Conjugar los verbos de acción es cada vez más complicado
Como otros asuntos menos solemnes, tampoco este es nuevo. Fue uno de los debates más importantes de la filosofía griega. Heráclito y Parménides, cuando hablaban del “ser” hablaban del tiempo y la mutabilidad o perennidad. Y toda la literatura, oral y escrita, sigue ocupándose del tiempo, de la posibilidad de atraparlo y fijarlo para las generaciones futuras. Borges, buen conocedor de los libros sapienciales de la Biblia, en la “penumbra” de su “declive” –cuando ya era ciego y estaba entrado en años- afirmaba que “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos (Elogio de la sombra,1969). A todo ello se añade, cada vez más firme, el convencimiento de que nuestro ecosistema, la propia Tierra, es memoria del pasado, como muestran los geólogos y, más los paleobiólogos con sus estudios sobre la historia de la Tierra y de los antepasados de los humanos. Después de la información que arroja cuanto tiene que ver con el cambio climático, vienen a decir que la Historia global es memoria compartida y que la historia humana, como algo independiente, no existe: el género homo interrelacionado con el medio desde sus orígenes, depende de él para el futuro que le quede.
Por consiguiente, lo coherente de cara a ver y juzgar qué pasa, y decidir cómo determinamos, condicionamos o simplemente contemplamos los acontecimientos de cada día, sería partir de que el futuro de este presente depende en gran medida del legado que dejemos a quienes vengan detrás. La RAE y el Instituto Cervantes, una vez que dejen a un lado sus discrepancias filológico-económicas, debieran pararse a estudiar si el aprendizaje escolar de las conjugaciones de los tiempos de acción es correcto; pretendiendo ser aséptico y cerrado el pasado, el presente y el futuro real de cada verbo dejan fuera muchas determinaciones que no cubren bien los “imperfectos”. Si el presente y el pasado están ligados entre sí, la determinación o indeterminación del quehacer -de cara al futuro humano- se inclinan decididamente hacia una mayor perplejidad. La Guía de perplejos, que el andalusí Maimónides escribió en 1190, tal vez pudiera ser de gran orientación en este momento, aunque no es nada seguro. Para un tiempo de regreso a los tiempos inhóspitos del pasado, Miguel Delibes dejó escrito El Hereje.
Es de advertir que justo en estos días concurren, entre otros asuntos, la siempre inconclusa paz en la tierra de Palestina, un no menos azaroso final para las tierras del este ucraniano y los prolegómenos de otro gran conflicto en torno a Venezuela, cuyos primeros pasos armados ya llevan más de 40 muertos. El cono sur latinoamericano está en el ojo a vizor del águila imperial de Washington y, justo ayer, ha visto cómo Milei se le pone de cara mientras los que miran el tiempo histórico en Argentina desde un punto de vista contrario, acaban de afirmar que “el futuro es del pueblo”. Más allá de la “racionalidad” personal o grupal, de partido o de clase, que se haya asentado en el país sureño, la supuesta “libertad” política mayoritaria –hasta un 40%- ha entendido que “lo razonable” de su apuesta por “La Libertad avanza” debía determinar el presente.
En esta misma semana sabremos cuál es el futuro del presente “de progreso” en España, una vez que lo que decida Junts este lunes en Perpinyà (Francia) su apoyo al Gobierno del PSOE. Atrapados entre sus contradicciones y el avance del voto entre quienes entienden el “progreso” justo en una Alianza creciente con el integrismo, probablemente lleven sus votos a intentar protegerse a sí mismos. Aunque parezcan más taimados en sus comparecencias públicas, no es difícil asociarlos a cuantos explícitamente militan en esas antípodas de la regresión al pasado -y al pasado de este pasado-, tan “natural” que en él estaban los ancestros de todos ellos para dictarles qué era el “Derecho Natural”. Cabe recordar en este sentido o, por mejor decir, no se debe olvidar –si se quiere ser fiel a la memoria que nos constituye como humanos- que hace tan sólo unos días la ilustre diputada en el Congreso, Rocío Aguirre, dejó estupefactos a propios y extraños a la denominación de “violencia de género”, al decir de la sufrida por 48 mujeres en 2024 que “sólo habían sido 48. Las 1235 acaecidas desde que en 2003 hay cómputo oficial no contaban, ni por supuesto tampoco todas las que en similares circunstancias hubieran acontecido a lo largo de la historia de la humanidad. Esa síntesis de “incultura” frente a lo que trataron de fijar los 30 artículos de la Declaración de Derechos Humanos en 1948, como norma básica e inviolable para cuanto pueda unirlos, está en retroceso y son muchos los que presumen de ello. La propia hermana de esta señora, Esperanza, se ha mostrado “sin complejos” diciendo, en 2021, que “Solo una derecha unida y orgullosa de su historia puede volver a gobernar España. En ello están y cuentan con respaldo millonario aquí y en EE UU, la matriz del neoliberalismo que impulsa el entorno que arropa al trumpismo.
“Todo esto debería atemorizarme –decía Borges-, pero es una dulzura, un regreso” a la memoria. De cuantos textos había habido en la Tierra, era consciente de haber podido leer tan sólo unos pocos. Pero lo que seguía “leyendo y transformando” en su recuerdo era que, en las diversas caras de las cosas, estas “miserias” dejaba el pasado del tiempo. Cervantes, al prologar en 1605 su historia de Don Quijote, “en el silencio del olvido” y con “años a cuestas”, proponía una “leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de erudición y doctrina”, consciente de que era una “invectiva contra los libros de caballerías”, y pretendía “derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros”. No cabe otra fórmula para quien pretenda perspectivas más luminosas para moverse entre las perplejidades del presente sin atenerse a la supuesta sabiduría que transmiten los 280 caracteres de los tuits digitales.
En el tortuoso camino actual, puede ser un eco inspirador Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El breve pero denso discurso de este filósofo surcoreano, en la entrega de ese galardón, es apto apara eludir tinieblas y vaguedades que los ayeres del mundo dejaron en el aire, y que un presente mortuorio reclama. No es libertad lo que trae, sino pérdidas de civismo, corresponsabilidad y respeto a los demás, que no lograrán que la Tierra sea una patria de todos, sino un desierto de exclusión para cuantos no se atengan al despotismo mediático de unos pocos. Por cierto, ¿hacia dónde se inclinan las normas de la Educación española, sobre todo las de las Comunidades Autónomas, sus verdaderas ejecutoras? @mundiario


