Así se gestó el premio Nobel al poeta español Vicente Aleixandre, símbolo del posfranquismo

En 1977, como consejero de la embajada española, tuve la oportunidad de acudir a ambos festejos con mi esposa para acompañar al poeta Justo Jorge Padrón, víctima de la covid en el año 2021, que lo recogía en representación de Vicente Aleixandre.
Nobel. / RR SS.
Nobel. / RR SS.

Tradicionalmente el rey de Suecia entrega los premios el 10 de diciembre, aniversario del fallecimiento de Alfred Nobel, en una ceremonia en el Auditorio de Estocolmo situado en la Plaza más céntrica de la ciudad, seguida de un banquete en la llamada Sala Azul del Ayuntamiento, al borde del cercano lago Mälaren. Ambos edificios son una magnifica representación del modernismo nórdico.

Aunque técnicamente se debería hablar del día del Nobel, la realidad es que en diciembre en la capital sueca el día es sustituido por unas breves horas de luz plúmbea lo que exige recurrir a la luz artificial; el resto es noche.

La mayor parte de los nativos se contentan con pasar un rato frente al televisor viendo a caballeros de frac y señoras con largos y difíciles vestidos, procedentes de todo el mundo. Los más importantes sueltan sus discursitos y el país se llena de orgullo a la espera de que tres días más tarde Santa Lucía- la siciliana patrona de los ciegos- llegue a tantos hogares, escuelas y otros centros comunitarios en forma de bellísimas jóvenes con coronas con velas- sustituidas a veces por bombillas estrechas- que cantan dulcemente a la alegría que van a recibir dentro de unos meses con el regreso de la luz.

Para acomodar a los mil trescientos invitados, el protocolo recurre a una gran mesa en forma de peine que permite que haya pocas diferencias entre los diferentes sitios. En cada lugar un elegante cartón de la Casa Real ofrece el menú, hasta entonces secreto, a base de especialidades locales. Es raro que falte el salmón salvaje, la perdiz de nieve o el helado de moras de Laponia.

En 1977, como consejero de la embajada española, tuve la oportunidad de acudir a ambos festejos con mi esposa para acompañar al poeta Justo Jorge Padrón, víctima de la covid en el año 2021, que lo recogía en representación de Vicente Aleixandre. Padrón se habla ocupado de la difícil labor de hacer digestible la obscura poesía del sevillano a los académicos que decidían, traduciendo al sueco, con la ayuda de su esposa Monika, Sombra del Paraíso. Consiguió establecer una magnífica relación con Artur Lundkdvist, el más prestigioso de los académicos y responsable del área de cultura hispánica. La tarea no era fácil puesto que Lundkvist tenía una buena amistad con el traductor radicado en Estocolmo, Francisco Uriz, recientemente fallecido, de militancia comunista, que le había traducido alguna de sus obras al español y que favorecía la candidatura de Rafael Alberti.

Lunkvist, nacido en 1906, había sido fiel al antifranquismo de la intelectualidad sueca. Padrón le explicó que tras la muerte del dictador nuestro país caminaba hacia la democracia y le pidió que me conociera para que le explicara esa evolución. Nos reunimos y al saber que no había pisado una entidad oficial española desde 1939 le invite a la inauguración en la Oficina española de turismo en Estocolmo, que dependía de mí, de una exposición de esculturas del artista canario Juan Antonio Giraldo, en la primavera de 1977. Sería una visita sin la significación ideológica que hubiera tenido la de acudir a la embajada.

Lunkvist llegó a la Oficina con aire reservado que fue superando a lo largo y se mostro encantado.

Pasado el verano, justo me pidió que organizara una cena en mi casa, él vivía en un modesto apartamento, y que invitáramos a Artur, a su mujer la prestigiosa poetisa danesa Maria Wine y a otros académicos. Sería el último empujón en la carrera hacia el premio. La cena debería ser temprano porque los Lundkvist se retiraban a las 21h. Esa noche la frialdad se rompió rápidamente gracias a la química que había entre mi esposa sueca y los Lundkvist y a los buenos vinos que se sirvieron.

Una vez sentados en la mesa, Artur empezó a prestar atención al escote de la joven y bella anfitriona y se desentendió de las aceradas miradas de María. Cuando se inició la conversación más privada y ya con los licores, Artur preguntó si Aleixandre estaba en condiciones físicas de recoger el premio- la presencia del premiado realza la ceremonia- a lo que Padrón, mintiendo descaradamente, respondió que sin duda. No preguntó por Alberti. La conversación derivó después hacia el nuevo orden político en España, inicios de la transición, y el cincuenta aniversario de la Generación del 27. Fuimos entendiendo que iba a ser cierto lo que intuíamos y que el elegido era Aleixandre, sin significación política destacada. Había pertenecido a lo que se llamaba entonces el 'exilio interior'. Con el premio a Aleixandre se quería premiar también a la reconciliación entre los españoles.

Pero no quise que los invitados se fueran sin ofrecerles una queimada y sus correspondientes conjuros-imprescindibles para el buen fin del ágape- que hice en gallego para aumentar el misterio. El reloj ya señalaba la una de la madrugada cuando entre su mujer y yo depositamos a Lundkvist en un taxi, con el sentido del deber cumplido por parte de todos.

A lo largo de septiembre fui recibiendo más información en ese sentido. Finalmente, mi esposa me comentó que en la clase de literatura en la Universidad estaban traduciendo un texto del próximo Nobel y que estaba segura de que el texto era de Aleixandre. Por supuesto el profesor dijo que no se podía nombrar al autor. Efectivamente era de Aleixandre.

Llamé por teléfono al ministro de Cultura, Pío Cabanillas, para decirle que tenía algo importante que comunicarle, pero no por teléfono. Al día siguiente me presenté en su despacho y le conté lo del premio. Me preguntó si estaba completamente seguro y que si me jugaba la cabeza- administrativa se supone- y le dije que afirmativo. Llamó al presidente Suárez por la línea de Gabinete y le comunicó la noticia tan gratificadora en aquellos tiempos de necesidad de reconocimiento internacional del posfranquismo. Pero ni una palabra de cómo había obtenido la información. A fin de cuentas, la cabeza que estaba en juego era la mía. @mundiario

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