La Bolsa desafía el guion: por qué Europa y España sorprendieron al mercado en 2025
Hace apenas un año, el consenso parecía claro. La inminente vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca auguraba un nuevo ciclo dorado para Wall Street: desregulación, rebajas fiscales y un entorno favorable a las grandes corporaciones. Europa, en cambio, aparecía como la gran damnificada de ese giro, atrapada entre la debilidad del crecimiento, la fragmentación política y una Bolsa –la española, en particular– excesivamente dependiente de la banca. Doce meses después, el mercado ha vuelto a recordar que rara vez se comporta como dicta el guion dominante.
El balance de 2025 resulta elocuente. El Ibex 35 ha cerrado su mejor ejercicio desde 1993, con una revalorización cercana al 50%, ha superado por fin los máximos previos a la crisis inmobiliaria y ha situado la capitalización conjunta de sus compañías por encima del billón de euros. España se ha convertido, junto a Corea del Sur, en una de las grandes sorpresas bursátiles del año, mientras Europa en su conjunto ha logrado batir a Estados Unidos en rentabilidad relativa. Todo ello en un contexto plagado de sobresaltos políticos, tensiones comerciales y temores recurrentes a una nueva burbuja tecnológica.
La paradoja es evidente. A lo largo del año, los inversores han tenido motivos de sobra para refugiarse en la cautela: anuncios de aranceles que evocaban los años treinta, ataques abiertos a la independencia de la Reserva Federal, déficits públicos crecientes, dudas sobre el dólar y un debate cada vez más intenso sobre si la inteligencia artificial estaba inflando valoraciones difíciles de sostener. Sin embargo, lejos de huir del riesgo, el dinero ha seguido fluyendo hacia los mercados de renta variable con una persistencia casi desconcertante.
La explicación no reside tanto en la política como en tres factores clásicos que el mercado nunca pierde de vista. Primero, una liquidez extraordinaria que ha actuado como red de seguridad ante cualquier corrección, permitiendo comprar en las caídas y limitando los descensos. Segundo, unos beneficios empresariales que, tanto en Estados Unidos como en Europa, han superado las previsiones más optimistas. Y tercero, el giro de la política monetaria estadounidense en el tramo final del año, con bajadas de tipos que han reforzado la idea de que el coste del dinero seguirá siendo manejable.
El Ibex 35 firma su mejor año desde 1993 y lidera las grandes plazas europeas. Liquidez, beneficios y tipos bajos explican más que cualquier relato político
Combinación particular de ingredientes
España ha sabido aprovechar ese contexto con una combinación particular de ingredientes. El protagonismo del Ibex ha sido, sobre todo, bancario. Tras años de desconfianza, el sector ha demostrado que su transformación tras la crisis financiera no era solo un relato defensivo: beneficios récord, dividendos generosos y balances más sólidos han convencido a los inversores de que el castigo acumulado ya no tenía sentido. El peso de la banca en el índice ha crecido de forma notable, reforzando un rally que también ha contado con el apoyo de las energéticas, las infraestructuras y una Inditex que ha terminado disipando las dudas del inicio de ejercicio.
La fortaleza del mercado financiero español se ha extendido además a la deuda pública, con una prima de riesgo en mínimos de más de quince años, respaldada por el buen tono de la economía y por las mejoras de calificación crediticia. Europa, por su parte, ha encontrado un inesperado motor en Alemania, donde el giro hacia una política fiscal más expansiva —incluida la inversión en infraestructuras y defensa— ha devuelto expectativas de crecimiento a un continente que parecía resignado al estancamiento.
Nada de esto, sin embargo, está exento de sombras. El optimismo dominante empieza a mostrar síntomas de complacencia. Las encuestas a gestores reflejan niveles muy bajos de liquidez ociosa, un indicador que históricamente ha precedido a episodios de mayor volatilidad. Y si hay un ámbito donde el riesgo de decepción es mayor, ese es el tecnológico. Las grandes compañías vinculadas a la inteligencia artificial concentran una parte creciente del valor bursátil global y sostienen planes de inversión colosales cuya rentabilidad aún debe demostrarse. Algunos tropiezos recientes recuerdan que el entusiasmo puede girar con rapidez cuando los resultados no acompañan.
El debate sobre si existe o no una burbuja similar a la de comienzos de siglo sigue abierto. A diferencia de entonces, gran parte de las inversiones se financian con flujos de caja y no con deuda, y los tipos de interés, al menos por ahora, juegan a favor. Pero el margen de error se estrecha a medida que los índices marcan máximos y cualquier desviación –inflación persistente, errores de la Reserva Federal, un nuevo choque comercial– puede alterar el equilibrio.
Se espera que el crecimiento continúe, aunque a ritmos más moderados, y que los beneficios empresariales sigan sosteniendo las valoraciones
Las perspectivas para 2026 invitan a un optimismo prudente. Se espera que el crecimiento continúe, aunque a ritmos más moderados, y que los beneficios empresariales sigan sosteniendo las valoraciones. Al mismo tiempo, la geopolítica bajo la presidencia de Trump, la redefinición del comercio global y la propia fe en la inteligencia artificial introducen incertidumbres difíciles de calibrar. El mercado, como siempre, avanzará anticipándose a esas respuestas.
El rally de 2025 deja una lección incómoda para analistas y decisores: los mercados no recompensan las narrativas más estridentes, sino la combinación –a veces prosaica– de liquidez, beneficios y política monetaria. Europa y España han capitalizado un cambio de ciclo que pocos veían venir, mientras los inversores caminan ahora por un terreno cada vez más estrecho entre crecimiento real y exceso de confianza. En Bolsa, como recordaba Adam Smith, la mano invisible sigue moviéndose sin pedir permiso, y la única certeza es que el futuro no está escrito. @mundiario