen eco de ese comportamiento). En conclusión, aunque existen paralelismos en los estilos de liderazgo y en ciertos rasgos psicológicos, las diferencias en ideología, escala y contexto histórico son fundamentales para una comprensión matizada de estos perfiles autoritarios.
Desde este punto de vista, sí podemos afirmar que Donald Trump es un político ultraderechista de corte neofascista, cuyo discurso y proceder en política daña elementos sustanciales de la democracia formal liberal. Trump pretende ciertamente ser un autócrata, y si llega a actuar, tal y como prometió, en el Canal de Panamá, en Groenlandia o en Canadá, o tomando ejemplos, nada despreciables, como el centro de detención para migrantes “Alligator Alcatraz” de los Everglades en Florida, podría identificarse casi plenamente como neonazi, con la salvedad de su posición pro-sionista, pero nítidamente anti-palestina. Eso no quiere decir que el estado norteamericano se convierta, al mismo tiempo y sin solución de continuidad, en un estado neofascista o neonazi. Dicho lo cual, veamos algunas
Lecciones aprendidas para fortalecer los cimientos democráticos en EE. UU.
1. Reforzar la autonomía judicial: garantizar la estabilidad en los cargos de los jueces de tribunales federales y limitar los nombramientos políticos directos, de modo que los fallos contra decretos ejecutivos sean más rápidos y definitivos.
2. Blindar el presupuesto parlamentario: establecer salvaguardas legales que impidan al Ejecutivo desviar fondos presupuestarios sin autorización expresa del Congreso, reforzando la función decisoria de la Cámara de Representantes y el Senado.
3. Regulación de la transparencia informativa: promulgar leyes que obliguen a la Casa Blanca a publicar en tiempo real sus memorandos y hallazgos presidenciales, incluso clasificados, con mecanismos para apelar en tribunales ordinarios.
4. Fortalecer la sociedad civil digital: apoyar la creación de plataformas de verificación de hechos independientes, financiadas públicamente y gestionadas de forma colegiada por universidades y ONG, para contrarrestar la desinformación en redes sociales.
5. Educación cívica inclusiva: incorporar en los planes de estudio secundarios y universitarios programas obligatorios sobre historia de los totalitarismos, separación de poderes y herramientas de participación ciudadana.
Evidentemente, no será Trump, ni el Partido Republicano, quienes impulsen estas medidas. Quizá puedan ser retomadas por los demócratas cuando se liberen de su “shock”. La democracia no es un estado alcanzado, sino un proceso constante de negociación, debate y vigilancia. Únicamente entendiéndolo así podemos aprender del pasado y construir un futuro basado en el diálogo, la justicia y la libertad.
Conclusiones y alerta ciudadana para Europa
La experiencia de la “Trump´s New Era” demuestra que, incluso en democracias consolidadas, un liderazgo populista puede explotar mecanismos legales y retóricos para concentrar poder. La buena noticia es que los sistemas de pesos y contrapesos —jueces independientes, parlamentos activos, prensa crítica y sociedad civil vigilante— tienen fuerza suficiente y, si actúan de manera eficaz, pueden contener el impulso autoritario. Sin embargo, Europa no está exenta de riesgos: Hungría y Polonia han aprendido que debilitar el poder judicial y acosar a los medios puede allanar el camino al nacionalismo excluyente. Por ello, la ciudadanía europea debe:
- Exigir transparencia en las decisiones gubernamentales, especialmente en decretos de emergencia y presupuesto público.
- Defender sin concesiones la independencia judicial y apoyar procedimientos de infracción de la UE contra países que socaven el estado de derecho (Artículos 7 y 258 TFUE).
- Fomentar un ecosistema mediático plural y sostenible, mediante apoyos públicos a medios locales y comunitarios.
- Participar activamente en debates públicos y en asociaciones cívicas que velen por la calidad democrática, como Democracy Reporting International o European Partnership for Democracy.
Esta reflexión invita a repensar la importancia de fortalecer los pilares democráticos. El autoritarismo, en cualquiera de sus formas, se alimenta de la debilidad en los mecanismos de control y del desinterés ciudadano. Por ello, la defensa del estado de derecho no es tarea exclusiva de los gobernantes, sino una responsabilidad compartida por toda la sociedad. La historia –tanto la del fascismo y el nazismo como la reciente experiencia estadounidense– nos obliga a recordar que la concentración del poder es una amenaza que siempre debe ser vigilada y contrarrestada mediante una ciudadanía informada, crítica y participativa. Únicamente así podremos evitar que las olas ultraderechistas se instalen con la justificación de “medidas excepcionales”.
El desafío contemporáneo radica precisamente en no bajar la guardia. La vigilancia permanente y el compromiso de la sociedad con la rendición de cuentas son esenciales para que cualquier tendencia autoritaria quede limitada y se preserve el orden constitucional. La historia nos muestra que, cuando el poder se concentra sin control, somos testigos de decisiones que afectan no solo a una generación, sino que pueden marcar el curso de la historia con consecuencias irreparables.
Por ello, cada ciudadano, cada medio de comunicación y cada institución debe asumir su rol en la defensa de la democracia. La memoria histórica y la vigilancia continua constituyen la mejor defensa frente a cualquier deriva autoritaria. @mundiario
