¿Está la democracia en peligro?

Una mujer ante una urna. / Yamu Jay en Pixabay
La irrupción de nuevos medios de comunicación y redes sociales ha transformado las normas tradicionales, facilitando manipulaciones electorales y permitiendo que actores externos influyan directamente en los electorales hacia opciones no tradicionales.

El año 2024 fue el año de la democracia. Hubo elecciones en 73 países y tuvieron derecho a voto más de 1.500 millones de personas. Los resultados arrojaron conclusiones poco satisfactorias para los que defendemos valores comunitarios e igualdad de oportunidades. Los mandatarios de los 12 países occidentales desarrollados que celebraron elecciones perdieron votos en las urnas; siendo la primera vez que esto ocurre en casi 120 años de democracia. Los perdedores fueron los partidos políticos de centro, ya que el electorado se ha inclinado por los partidos radicales extremos, ya sean de derecha o de izquierda. Y, como corolario final, la derecha populista y la extrema-derecha se han hecho fuertes, avanzando notablemente impulsada por el giro a la derecha que caracterizó el voto joven.

Una explicación de este giro es que existe una percepción de que la democracia no funciona y que las generaciones más jóvenes (en algunos casos las que votan por vez primera) se manifiestan en contra del establishment. De igual manera, se constata un cierto nivel de decepción, insatisfacción y descontento con el sistema democrático en su conjunto y una desafección respecto del papel que juegan los políticos y los Gobiernos en su quehacer diario. 

Los datos revelan una pérdida notable de apoyo a los Gobiernos, independientemente del color político del mismo. En unos casos se achaca dicha falta de confianza a las cuestiones económicas (especialmente a la inflación y al coste de la vida); en otros casos, los factores claves hacen referencia a los efectos de los fenómenos migratorios. Los casos del Reino Unido (pérdida de los conservadores y triunfo laborista) y Francia (descenso del centro-derecha y auge del populismo de derechas) son buenos ejemplos de lo comentado. Asimismo, el auge de los populismos fue muy notable en las últimas elecciones. Los casos de México e Indonesia ponen de manifiesto que los candidatos ganadores fueron aquellos que enarbolaron eslóganes populistas en contra de las élites. Y, además, aunque no ganaran, los populistas de derechas han avanzado notablemente en Austria, Reino Unido, Portugal y España.

No es fácil encontrar una explicación a lo sucedido, ni tampoco prever los resultados de las elecciones que se celebraran este año. Lo cierto es que los partidos populistas de extrema-derecha ven en la inmigración y en el coste de la vida algunos de los temas clave que pueden incidir en el voto. La desaceleración económica que se ha estado fraguando en algunos países occidentales incrementa el descontento que, a su vez, está asociado con el apoyo a partidos extremos que prometen combatir y derrocar al sistema existente o protegerlo autárquicamente contra amenazas externas. La práctica de los nuevos gobiernos de extrema-derecha se caracterizaron por acciones en favor de la centralización del poder en el ejecutivo; por la desaparición de la separación de poderes; por el recorte de los derechos de las minorías y por la desaparición del pluralismo informativo.  

Características reveladoras de los cambios

A mi juicio existe dos características reveladoras de los cambios en el comportamiento de los votantes. La primera radica en la emergencia de medios de comunicación que han modificado las normas que prevalecieron hasta el momento, con el incremento de posibles manipulaciones y fraudes electorales. En segundo lugar está la consolidación de redes sociales que facilitan que agentes ajenos y externos a la política puedan dirigirse directamente a los votantes, inclinando el voto hacia partidos no tradicionales.

Quienes más cambian el sentido del voto pertenecen a la población joven, cuyo estatus socio-económico ha experimentado y registrado un relativo estancamiento y un empeoramiento de sus expectativas que limitan la posibilidad del ascensor social y ven como aumentan las desigualdades. Lo mismo sucede con las mujeres que, recientemente, se han inclinado por las apuestas populistas de Trump. En suma, tenemos un pulso entre democracia y autocracia. También un incremento de la desconfianza con los gobiernos débiles e inestables. 

Es preciso y urgente re-pensar la democracia ante la extrema polarización y la existencia de debates políticos llenos de odio. De ahí que los partidos tradicionales deban analizar con mucho detenimiento y rigor los cambios y posicionamientos de la sociedad. No vale exacerbar el enfrentamiento, sino todo lo contrario. Hay que escudarse en nuevas expectativas y en asegurar condiciones de vida más justas y eficientes. En resumen, transmitir más confianza y un nuevo equilibrio entre lo bueno conseguido y la continua reivindicación de lo necesario. Si no lo hiciéramos, podríamos caer en un FOMO (el miedo a quedar fuera-Fear of Missing Out). @mundiario