Cosas que Pedro Sánchez pudo hacer (y no hizo)
Pedro Sánchez ha optado por la estrategia más conservadora en el momento más convulso de su mandato: resistir. En lugar de actuar con audacia o de iniciar una reconstrucción a fondo del PSOE y del Gobierno, ha preferido el repliegue táctico, cerrar filas, desmarcarse de los caídos y seguir adelante como si bastara con ganar tiempo. Pero en política, como en la vida, no siempre se gana resistiendo. A veces la inacción, aunque parezca estratégica, es simplemente una forma de rendición encubierta.
La consigna de Ferraz es clara: no hablar de elecciones y mantener el rumbo hasta 2027. “No vamos a permitir que la posible corrupción de unos pocos tumbe el mayor gobierno progresista de la UE”, proclamó el presidente. Y con eso basta. Pero ¿es eso suficiente?
Frente a la alternativa propuesta por el Partido Popular —convocar elecciones—, Sánchez podría haber respondido con una batería de decisiones contundentes, sin necesidad de adelantar comicios ni de ceder el poder. Podía haber renovado su Gobierno, reestructurado el PSOE, marcado un giro político con impacto institucional, legal y simbólico. Pero no lo hizo.
Las decisiones no tomadas
Pudo haber afrontado una crisis de Gobierno real, no cosmética. Incorporar a figuras de gran prestigio como el profesor Antón Costas, por ejemplo, le habría permitido proyectar solvencia económica, calmar a los mercados y mostrar que en el Ejecutivo hay algo más que política de supervivencia. No se trataba de una operación de maquillaje, sino de enviar una señal potente a la sociedad y a los sectores económicos que empiezan a perder la confianza. Basta leer el pronunciamiento de la CEOE.
Del mismo modo, pudo integrar en el Gobierno a personalidades como Eduardo Madina, símbolo del socialismo crítico pero comprometido, lo cual le habría servido para reconciliar al sanchismo con el PSOE de Felipe González. Incluso pudo recuperar a su vieja adversaria interna Susana Díaz en algún papel visible, a modo de gesto de unidad, que hoy brilla por su ausencia. Sánchez optó por lo contrario: mantener el control absoluto, conservar un núcleo reducido de fieles y acotar el margen de maniobra a su mínima expresión.
En el partido, las decisiones también han sido decepcionantes. En lugar de situar al frente del PSOE a una figura de peso y autoridad política, Sánchez ha preferido rodearse de perfiles grises, irrelevantes fuera de su entorno inmediato. Especialmente incomprensible es el ascenso de la gerente que trabajaba con Santos Cerdán a la Ejecutiva federal, cuando el informe de este último está en el epicentro del escándalo. ¿Acaso no había otra manera de demostrar que el PSOE pasa página?
El deber de actuar y no solo resistir
Podía haber hecho mucho más. Sánchez pudo convocar en La Moncloa a todos los altos cargos responsables de adjudicaciones públicas, lanzar una advertencia institucional clara sobre la tolerancia cero con la corrupción y abrir un proceso de revisión interna profundo. Podía haberse personado como Gobierno en todas las causas judiciales abiertas relacionadas con tramas corruptas que afectan al PSOE, y con ello enviar un mensaje de ejemplaridad. Pero tampoco lo hizo.
Sabiendo –como sin duda sabe– que muchas de las empresas implicadas en estos escándalos son viejas conocidas de los tribunales por prácticas similares en el pasado –también con el PP–, Sánchez podía haber ordenado una reforma integral del sistema de contratación pública. Una agencia anticorrupción independiente, una revisión a fondo de los procedimientos de licitación, un sistema de transparencia radical en la financiación de los partidos. Todo eso está al alcance de quien gobierna. Pero ha preferido mantenerse a la defensiva.
La corrupción no se combate con auditorías o comisiones internas. Se combate con reformas estructurales, cambios normativos y una voluntad política inequívoca. Sánchez, que ha hecho bandera de la regeneración democrática en el pasado, ha perdido aquí una oportunidad histórica para liderar una auténtica revolución ética en la Administración.
El desgaste silencioso
Mientras tanto, el partido sufre. El informe Cerdán revela un intento explícito de modificar el sistema de licitaciones para que la trama tuviera mayor control. Transportes investiga siete contratos de carreteras sospechosos de haber sido amañados en la fase técnica. Y los audios de Ábalos y Koldo han levantado una oleada de indignación entre las feministas socialistas, que ven cómo su partido se aleja del discurso ético que ha abanderado durante años.
La militancia calla, pero no está tranquila. Y los barones, aunque en público respalden al líder, en privado dudan. Cinco horas de Ejecutiva bastaron para saber que nadie se atrevía a proponer elecciones, pero también para constatar que lo que hay no basta. Muchos temen un “efecto contagio” que arruine las opciones del PSOE en las municipales y autonómicas. Especialmente con cinco ministros en campaña en comunidades clave como Andalucía, Madrid o la Comunidad Valenciana.
En este clima, Sánchez continúa concentrando poder y decisiones. El PSOE, federal en sus estatutos, es cada vez más jacobino en su funcionamiento. Hasta hace días, la figura de Santos Cerdán era la extensión de Sánchez. Hoy, su caída sirve de escudo. “Hemos actuado con contundencia”, dijo el presidente en una carta a la militancia. Pero no basta con cortar una cabeza para dar por resuelto el problema.
¿Resistir para qué?
Desde la izquierda, la vicepresidenta Yolanda Díaz presiona para desbloquear medidas sociales paralizadas por el PSOE y recuerda desde Sumar que esta legislatura debía ser “limpia y social”. Desde la derecha, Feijóo insiste en que cualquier socio con principios pediría la dimisión de Sánchez. El PP, sin embargo, no se atreve a presentar una moción de censura. “No tenemos los números”, admiten. Y es cierto. Pero el hecho de que Sánchez no tenga rival claro no significa que no esté perdiendo.
Sánchez gana tiempo, sí. Pero lo que no está claro es para qué. Si es solo para resistir, para seguir con lo mismo, para aguantar sin cambiar nada, entonces ese tiempo será inútil. Como desliza el editorial de MUNDIARIO, resistir no es gobernar. Y gobernar no es simplemente mantenerse en el poder: es decidir, transformar, reformar. El presidente ha decidido no decidir. Y esa pasividad, que hoy le sostiene, puede ser la misma que mañana le derrumbe.
La historia política no premia a los que simplemente resisten. Premia a los que, en medio de la tormenta, se atreven a cambiar el rumbo. @J_L_Gomez en @mundiario



