Si la casa se derrumba, será más difícil la vida

Donald Trump rodeado a pastores evangélicos. / RR SS.
La destrucción iniciada en Gaza sobrepasa a Irán; navega ahora por el Golfo Pérsico y su devastación alcanza a todo el mundo.

A los aprendices de brujo nunca les importa que su afán demostrativo de caprichos cause daños colaterales, y si compiten con un brujo listo es peor. La megalomanía expansiva de Netanyahu en Palestina sedujo a Trump y amenaza con llevar por delante cuanto se les oponga. Estos cómplices disponen de huestes armadas para destruir cuanto les digan; recuerdan los fusileros que Goya pintó en 1814: El 3 de mayo en Madrid, pero alientan sus fantasías. El americano sueña con ser un Nerón, que toca la lira ante los incendios del Pérsico, y el sionista imagina al rey David alcanzando, al fin, el prometido señorío en una tierra más grande de lo que nunca previó. Al redivivo emperador le gustaría que lo admiraran como premio Nóbel, propósito que, con patrocinio de la FOX, preconiza Isabel Ayuso con vergonzante chulapería, mientras el sionista logra que los tribunales israelíes retrasen meter su delirio en una celda.

El negacionismo y la actio indistans

Esta guerra es tan maliciosa que Trump hasta dice que la ha terminado, sin que se sepa cómo ni qué objetivos la hayan generado. Sus designios imperiales no admiten el diálogo con “los malos de su película”; su exclusiva de la racionalidad se opone a conciliar intereses que no pasen por su verdad “única”. Actuando como el adolescente inmaduro, se empeña en competir con el resto de la clase y hasta con la humanidad entera, igual que hacían los críos de las barriadas periféricas peleándose a pedrada limpia por el control de un descampado que consideraban “su territorio”. Su imaginario es el que, en 1957, reflejó el musical West Side Story con pandillas de portorriqueños migrantes en un N.York, que cantaban felices su “futuro en América” sin contar la fealdad siniestra. La inesperada realidad de estos 14 días contradice una parafernalia de sueños propagados indecentemente entre tanta destrucción y muerte gratuitas.

No ha llegado todavía lo peor para quienes viven de cerca tanto caos, ni tampoco para cuantos lo miran desde su sala de estar, pero el Golfo Pérsico es hoy el centro del mundo a causa de una nefasta “actio indistans”. Esta cualidad, propia de seres con potencial para influir y causar efectos lejanos sin contacto físico, los metafísicos la atribuían a Dios. Auxiliando a la Teología, esta interrelación con la historia de los humanos venía a ser como la que contaba Homero en la Ilíada, donde Zeus gobernaba el destino de Héctor y los troyanos frente a los aqueos, mientras otros dioses protegían a sus preferidos. Quienes la atribuyeron en exclusiva al Dios hebreo y cristiano no imaginaron que, siglos más tarde, los matemáticos y físicos volverían a este concepto en sus hipótesis sobre la causalidad entre cuerpos distantes. Menos pensaron que habría tecnologías capaces de tele-relacionarnos. Orwel anduvo cerca en su distópica novela: 1984, pero hasta entrado este siglo, no fue fácil predecir que regresaría una actio indistans de EEUU, despreciativa del “orden multilateral”. No bastaron los años de paz que había garantizado después de la IIGM, que habían sido ensalzados en Europa como “Los Treinta Gloriosos” hasta 1973, en que la “crisis del petróleo” y la bajada de beneficios en los negocios lo empezaron a frenar.

En 2026, la IA, animando desde los móviles a que fueran “más libres”, sumada a la ascendencia creciente de China, aflora nuevos “salvadores” con poder de actuar a distancia impulsando otro “orden”, otra “guerra del petróleo”, y una “Junta de Paz” concordante. Los dioses del Olimpo enloquecieron y unos maleducados Trump y Netanyahu, que se enfebrecieron con esta ludopatía de actio indistans, no previeron que Irán no es Venezuela y que el final de esta partida era incierto. Sus efectos en España tienen seguidores del dúo sionista-trumpista. Con la boca pequeña dicen que este no es su juego, pero exhiben una hipocresía que, ajena a todo sentido comunitario, repite la alegría de Defoe en su Diario del año de la peste (1703): mueran muchos y “yo sobrevivo”. Quienes recuerden la covid-19 saben que es contagiosa.

Otros ciudadanos interrogan a la IA por ver si les arregla el patio; ven a Úrsula von der Leyen peloteando con el “nuevo orden” y dudan de las trampas. No faltan los que, ante la irracionalidad reinante en Washington y Jerusalén, Bruselas o Madrid, claman de nuevo “NO A LA GUERRA”. Muchos recuerdan a Martín Heidegger que, después de ser novicio jesuita en 1909, como rector de Friburgo había complacido a los nazis en 1933. En plena reconstrucción de la ciudad de Dresde —bombardeada por los aliados seis años antes—, enseñaba en 1951 que “habitar” es “estar” protegidos en la Tierra y “dejar habitar”, pues “el hombre es en la medida en que habita” y se implica en “proteger, cuidar, preservar y cultivar”. @mundiaro