Se compran traidores
El rey acaba de darle una oportunidad a la derogación. Junto con el de la abdicación o la renuncia, el encargo a un candidato para formar gobierno es el único acto en el que nuestro sistema democrático le deja al rey pensar y decidir por sí mismo. Una manera de definirse o retratarse ante la soberanía popular y sobre el resultado del voto de ésta. Y el rey ha decidido encargar de formar gobierno a alguien que -tal y como acaba de demostrarse por los representantes parlamentarios- no dispone más que de 172 votos seguros. Justo el candidato que ha centrado su campaña casi exclusivamente en derogar las políticas que durante los últimos cuatro años han hecho progresar a España, una vez que ha sorteado diversas crisis: algunas inéditas y de evidente peligro.
No deja de ser un extraño proceder del rey, que algunos, por lo bajo, aventuran que puede ser un “acto de prudencia” para que no hiperventilen algunos militares ultras. Peligrosa explicación en todo caso, que devalúa el nivel de nuestra democracia. Objetivamente, y creo que tengo derecho a decirlo como un humilde integrante de la soberanía, es una decisión más parecida al juego de la ruleta rusa que a un acto de Estado. Una decisión que prolonga en demasía el proceso de formar gobierno (más aún con las fechas elegidas por el vacilante candidato), y que puede estar favoreciendo extrañas maniobras, bien para superar con cuatro votos más los 172 que tiene, bien para lograr la abstención de siete.
Extrañas maniobras, porque -aunque no se trataba de la investidura- hace nada que los representantes de la soberanía han indicado, con el nombramiento de la Mesa del Congreso, sus opciones, que además son acordes con los programas electorales con los que se han postulado ante la ciudadanía.
Y esto significa que junto con la pérdida de tiempo que supone, se está permitiendo que el mandatado Feijóo, y su equipo, se dediquen durante más de treinta días a intentar que representantes pertenecientes a los partidos que han dejado clara su postura con la elección de la Mesa, no sabemos a cambio de qué, traicionen las promesas y principios con los que se han presentado ante los ciudadanos, traicionando al partido al que pertenecen, y voten a favor o se abstengan.
Como desgraciadamente esa fue una táctica que practicó el Partido Popular en la Comunidad de Madrid hace veinte años, el fantasma del tamayazo sobrevuela los corrillos de los opinadores. Algo que tal vez debería haber tenido en cuenta el Jefe del Estado, con objeto de trabajar por la estabilidad de nuestra Democracia, según su deber le impone.
Los españoles -sin embargo- vamos a pasar treinta días mirando con desconfianza a todos lados, como si viviéramos en una democracia de poca monta, con la sospecha contenida de que desde algún lugar pueden saltar unos traidores a echarle una mano a quien se ha comprometido a formar gobierno en poco más de un mes, sin tener garantizados más que 172 escaños; y conociendo que el resto de los escaños pertenecen a representantes de unos partidos que han dejado clara su posición contraria a los postulados del señor Feijóo. Algo indudablemente decepcionante y peligroso, que no debería ser ni propiciado, ni siquiera posibilitado, por quien ostenta tan alta responsabilidad en el Estado.
En efecto: si saltan cuatro traidores que votan a favor, o siete que se abstienen en la primera y segunda votación, lo harán desde partidos como el PSOE, Sumar, PNV, ERC, Bildu o BNG, que han dejado muy clara su posición contraria a los postulados derogatorios de Feijóo y a su confluencia, no sólo explícita, sino ya practicada en autonomías y ayuntamientos, con la ultraderecha. O lo harán de Junts que, aunque ha dejado su posición más ambigua lo ha hecho explícitamente pensando en la negociación con Pedro Sánchez, y con el planteamiento -siempre discutible- de “subir la subasta”, en palabras de Puigdemont. Esto quiere decir que Feijóo y su equipo mucho tienen que revolver el río para pescar, y hacerlo siempre bajo el signo de la traición. Algo que me choca que no haya pensado el rey Felipe VI.
Por cierto -y en atención a quienes puedan acudir a la tabla de salvación de la ambigüedad de Puigdemont: rota, por cierto, en la elección de la Mesa-, no dejaría de ser una indignidad flagrante, no ya el logro de sus intenciones, sino cualquier intento de Feijóo de negociar con Puigdemont, después de que ha basado toda su política de oposición, y todo su programa de derogaciones, en la crítica al gobierno de progreso de haberse apoyado en grupos independentistas. Y él ahora pretende entrar en la subasta de Puigdemont, que no sólo es independentista, sino que fue quien declaró unilateralmente la independencia de Cataluña y además lleva desde 2017 burlando la justicia española.
Y Feijóo, que junto con el resto del Partido Popular hiperventiló con los indultos y los recurrió ante el Tribunal Supremo, ahora tendrá que volver a incurrir en aquello del “Frente de Liberación Nacional” de su jefe Aznar, para concederle la amnistía al prófugo Puigdemont. Un sindiós, que dejará desconcertados a muchos electores del Partido Popular, porque no vale decir una cosa y la contraria a la vez, y menos decir algo y practicar lo contrario.
Del rey abajo -incluido él mismo- ninguno tiene derecho a dejar a España sumida en el putrefacto chero de la traición durante todo un mes. Y ésa es la situación en la que nos ha puesto una decisión, con todos los respetos, no suficientemente ponderada. @mundiario